Ahora resulta que si uno simpatiza con una presidenta elegida democráticamente y con alguna agrupación política y osa expresar esas simpatías con pancartas en un acto público frente al Monumento a la Bandera deja de ser “rosarino”. Esto es lo que se desprende de buena parte de la cobertura mediática que el diario La Capital hizo del acto de conmemoración del Bicentenario de la Bandera.

Hay una nota emblemática en este sentido, publicada en la edición impresa de este martes, que vale la pena repasar. Es la que firma Daniel Abba, que desde su mismísimo título, “Extraños en la ciudad”, cae en la peligrosa generalización.

“Cualquier rosarino que ayer haya intentado asistir al acto por el Bicentenario de la creación de la bandera se habrá sentido extraño en su propia ciudad”, arrancó la nota, que hasta allí ignoró olímpicamente a los miles de habitantes de este poblado a orillas del Paraná que fueron al Monumento encolumnados con las agrupaciones a las que pertenecen.

En el párrafo siguiente, Abba atemperó un poco su generalización de la rosarinidad, al escribir que “(cualquier rosarino se habrá sentido extraño) sobre todo si no pertenece a algún grupo militante, esos que llegan en ómnibus, se identifican con remeras, pancartas y banderas que en muchos casos alternan colores verde, rojo, negro y gris”.

Menos mal. Entonces se puede ser rosarino y haber ido al acto con alguna columna organizada. De todos modos, para Abba parece inquietante que “mientras los historiadores todavía debaten si la bandera izada por Manuel Belgrano en las costas rosarinas tenía dos o tres franjas, era azul o celeste, cientos de militantes no dudaron en teñir el frente del escenario con otros colores”.

Ay, ay, ay. Tranquilo Daniel. Hay pocos indicios de que en nuestra sacrosanta patria esté por flamear el sucio trapo rojo.

La nota de Abba sigue con un par de párrafos de queja porque las pancartas de las agrupaciones impedían ver el escenario, que suena mucho más razonable que el reproche a la militancia y que se pueden leer aquí.

Pero no se trata de cargar las tintas sobre Abba, cuya nota vale apenas como botón de muestra de una lógica de repudio a la militancia política muy extendida y digna de cuestionarse. Porque al menos hasta ahora no hay ninguna ley que prohíba afiliarse a un partido político y organizarse en ese marco para asistir a un acto público, aunque sea el Día de la Bandera.

Además, también es debatible el pedido de distinción entre un “acto patrio” y “un acto partidario”, otra suerte de latiguillo en expansión. Disculpen ustedes, la cosa da para largo y no se pretende caer aquí en la pretensión de escribir verdades absolutas, pero tanta condena a “la partidización” de estos actos hace temer que lo que se extrañe sean aquellas jornadas marciales de fechas patrias en tiempos en los que el que osaba hacer flamear una bandera partidaria –o incluso hasta una bandera bien celeste y blanca como la más larga del mundo- podía terminar mal, muy mal.

Fotos: Javier García Alfaro
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