En estos días terribles, como cantaba un autor cubano, han sonado las voces de la ética. Se han escuchado pontificaciones en torno de la necesaria diferenciación entre lo legal y lo legítimo. El disparador fue la noticia –vieja, interesada, manipulada– que consigna la compra de dos millones de dólares por parte del ciudadano Néstor Kirchner cuando no era presidente, diputado ni tan siquiera candidato. Algunos presuntos “especialistas en ética” expresaron sus opiniones y calificaron la acción. Eso solo merece un repaso, desde la información, y no desde los pareceres o la conjetura.
Se habló de especulaciones financieras, se tiraron porcentajes de presuntos beneficios, se habló de información confidencial que sólo Kirchner habría tenido a la hora de comprar los dólares, de la equivalencia de ese monto en ovejas, de terrones de Patagonia rebelde que pasaron a manos de “los Kirchner”, de medios de comunicación adquiridos por “la familia presidencial”, energía, hoteles, casas adquiridas en los años 70’. Se habló mucho.
Hubo reflejos culposos, hubo diatribas. Existieron interesadas lecturas, se pudieron escuchar interesantes análisis. Demasiado floreo, de todos modos, para abordar y describir un episodio que pocos podrían explicar sin mostrar la cola muy sucia. Vale la pena pasar en limpio, con información, no a partir de pareceres, de qué se trató todo esto:
El ciudadano Néstor Kirchner, sin funciones públicas que se lo impidieran, compró dólares. Dos millones. Ni los tocó, los bancarizó para comprar un hotel y toda esa operación la incluyó en su declaración jurada. Ni el precio del dólar era un secreto al momento de la adquisición de esas divisas, ni hubo paso a pesos que le dieran a la operación un carácter especulativo. No constituyó un aprovechamiento de su posición como esposo de la presidenta de la Nación, no configura delito tipificado en el Código Penal. Es absolutamente MENTIRA que Kirchner estuviera al momento de la compra encuadrado en la ley 25.188 de Ética de la Función Pública, como insinuaron algunos medios, simplemente porque no era funcionario.
Por lo tanto, queda un aspecto por acometer, que tiene su miga, y al que es preciso despejar para no entrar en el juego que proponen quienes imponen la agenda de coyuntura. Una periodista devenida dirigente política, lo plantea en un blog de facebook: “Por ahí soy una antigua y me quedó boyando el gen de la conciencia de clase…, pero no me banco que (Kirchner) haya comprado dos millones de dólares!”.
¿Molesta que Kirchner tenga dos millones de dólares para comprar un hotel, y tal vez más dinero, según consta en su patrimonio público? Si la cuestión pasa por ahí, y se trata de que los políticos no pueden tener un patrimonio mayor a la media de los argentinos cabe esperar, entonces, que se presenten los proyectos de ley que correspondan a fin de cambiar por completo el status quo del actual sistema democrático y cabe que se den los pasos necesarios para que se produzca la reforma constitucional que modifique todo lo referido en la Carta Magna a la propiedad privada y a los bienes personales.
La Justicia Social, tal cual la entiende el peronismo, que es el espacio desde donde gobierna el kirchnerismo –que no plantea el socialismo–, es una bandera que permite que se eleve –con la participación de todos quienes la levantan– la calidad de vida del Pueblo al máximo que permita la relación de fuerzas entre ese Pueblo y los factores de poder que constituyen el gran capital o le dan soporte. Y los límites de esa lucha, de esa permanente puja, no tienen techo.
Pero quizás alguien quiera la revolución socialista colectivista, es absolutamente respetable. No son, seguramente, quienes critican este episodio dándole categoría de medular y mostrándolo como una prueba más de lo que sería un “modelo de corrupción”, siguiendo con veleidosa retórica los preceptos de manuales de ética impresos en las rotativas de Clarín. Ellos no quieren el socialismo, y les importa una mierda la ética.
