Si alguna vez se llegaran a compilar, en voluminosos anales, los episodios más vergonzosos de la Historia de la Abyección Periodística Argentina (HAPA), habrá que estudiar a fondo cómo la salud y la muerte de Sandro, por un lado y, por otro, la predilección de Martín Redrado por los bulones a prueba de eyección, lograron eclipsar por unos cuantos días al más reciente monstruo creado por los mass media nacionales: la inseguridad.
Antes de ser abducido por la nave mediática que lo acompañó en el duro tránsito que comenzó con su transplante múltiple y terminó en el cementerio de Longchamps, Roberto Sánchez se había sumado a la claque farandulesca que pedía seguridad a cualquier precio, aún si éste supusiera que las balas policiales boletearan a todos los menores de la Argentina. Un paso en falso de un ídolo popular que con su muerte logró desbancar de los primeros lugares de la perversa agenda mediática un problema más complejo que los laberínticos paquetes accionarios que esconden los nombres y apellidos de quienes ostentan la propiedad de esos mismos medios.
Durante la semana en que la salud de Sandro comenzó a dar señales de que algo grave podía ocurrir –ya Clarín había publicado on line por un rato largo el suplemento post mortem, cuando el Gitano aún respiraba–, desaparecieron los casos de homicidios sin robo perpetrados por menores feroces y drogadictos, ya los productores de los noticieros interpretaron que la inseguridad no medía tanto, y los personajes de la farándula dejaron de decir que los estaban “matando todos los días”, y Buenos Aires comenzó a parecerse más a Berna que a Bogotá.
Los noticieros y programas “periodísticos” de canales de cable como TN, C5N, 26 o América 24 dejaron de emitir “informes” a repetición sobre “la inseguridad”, y abandonaron por un rato la técnica del permanente tapiz de notas que reflejan en forma acumulativa robos, asaltos, violaciones y homicidios, multiplicados hasta el infinito según la cantidad de veces que se pasaran esas mismas “noticias”. Sandro, el donante de corazón y pulmones, las “Nenas”, los partes médicos, los testimonios de colegas y amigos del Gitano, más partes médicos, las opiniones de “otros” facultativos sobre la evolución del cuadro clínico del artista, todo eso alcanzó para sofrenar el desquiciado plan de terror instrumentado por los medios y la oposición durante todo 2009.
Clarín, Crítica, Perfil y La Nación, éste último en menor medida, prefirieron seguir con la táctica del socavón, esmerilando al gobierno con estúpidas denuncias de todo tipo, incluidas las de una corrupción que no resiste siquiera la mirada e intervención de los fiscales más antikirchneristas. Incluso el meneado sobreseimiento de Néstor y Critina Kirchner en la causa por el presunto enriquecimiento ilícito del “matrimonio presidencial” –cuyo denunciante es un abogado procesado en repetidas oportunidades por estafa y otras bellezas tipificadas en el código penal– llegaron a excitar la libido de los editores ni concitar la atención de los lectores de esos periódicos. Sandro ganaba centímetros, la inseguridad retrocedía a nórdicos niveles estadísticos.
El sociólogo Artemio López, cabeza de la consultora Equis, ya lo había anticipado en el programa 6, 7, 8, de Canal 7, cuando le preguntaron, a fines de noviembre pasado, hasta cuándo seguiría el bombardeo mediático sobre la inseguridad. “Hasta que otro episodio fuerte la desplace y la deje en segundo plano”, fue la lacónica respuesta del consultor. No se equivocó.
El temor de quienes ejercen con nobleza el oficio periodístico fue que, muerto Sandro, los ríos de sangre volvieran a chorrear por las pantallas de TV y las primeras planas de los diarios, o que “los delincuentes” volvieran a balear, violar y asaltar a los sufridos oyentes de las radios.
Pero antes de que eso ocurra –es ineludible, en algún otro momento acontecerá– al bueno del presidente del Banco Central de la República Argentina se le ocurrieron varias cosas a la vez: no acatar la aceptación de la renuncia que siempre dijo tener a disposición de la presidenta Cristina Fernández; comprar bulones a prueba de eyección y atornillarse con ellos a su sillón en la entidad monetaria, y recibir ese mismo día a los próceres Ernesto Sanz, senador y titular de la UCR, y Gerardo Morales, presidente de la bancada radical en la Cámara alta, probados garantes de la “calidad institucional”. ¿Quién puede atreverse a desbancar a tamaños truhanes mostrando pibes chorros, trapitos o violadores? ¿Quién se acuerda que esos prohombres del radicalismo que salieron a bancar a Redrado son los mismos que amenazaron con pedirle el juicio político si osaba usar las reservas para desendeudar al país?
Claro, quedará para otro momento responder preguntas inquietantes, que zumban los oídos de muchos: ¿Por qué el kirchnerismo puso a un muñeco como Redrado en ese lugar?¿Por qué quiere reemplazar a Martín Frankestein con Drácula Blejer? ¿Por qué el Banco Central se parece más a un garante del establishment que al brazo monetario de un Estado decidido a intervenir en la economía aún si tiene que lidiar con esos poderes permanentes?
Lo cierto es que el pasaje a la eternidad de un ídolo de la canción latina y la republicana inclinación hacia la inmovilidad del blondo ex consejero de María Julia Alzogaray lograron frenar la hemorragia de inseguridad que los medios venían exacerbando en el sensible cuerpo de la clase media de los grandes aglomerados urbanos. No obstante, a estar atentos, porque por estas horas se perciben movimientos tectónicos en las entrañas de los massmedia audiovisuales: el monstruo de la inflación ya comienza a mostrar sus garras. Todo sea por mantener a toda costa la libertad de presión. Y no hay error de tipeo.
