Del Sel anunció que dejará su banca para ser candidato a gobernador. Una mirada sobre el éxito que “un tipo común” tiene en el electorado. La construcción del sentido común y la política.
Miguel Del Sel (PRO) anunció la semana pasada que renunciará a su banca en el Congreso nacional, presumiblemente a fin de año. No se retira de la política: la honrará desde “el sentido común”, que es su lugar en la política. Y qué mejor manera de honrarla que renunciar a su escaño para hacer campaña por “algo superior” como es la candidatura a gobernador de Santa Fe, ese trono que lo motivó a dejar las tablas para llevar su actuación al teatro –más amplio y complejo- de la cosa pública. Y no lo hace como “los políticos”, aferrándose a un cargo mientras disputa otro. Por el contrario, deja el que detenta para tomar el riesgo de obtener uno nuevo. Si no lo consigue, no importa, su modo de entender y practicar la política no es el de participar de un proyecto colectivo con fines de cambio, transformador. No, es individual, es esencialmente neoliberal. Es él y su suerte de lo que dependemos. “Si no me toca gobernar no quiero vivir del Estado, regresaré a mi actividad y haré política desde otro lugar”, explicó. Ya no estará allí para cambiar el modo de hacer política, eso que lo llevó a participar en el partido de su amigo Mauricio Macri. Volverá al teatro o a la TV y los ciudadanos deberán arreglárselas con los políticos tradicionales, los de siempre. Deberán prescindir de su compromiso, breve por cierto, que ya sólo será con la actuación.
Un hombre común
Una periodista le pregunta en 2011 al diputado provincial del PRO, Norberto Nicotra, un político tradicional que ocupó múltiples cargos públicos, electivos o no, casi siempre por el PJ.
—¿Qué cree que vio el elector en Miguel del Sel?
—Yo creo que el elector vio que Miguel es un hombre común, un representante de ellos, que habla su mismo idioma.
Allí aparece una clave del éxito de Del Sel. Miguel es “un hombre común”, no un “político” que, como todos sabemos, es alguien especial, especialmente inclinado al latrocinio y a la mentira, a “salvarse” a través de la función pública. Pero además, ilustra Nicotra, Miguel “habla su mismo idioma”. ¿Qué idioma hablará Miguel? Sí, el del hombre común, cuyo idioma no es otro que el del “sentido común”, lengua en la que, en rigor, no hablamos sino que somos hablados por el férreo discurso del Poder, construido por otros.
Lo dirá el propio diputado Del Sel –perdón, Miguel- en una entrevista con el diario La Nación, guardián del sentido común instituido desde que Bartolomé Mitre lo fundó a fines del siglo XIX: “Hay que buscar ser honesto, nada más. La gente lo único que reclama es vivir feliz. Hay que tener sentido común”.
El “sentido común”, eso que el Poder establece como lo que todos pensamos, aquello en lo que creemos y estamos de acuerdo sin necesidad de ningún cuestionamiento porque “es así”, y lo que “es así” no se discute ni se cuestiona, por algo “es así”, es en realidad un terreno en disputa.
El que sale victorioso de esa disputa, de más está decirlo, impone su sentido común como el de todos, como el conjunto de ideas al que la mayoría adscribirá sin más vueltas.
No hay un sentido común único e inmodificable desde el inicio del Universo hasta nuestros días. El sentido común es un conjunto de creencias establecidas por las relaciones de poder de un momento determinado en una sociedad determinada que no lo discute, porque conforma lo que habitualmente conocemos como “la verdad”.
Es cierto que la “verdad” es una construcción, no algo dado a priori. Una construcción que se impone desde el Poder como “lo natural”, el orden natural de las cosas que, por tener esas características, se presenta como inmodificable e incuestionable.
Vale aclarar que el Poder no es el poder formal del Estado o el institucional de un gobierno, conferido por la Constitución. No, es el poder fáctico, el que ostenta el que “maneja la batuta” y le señala a los gobiernos –dueños de una cuota de ese poder- lo que debe hacer, hacia dónde dirigirse. O, en el peor de los casos, lo condiciona.
De verdad
Es verdad, por ejemplo, que “los políticos son todos chorros”. No hace falta más que preguntárselo a cualquier taxista, a cualquier buen hombre que hace cola en el banco para pagar sus impuestos, a un vecino que saca la basura por la noche. La respuesta será unívoca: “Sí, los políticos son todos chorros”. “La política es sucia”, añadirá alguno a su respuesta, si tiene ganas de conversar.
