
El jueves pasado, en el Auditorio de Radio Nacional de Rosario, y organizado por la agrupación Martín Fierro, el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González presentó su libro Kirchnerismo: una controversia cultural, junto al candidato a gobernador Agustín Rossi.
A poco más de dos semanas para los próximos comicios, en el Auditorio de Radio Nacional de Rosario, se dieron cita González y Rossi. El director de la Biblioteca Nacional presentó su nuevo libro, Kirchnersimo: un controversia cultural, acompañado también por la socióloga integrante de Carta Abierta, María Pía López, y el politólogo rosarino y candidato a concejal Sebastián Artola. El encuentro estuvo organizado por la agrupación Martín Fierro.
Ante una sala prácticamente repleta, media hora después de lo convenido y aún sin la presencia del candidato a gobernador, Artola abrió la presentación con un exhaustivo e incisivo análisis de la flamante obra del intelectual de Carta Abierta. Si bien el leitmotiv del evento era la presentación del libro, su fecha no fue caprichosa: “Esta presentación la hacemos a quince días de las elecciones, con la aspiración de poner en sintonía a Santa Fe con la Nación, y que Agustín Rossi sea gobernador”, aclaró Artola.
María Pía López, por su parte, se sintió maravillada por el trabajo de González. La relación numérica entre los sujetos y los objetos es algo que siempre la ha maravillado. Distendiendo el aire de academicismo que instalara la exposición de Artola, la socióloga elogió: “Horacio González es un escritor prolífico y sorprendente. Ha escrito dos libros por año, lo cual es una cantidad inusual para un ser humano, por lo menos para quien habla. Porque lo hace en medio de un sin número de actividades. Son los datos cuantitativos que a mí suelen asombrarme, que es la relación de las personas con las cosas. Una sorpresa así viví cuando me enteré que Marx había escrito los manuscritos económicos filosóficos económicos a los 26 años, dije esto es imposible. Otra así fue cuando me di cuenta que José Carlos Mariátegui, que había vivido 36 años, escribió una veintena de libros y tuvo 6 hijos. González desde que está en la Biblioteca Nacional no es que escribe menos, sino que escribe varios libros al año”.
Interrumpida brevemente por los aplausos ante la estelar entrada del Chivo, López recordó una situación muy similar que causó carcajadas en el auditorio, al recordar una reunión de Carta Abierta donde de sopetón entró Néstor Kirchner. Quien hablaba en ese entonces, como ella, no sabía qué hacer. Salvado el intríngulis, López continuó con un análisis que debe ser calificado, sin exagerar, de brillante análisis.
“Es posible el futuro por el sólo acto de hablar de él”, afirma González en el último apartado de su libro. Será por eso que para cerrar su presentación decidió hablar del Chivo como gobernador, con el deseo de que, efectivamente, sea posible. Desdeñando la pomposidad de la palabra histórico, el director de la Biblioteca Nacional reafirmó: “Es un momento histórico para Santa Fe que Agustín Rossi sea candidato a gobernador”. Los aplausos estallaron y acto seguido el candidato a gobernador, dándose por aludido, tomó la palabra.
Agradeciendo a los presentes, a la cálida adhesión de los militantes convocados, y al firme apoyo de González, Rossi celebró la permanencia del intelectual en la ciudad después de 25 años y el incondicional soporte que supo ser, aún en los momentos más difíciles como 2009. Luego de reflexionar sobre el mojón que representó para el kirchnerismo en general y para él en particular, la resolución 125 en la provincia de Santa Fe, concluyó: “Mi pensamiento está a veces mas puesto en los errores que cometimos y a veces en lo que nos ha llegado hasta aquí”.
A propósito de la reflexión intelectual, el Chivo se refirió a Carta Abierta como uno de los acervos políticos más valiosos que detenta el kirchnerismo y cerró con una aspiración personal y colectiva: “No hay otro espacio político en la Argentina que pueda congregar un núcleo de intelectuales con capacidad de producción propia y con capacidad de reflexionar y generar las cosas que los propios dirigentes políticos, a veces no lo podemos hacer. Y me parece que allí hay un importante camino y un importante error que nosotros debemos saber y debemos tener en cuenta de cómo pueden ser los próximos cuatro años. Que obviamente, nosotros aspiramos en esos cuatro años tener menos espacio para la reflexión y mas para la acción desde el gobierno provincial.”
Libro nada controversial
González es un hombre de múltiples facetas: docente, intelectual de Carta Abierta, funcionario, ensayista, columnista, peronista y militante. Para los rosarinos, a lo mejor su nombre no es familiar, pero ciertamente ha saltado a la fama luego de haber protagonizado el “escándalo Vargas Llosa” en la última feria del libro en Buenos Aires.
Sin embargo, su nuevo libro no tiene nada de controversial, excepto el título: Kirchnerismo: una controversia cultural. Y es que efectivamente la controversia aquí viene dada por esa palabrita que genera: sonidos. Ruido para algunos, música para otros: kirchnerismo.
