
Una vieja discusión interna del peronismo cede y se desmorona ante la categoría elegida por el fundador de ese movimiento para aleccionar al mismo tiempo a pícaros e incautos: la realidad. ¿Quién es más peronista, Cristina o Duhalde?
¿Este gobierno nacional que revalidó títulos este domingo, es peronista?, se preguntaban algunos “peronistas”, antes de las primarias, pretendiendo justificar su opción por otras postulaciones presuntamente “peronistas”. “La única verdad…”, sentenció Juan Perón. Pero ellos igual votaron a Eduardo Duhalde.
Muchos de esos “peronistas” argumentaban que la de este domingo que pasó era la interna que faltó dentro del peronismo, omitiendo el detalle de que a Duhalde nadie le impidió disputar liderazgo con la Presidenta dentro de las estructuras partidarias. El Cabezón se fue del justicialismo, inscribió un sello, se dispuso a competir con Alberto Rodríguez Saá, y al verse perdido en esa compulsa que se iba realizando provincia por provincia, se fue de allí también y sacó a relucir su último membrete, el del Frente Popular, que no garantiza ser el último.
El peronismo siempre resultó una tentación para la izquierda y derecha argentinas en todas sus variantes. En el primer caso, sus reivindicaciones sociales, la planificación central, sus políticas económicas autónomas respecto del centro de poder capitalista global, sumado a su condición de movimiento de masas, generó en cierto marxismo la esperanza de reconducir al peronismo hacia el camino correcto: el socialismo.
Orgánicamente, en todo su arco, la izquierda no tardó en aliarse con la derecha vernácula autoexiliada en la embajada yanqui regenteada en 1945 por Spruille Braden, pero el olor a masas siempre llenó de culpas a la dirigencia “progresista” y la obligó a desplegar argucias infantiles para justificar la infamia de someterse a los designios del Departamento de Estado.
La derecha, sin siquiera la dignidad de reconocerlo, siempre ponderó del peronismo su policlasismo y la decisión de adherir al capitalismo, más allá del límite que el fifty & fifty le impone de entrada a ese modelo de ordenamiento económico y social.
Ambas, además, envidiaron la masividad del peronismo, su capacidad de trasladar esa masividad a las urnas, incluso para aquellos que, a un lado u otro del escenario político, despreciaran por diferentes motivos los instrumentos de la democracia burguesa.
Perón y Eva Duarte hicieron lo que hicieron en la Argentina, y sería una pérdida de tiempo detenerse en los detalles finos, pero a nadie pueden escapar los trazos gruesos de ese modelo liminar en la política argentina. El sueño del país industrial, corrido del rol económico impuesto por las potencias de turno; de hecho la distribución de la renta nacional en mitades entre los trabajadores y el capital; el papel preponderante de los gremios a la hora de garantizar ese modelo de reparto de la riqueza nacional; la integración histórico-cultural con Sudamérica, restableciendo vínculos rotos en forma premeditada por las intervenciones geopolíticas de Europa y EEUU en el continente; la movilidad social ascendente, lo que incluye educación y salud públicas gratuitas y universales; control del comercio exterior y un Estado interventor como garante de la búsqueda de la equidad social, con el mayor peso tributario descargado sobre las actividades más rentables. Eso ES, FUE, y SERÁ peronismo, aunque falte algo que resulta determinante para analizar el presente: todos esos preceptos configurados en el marco de un modelo de Nación o, más precisamente, el Modelo Nacional como corolario inevitable de todos esos elementos constitutivos.
En los primeros ’80, cuando Bernardo Neustadt, ante la adusta mirada helénica de Mariano Grondona, desarmaba un viejo teléfono de Entel y mirando a cámara le preguntaba al inerme televidente dónde veía él que estuviera la soberanía, la palabra “antipatria” ya casi no se usaba. Algún remedador de Bernie habrá desarmado una maqueta de Pulqui y habrá preguntado “¿Dónde está la Patria?”. El antagonista del Pathos de la Patria no caía tan antipático en la temprana alborada democrática, vaya juego de palabras.
La dupla de Tiempo Nuevo no estaba sola, pero con la habilidad de sastres artesanos Neustadt y Grondona convencieron a muchos de que estaban mostrando el catálogo nuevo de una tienda que apestaba a antigüedad. El neoliberalismo estafó a algunos, mientras dio argumentos a otros que ya estaban convencidos, pero en todo caso disfrazó de nuevo lo ya casi podrido de sus viejas bodegas.
Pasó Alfonsín, el Grande (después de este domingo volverá a ser Alfonsín a secas), llegó Carlos Menem, que no leyó a Derrida pero deconstruyó el peronismo y lo reconfiguró a medida del neoliberalismo, desnaturalizando su esencia y desbaratando los cimientos del Estado de bienestar erigido por Perón y Evita. Pasó la última de las Soluciones Finales que plantea el “progresismo” y sembró de muertes las postrimerías de 2001. Y Eduardo Duhalde arribó haciendo un looping de arlequín desde el Senado a la Rosada, y debió irse luego de pesificar la deuda de las grandes corporaciones –entre ellas Clarín– y de apañar a los asesinos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
Ese período 1983-2003 no encontró a peronistas con la suficiente vocación como para interrumpir el desmantelamiento del Estado de Bienestar que Juan y Eva Perón montaron en la Argentina. En realidad, casi sin interrupción desde 1955, la trituradora de aquel modelo nunca se detuvo. El 25 de mayo de 2003 Néstor Kirchner se encontró con ese legado, por cierto poco peronista, ya sea en términos ortodoxos como en los más heterodoxos que se le ocurra a quienquiera se anime a decodificar el ADN peronista.
La fuerza que más votos sacó este domingo, ¿es peronista? Porque Duhalde, apelando a expresiones tales como “organizaciones subversivas”, que se pensaban erradicadas del vocabulario político argentino, se reivindicó como “peronista”. Mostrando que no sabe diferenciar una estrella federal de una organización político-militar que ya no existe desde hace décadas, Tachuela, en su afán por apoderarse de un cachito de “peronismo”, salió a remontonerizar al peronismo kirchnerista.
No hay peronómetro, es cierto. Hay políticas públicas, hay rumbos, hay sentido, hay hechos políticos que ayudan a delinear al auténtico peronismo. Incluso muchos este domingo no votaron más o menos peronismo, votaron por los efectos que produce el peronismo en el poder, que es más importante.
Pero el juicio más tremendo que cayó este domingo sobre las testas de estos dinosaurios es aquella categoría elegida por Juan Domingo Perón para aleccionar al mismo tiempo a pícaros e incautos: la realidad. Francella diría: “A comerla”, pero esta es una columna política, así que se dirá: Si lo único que Duhalde pudo prometer a los suyos fue “darle un susto al oficialismo en octubre”, es que no aprendió nada. Es Tachuela, de Banfield, siempre lo fue. El problema sigue siendo que algunos que se siguen llamando “peronistas” ven a Tachuela como si fuera Winston Churchill, en caso de que fuera bueno parecerse a ese piratón.