Ese enunciado no requiere del análisis de cada caso particular, uno por uno, porque se trata de una “verdad” que forma parte del sentido común imperante. Si hay alguno que no sea chorro será una excepción que enseguida olvidaremos, porque lo que estamos compelidos a recordar es que “los políticos son todos chorros”. Que la corrupción es la principal actividad de la política, la que verdaderamente alienta a sus participantes. ¿O no lo escuchamos a cada instante en la tele o en la radio?
¿Y a qué interés le conviene que todos creamos, sin debate alguno, sin análisis previo ni lugar a duda, que “todos los políticos son chorros” y “la política es sucia”? Sí, efectivamente: al poder económico que encuentra en la política –sobre todo si ésta se practica desde la concepción de un Estado que interviene en los asuntos económicos con mirada distributiva- un escollo para realizar sus negocios sin obstáculos, sin control, que es como quieren realizar sus negocios.
¿Por qué el sentido común no establece como verdad que “los empresarios son todos chorros”, o que “son negreros” o, por fin, que lo único que les interesa es maximizar sus ganancias a cualquier fin y sin límites éticos de acumulación, absteniéndose de cualquier responsabilidad social? ¿Por qué no establece que es su afán lucrativo –y los condicionamientos a los que someten a los gobiernos con ese propósito- el que sume en la miseria a millones? Porque el sentido común lo construyen ellos, y nadie se dispara un tiro en el pie, excepto por accidente.
La clave del éxito
Una aproximación –mínima como en este caso- sobre cómo funciona el sentido común, que es el orden que establece el Poder en cada momento histórico, permite entender mejor el armonioso vínculo de Miguel Del Sel con el electorado.
El ex Midachi expresa con holgada sabiduría el sentido común del hombre común. Ése es su mayor logro político, su as en la manga: presentarse como un no político, como alguien distinto a un político tradicional que, como ya sabemos, “es un chorro”. Él no. Él –que es millonario pero la hizo “laburando”- dejará su banca de diputados para hacer campaña como candidato a gobernador. Porque él no es un político y, por lo tanto, no es un chorro. Deja un cargo para aspirar a otro. Ni siquiera espera a tener el nuevo cargo para abandonar el anterior. Suelta el que posee a riesgo de perderlo y quedarse sin nada si los electores no lo ungen gobernador con su voto.
Eso no importa: “Creo que uno tiene que arriesgar algo, si no todos siguen en sus cargos, buscando otro lugar, y el que no es concejal pasa a diputado, después a ser senador”, nos dirá Miguel, no sabemos si refiriéndose a Nicotra. Porque, ya lo sabemos, pero Del Sel –que es “un tipo común” y habla “el idioma de la gente”, no el de la política- nos reafirmará que “hay mucha gente que vive de la política desde hace 30 ó 40 años”. Son esos que “nunca dejan un lugar vacío”.
¿Cuánto mejor sería la política si no hubiese posibilidad de renovar cargos? ¿Descendería bruscamente la pobreza, se hundirían los índices de inseguridad que tanto nos atemorizan, el empleo florecería como jazmín en primavera, nadie cortaría nunca más una calle a modo de reclamo? No, claro que no. Porque las respuestas a esas demandas se resuelven o no, sepan disculpar, a través de la política.
Pero el “hombre común”, claro, ama el sentido común. Es su nutriente esencial, no le pide que reflexione sobre las cosas que ocurren o dejan de ocurrir, sobre sus causas o consecuencias, no le exige realizarse ninguna pregunta, le entrega todo masticado, digerido y bien clarito, con frases-consignas hechas y simples, fáciles de reproducir.
Dice José Pablo Feinmann en su reciente libro Filosofía política del poder mediático: “Este poder aplastante, esta aplanadora de la libertad de los sujetos que es el sentido común, es el gran triunfo del poder mediático que ha logrado imponer un sistema de valores para todos”.
Ese “sistema de valores para todos” requiere –para ser el “de todos”- que el sujeto no pueda pensar libremente, esté impedido de constituir sus opiniones de acuerdo a sus intereses ni al resultado del análisis propio de las cosas. En síntesis, que no sea autónomo.
Por el contrario, ese poder requiere para su consolidación imponer un “sentido común” monolítico, impenetrable, al cual las personas estén sujetados: pensados y hablados por ese conjunto de ideas pensadas y dichas por otro pero que, por efecto de la repetición en los medios de comunicación, terminen siendo incorporadas como propias y verdaderas, indiscutibles. Allí, Miguel, nada como escuerzo en estanque.


Orlando Agustín Gauna
03/08/2014 en 19:05
El «sentido común» de la mayoría de la clase política, les indica que deben aferrarse a sus cargos por que en la actividad privada se morirían de hambre.
Si usaran el sentido común verían que es imposible que en la legislatura provincial trabajen mas de dos mil empleados entre legisladores, empleados de «carrera» y adscritos.