Al menos 33 jefes de Estado y de Gobierno participan este viernes de la ceremonia central de los funerales del presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Cristina Fernández de Kirchner, quien se despidió el jueves de “su compañero y amigo”, afirmó que “hombres como Chávez no mueren nunca. Vive y vivirá en cada venezolano y venezolana que dejó de ser invisible y se tornó protagonista. Chávez está vivo. Para siempre”, expresó la mandataria.
La ceremonia tiene lugar después de dos días de un incesante flujo de personas que de todos los puntos del país confluyeron en Caracas para despedir al líder bolivariano.
A las 19 de este viernes (hora local), se realizará el juramente como presidente encargado del actual vicepresidente, Nicolás Maduro, en una sesión especial convocada por el Parlamento nacional.
En Caracas ya se encuentran el príncipe Felipe de Borbón y los jefes de Estado de Colombia, Juan Manuel Santos; Ecuador, Rafael Correa; Cuba, Raúl Castro; Brasil, Dilma Rousseff; Haití, Michel Martelly; Perú, Ollanta Humala; Bolivia, Evo Morales; Uruguay, José Mujica, y el presidente de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang.
También han llegado, entre otros, los mandatarios de Chile, Sebastián Piñera; Costa Rica, Laura Chinchilla; Irán, Mahmud Ahmadineyad; México, Enrique Peña Nieto; Guatemala, Otto Pérez, y Bielorrusia, Alexandr Lukashenko, así como delegaciones de más de 50 países.
El canciller venezolano informó que recibió 42 notas de condolencias por la muerte del presidente Hugo Chávez y destacó que en 16 países se decretó duelo nacional. “Cincuenta y cuatro países han enviado delegaciones del más alto nivel, 33 de las cuales son jefes de Estado», indicó.
También acudirá a la ceremonia el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza.
Cristina Fernández de Kirchner explicó vía redes sociales su decisión de no participar de las exequias y compartió por ese mismo medio su propia crónica de lo vivido durante su estadía en Caracas, la que se reproduce a continuación:
Tango 01. El martes pasado, no bien me avisaron lo de Hugo, decidí viajar de inmediato a Caracas. Florencia me acompaña. No podía esperar, infinita tristeza: nuestro compañero, el amigo de Argentina, había emprendido la partida. Al menos, eso creí. Llama Evo, pregunta cuándo viajo: ¡ya! Le noto la voz muy triste. Llama Pepe, pregunta si vamos juntos. Claro. Viene con su compañera Lucía.
Llegamos miércoles a la madrugada. Elías Jaua, canciller venezolano, me avisa que a las 11hs. saldrá el cortejo desde el hospital rumbo a la Academia Militar, a la que piensan arribar a las 16hs. SU ACADEMIA. Allí donde cenamos en la Cumbre de países africanos y la Celac. El acto protocolar para presidentes será el viernes. Le aviso que en esta ocasión lo mío no es protocolar y me iré el jueves.
No vine a despedir a un presidente, sino a un compañero y un amigo. El mejor amigo que tuvo la Argentina cuando todos le soltaron la mano. Le guste a quien le guste. Pepe me dijo en el avión, cuando viajábamos, que no recordaba en la historia un gobernante tan generoso.
Miércoles al mediodía. Veo a Evo acompañando a Hugo, Nicolás y todo el gobierno en medio de una marea roja y tricolor. ¡Cómo me gustaría estar ahí! No puedo: el calor, la hipotensión crónica y el médico me lo prohíben.
No aguanto más en el hotel, voy a esperarlo a la Academia. Luego de horas finalmente llega. En la entrada un tumulto indescriptible. Pido permiso a los soldados y subimos con mi hija a un banco de madera para verlo llegar. Cuánto dolor. Siento que me alcanzan otros momentos. Cuando hacemos con Evo, Pepe y Lucía la primera Guardia de Honor del féretro, no lo miro. Sólo quiero recordarlo vivo. Porque está vivo.
Lo compruebo definitivamente el jueves por la mañana. Cuando miles y miles comienzan a acercarse a la capilla ardiente. Niños, mujeres, hombres, jóvenes, ancianos, discapacitados, soldados, trabajadores, médicos, docentes, familias. SU VENEZUELA. Algunos lo lloran, lo saludan, muchos se cuadran, gritan que nunca morirá. Estoy allí, frente a ellos, me saludan con el puño en el corazón o con un beso, me llaman por mi nombre, me extienden su mano. No se necesita más para entenderse, hay un código en común.
Hombres como Chávez no mueren nunca. Vive y vivirá en cada venezolano y venezolana que dejó de ser invisible y se tornó protagonista. Este hombre les abrió la cabeza. Ya nadie se las podrá cerrar, jamás.
Antes de partir me acerco y sin mirarlo toco la bandera que está sobre el féretro. Me despido, por ahora. Nicolás Maduro y Cilia, su mujer, me acompañan hasta la puerta de la Academia. Miles y miles de hombres y mujeres que saludan. Otra vez la marea roja y tricolor que grita. ¡Queremos ver a Chávez!, repiten una y otra vez. ¿No les dije? Chávez está Vivo. Para siempre.