Otros sí plantean un modelo socialista, donde el mercado deja de existir, y todos deben tener la misma cantidad y calidad de bienes, los medios de producción de bienes y servicios pasan a manos del Estado en su totalidad. Sería bueno que se lo plantee abiertamente y sea ése el debate. Mientras tanto, la mayoría de la dirigencia política argentina posee bienes en una proporción que no se compadece con la media de los ciudadanos de a pie y a menudo supera las fantasías más audaces que se han propuesto respecto del “Patrimonio K”.
Al ex presidente Kirchner y la actual mandataria Cristina Fernández tal vez debería cuestionárselos por no apretar el acelerador a fondo en cuestiones como la reforma tributaria que hace falta para que paguen los que tienen más. Incluso ellos mismos.
Nadie salió beneficiado en ninguna “bicicleta”, porque el dinero no fue pasado a otra divisa o pesos sino que configuró el pago de un bien, y si surgiera que existe un listado de “amigos del poder”, como dijo Clarín que dijo Martín Redrado que poseía y que ulteriormente mostraría, y que esos “amigos del poder” compraron dólares en términos ilegales, ya deben ser procesados, junto con el ex presidente del Banco Central, que permitió que esas operaciones ilegales se produjeran. Una sugerencia: las almas inquietas que se retuercen ante este episodio deberían promover la conformación de una comisión que investigue, con la colaboración de las entidades bancarias, los listados de TODOS los compradores de dólares y las operaciones de depósitos en la banca off shore (en lenguaje más llano, los ciudadanos o empresas que produjeron la mayor fuga de divisas desde la crisis de 2001). ¿Estarán de acuerdo los dirigentes, legisladores, periodistas y juristas que opinaron sobre este tema? Sería un grupo bien representativo. ¿Tendrá prensa?
Kirchner tiene plata, la declara, y eso podría ser incluso –en términos de calidad institucional– un avance, no un retroceso. Hay casos de políticos y empresarios que tienen plata, son dueños de medios –no sólo Clarín–, y llama la atención, sin embargo, que muchos de quienes opinan acerca de los bienes de Kirchner no digan algo acerca de los 50 millones de dólares que puso el diputado nacional Francisco De Narváez en la campaña electoral de 2009. Esto no debería tomarse como un clásico “consuelo de muchos”, debería pensarse en términos de varas y medidas.
Hace poco todos pudieron ver en un video filmado en la Sacra Sede de Perfil a De Narváez, quien le confesaba a monseñor Jorge Fontevecchia cómo dibujaba su declaración patrimonial frente a la Afip, y a éste, que se ofende y persigna desde las páginas de su diario por la compra de dólares de Kirchner, confesarle que envidiaba tamañas técnicas de elusión tributaria. ¿Ésos tipos son los que escriben el manual de ética que todos tienen que leer para después golpearse el pecho por los pecados de “Los K”?
¿Dónde están los críticos de la designación del diputado nacional cordobés Oscar Aguad como titular del bloque de la Unión Cívica Radical (UCR) hasta el 10 de diciembre de 2010, quien está procesado por administración infiel tras su paso por la intervención de Corrientes? ¿Sus correligionarios se escandalizaron por la amistad de Aguad con el genocida Luciano Benjamín Menéndez tanto como lo hicieron ante la compra de dólares de Kirchner?
¿Quién cuestiona que Elisa Carrió, hasta que comenzó a cobrar su dieta como diputada nacional, no podía justificar cómo hacía para vivir y que hayan tenido que salir sus seguidores a decir que la bancaban con un diezmo? ¿Eso es más ético?
He decidido resistirme a categorías de análisis tan imbéciles como ramplonas. Prefiero pedirle o exigirle a Kirchner que se deje de joder y haga la reforma tributaria que obligue a estos rufianes a pagar lo que les corresponde, y si él tiene tanto como dicen, que también tribute como el mejor. Y prefiero pedirle que se deje de joder con el verso de la autonomía del Banco Central, que sólo sirve para que iletrados políticos como Redrado saquen chapa de eficientes, cuando en realidad el ahorro de divisas, que es lo que importa, es mérito del modelo y no del golden boy que ya las hubiera rifado como en tiempos de Carlos Menem.