González se va a preguntar y volver a preguntar, una y muchas veces más a lo largo de 224 páginas: ¿Qué significa kirchnerismo? Tratará de darse una respuesta haciendo lo que mejor sabe hacer: deconstruir intertextualmente. Dialogará con Majul, Di Tella, Pino Solanas, Galasso, Altamira, Casullo, Feinmann, Laclau, Caparrós, Forster, Abraham, Sarlo, Viñas, Rozitchner, Verbitsky, Lanata, Verón y Vargas Llosa. Contestándole a cada uno individualmente y con la lucidez y sagacidad a la que ya nos tiene acostumbrados. Su pluma es tan filosa como su lengua.
La misión de González aquí es mostrar otro Kirchner. Está el Kirchner empresario, y el Kirchner del grupo Calafate de los 90, usina crítica que acariciaba la posibilidad aún de recuperar los sueños de los 70, de un peronismo que abogara por una sociedad más justa –no de un peronismo neoliberal a la Menem. Apreciamos aquí otro ismo: peronismo. Cuánto hay de peronismo en el kirchnerismo, cuánto de Néstor Carlos y cuánto de Juan Domingo, es otro debate pertinente y no saldado. González no tendrá miedo en recuperarlo. De modo, que acérquese a su librería amiga y… pase y lea.
¿La bella intelectual o la bestia política?
Pase y lea, y pregúntese quién escribe. No es una pregunta antojadiza, muy por el contrario. Flotan nombres propios, pero la pregunta por el sujeto que escribe sigue resonando. Desde lo que algunos se congratulan en llamar “intelectualidad” o blandiendo el título de “intelectual” como si lo dispensara la facultad, muchos y desde muchos y diversos lugares, sobre todo los medios de comunicación, se toman la licencia de elevar críticas complejas y rebuscadas contra todo y todos. Confunden al lector (televidente o radio oyente) y mancillan lo que es un rol, indudablemente clave en política: el del intelectual.
Usando palabras rimbombantes y conjugaciones gramaticales que marearían a cualquier lingüista, quieren diferenciarse de la bestia rosquera; es decir, del político. Ellos se autoproclaman, racionales y objetivos, impolutos, lejos de las negociaciones y chicanas propias del político. Pero, ¡se engañan compañeros! Tal racionalidad no existe. La política es pantanosa y para entenderla, quizás hay que embarrarse un poquito. María Pía López lo decía: “Sólo podemos entender la política cuando aceptamos el reino de lo impuro".
Sobre el rol del intelectual se han derramado ríos de tinta; por ello, mejor no tomarlo tan a la ligera. Sería un reduccionismo y una necedad pensar que el único intelectual posible es aquel que, encerrado en la Torre de Marfil, se dedica a producir, o mejor dicho repetir un mismo discurso de verdad. Pensemos, en cambio, en un sujeto que hable en primera persona y se constituya como tal no sólo en la literalidad del texto, sino también en la realidad de la que da cuenta y pretende modificar al mismo tiempo. Su rol no es pasivo, sino que es aquel que hace uso de su saber, de su competencia, de su relación a la verdad en orden a las luchas políticas. También es aquel militante que abraza activamente la realidad como constructor, organizador y persuasor incansable.
En términos foucaultianos: “El problema político esencial para el intelectual no es criticar los contenidos ideológicos que estarían ligados a la ciencia, o de hacer de tal suerte que su práctica científica esté acompañada de una ideología justa. Es saber si es posible constituir una nueva política de la verdad. El problema no es cambiar la conciencia de las gentes o lo que tienen en la cabeza, sino el régimen político económico institucional de la producción de la verdad”.
Pocos se atreven a tal hazaña; Weber diría que sólo quien posea una verdadera vocación para la política será capaz de oponer ese “sin embargo” que haga posible lo imposible. La tarea del intelectual es justamente vencer los obstáculos, tomar coraje y emprender los caminos de la política, al fin de cuentas, dar la disputa por el sentido. ¡Cuidado! Quien busque la salvación de su alma y la redención de las ajenas mejor absténgase de tal emprendimiento.
“Ser un intelectual no significa mostrarse diferente, tal como ser valiente no implica mirar a los demás desde la cima de la montaña. Creo que vos y yo no pensamos tan diferente, sino que tenés miedo. Miedo de que confundan, porque crees que la individualidad te va a preservar. La individualidad te pondrá en el firmamento, pero sólo la construcción colectiva nos reivindicará frente a la historia. Al fin y al cabo, todos somos pasantes de la historia”. Esta recomendación se la hizo un humilde argentino, quien gusta comerse unos fideos con la vieja el domingo y, por la tarde, gritar un gol de Racing a un intelectual argentino. Tómelo o déjelo…
Foto: Movimiento Martin Fierro