Elijo indignarme al recordar que Lilita Carrió, durante la dictadura, fue nombrada por el interventor del Chaco, general de Brigada Antonio Serrano, como asesora de la Fiscalía de Estado, merced al decreto provincial N° 72. Muchos años después Carrió se justificó por haber aceptado esa tarea a través de una temeraria y lacrimógena confesión: “Necesitaba la obra social”. Tal vez por eso mismo haya aceptado ser secretaria de la Procuración del Superior Tribunal de Justicia de esa provincia, con nivel y jerarquía de juez de Cámara, cargo que obtuvo el 21 de agosto de 1980 vía resolución 522 del Superior Tribunal de Justicia del Chaco. Eso resulta indignante y debería, en una sociedad sin hipocresías, descalificar a cualquiera para andar dando sermones de calidad institucional y de ética republicana.
Porque Kirchner paga más caro que los demás tener dinero por el prejuicio que existe no sobre su patrimonio sino sobre el modelo de país que propone. Cuando no es la “crispación” es la “corrupción”, cuando no se trata de la “intolerancia” se apela a los “modales”, y en el fondo lo que no se bancan muchos es que haya venido a poner en tela de juicio determinadas verdades sacras de esta imperfecta democracia.
En esta coyuntura, la paradoja política argentina consiste en que, por un lado, muchos de quienes cuestionan las formas y la ética de quienes cambiaron el rumbo neoliberal de la economía y el paradigma del sujeto social de transformación, quieren retomar el sendero iniciado por Celestino Rodrigo en 1975 y que continuó hasta el 25 de mayo de 2003. Pero por otro, quienes “acompañan críticamente” este proceso, novedoso en tanto surge del seno del peronismo, que durante el menemato saqueó el país y se lo sirvió en bandeja a las corporaciones y multinacionales, exigen que esa transformación se haga desde una ética de la que presuntamente carecen los Kirchner.
Pero en estos cortos años de reconversión político-económica NINGUNO de esos espacios que “acompañan” pero se ruborizan en términos ultra críticos frente al acercamiento al PJ, los bienes de “La familia Kirchner”, los presuntos casos de “corrupción”, NINGUNO logró establecer un piso electoral ni concitó la atención de las mayorías como para tener la esperanza de que este proceso continúe y se profundice a partir de figuras más “éticas” y menos “corruptas” que los Kirchner.
Conclusión: lo que dijo Antonio Cafiero ¡¡¡ya en en 2004!!! se está cumpliendo al pie de la letra: “Cuando vengan por este gobierno, los que vamos a estar para bancarlo vamos a ser nosotros, los peronistas”. Y ya muchos vienen cumpliendo ese vaticinio, y ya se han idolejos, y entre todos suman el 2,7 % de los votos emitidos en la última elección, por poner una cifra que seguramente es mezquina pero no muy alejada de la realidad estadística.
Este miércoles, en otra de las catedrales de la ética, el diario La Nación, se pudo leer un artículo firmado por un señor que se llama Roberto Gargarella, y que es profesor de Teoría Constitucional de la Universidad de Buenos Aires. Entre otras cuestiones abordadas, el académico plantea: “El matrimonio en el poder concentró poder, reafirmó los costados más virulentos de un sistema político hiperpresidencialista y exacerbó una modalidad de toma de decisiones de perfil contramayoritario, idéntica a la del menemismo: decisiones rápidas, por sorpresa, en secreto, consultadas con pocos, de espaldas a la ciudadanía”. Y remata, dándole título a su opinión: “Los vientos han cambiado (prueba de ello es la seguidilla de fallos adversos al Gobierno), pero no se trata de celebrar la pérdida de poder de nadie. Estamos perdiendo todos”. Malas noticias para Gargarella. En estas encrucijadas, no todos pierden, siempre hay alguien que gana. ¿Es necesario decir quiénes son?
