
El multifacético artista misionero visitó la ciudad para tocar parte de su extenso repertorio y presentar un libro de relatos cortos. “Siempre he tratado de explicar el tránsito por la vida dentro de la palabra”, dijo.
El octogenario músico oriundo de Garupá, que fue versionado –entre otros– por Mercedes Sosa, Teresa Parodi, Pedro Aznar y León Gieco, y retratado por el artista plástico Marcos López en su documental homónimo del 2013, acaba de publicar un libro con sus memorias por la editorial santafesina Serapis. Para la ocasión, hizo gala de su grandilocuencia y adelantó parte de su flamante pieza editorial, y hasta se animó a reflexionar sobre su creciente popularidad en los últimos tiempos.
¿Cómo se produjo tu acercamiento a la literatura y cómo llegaste a publicar por una editorial local?
La escritura nació en mí con la poesía, siempre he tratado de explicar el tránsito por la vida dentro de la palabra como si fuera un veedor que va disfrutando del paisaje, queriéndolo transmitir a alguien. Las palabras, las sílabas y los criterios se fueron acomodando de acuerdo al paisaje que quería rehacer. Comencé escribiendo cosas más pequeñitas, luego más grandes, algunas con cierto color más filosófico. Fui llegando a lugares más importantes de los hallazgos de la poesía que me dieron cierto empuje y me hicieron creer que si no era un poeta era por lo menos alguien que iba gozando de la vida a través de la óptima poética.
Con Julia (Sabena de Editorial Serapis) nos conocimos y nos hicimos amigos. Vine a actuar a la ciudad hace un tiempo por intermedio de ella y fue así que se convirtió en partícipe de mis intentos por lograr canciones, poemas. Y le comenté que tenía elaborada hace mucho tiempo la temática que le dio forma al libro y a ella le encantó. Y así nos embarcamos en La casa asombrada, que se dio por el imperio del trabajo, por el imperio de andar la vida e ir creciendo.
¿Cuánto hay de autobiográfico y cuánto de ficción?
Es un relato de mi vida que nació con características muy extrañas. Se trata de una casa con un duende adentro que de alguna manera representa la mentalidad general del misionero, que siempre anda detrás de un encuentro fortuito. Desde el tiempo de los bandeirantes que atacaban Misiones, como no existían los bancos ni ningún tipo de resguardo para la fortuna, a éstas se las enterraba. Hasta hubo algunas fortunas que se las enterró con el enterrador adentro, para que nadie se entere jamás de la magnitud de la obra enterrada ni del acontecimiento en sí. A mí me interesó porque se trataba de acontecimientos tan extraños como maléficos. Todo en pro del señor oro o la señora plata.
En los breves relatos que hacen a la obra, mechás algunos episodios de tu vida, entre ellos tu encuentro con el Che Guevara, ¿podrías dar un adelanto para aquellos que aún no leyeron el libro?
Siempre he sido un admirador del Che Guevara, por su condición de hombre, por sus ideas, pero sobre todo por su empecinamiento por querer salvar a Latinoamérica. Lo conocí en el 62 cuando fui invitado al Icap, Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos y allí me contó que él cantaba con su guitarra en los fogones de Sierra Maestra El Mensú. Imaginate el honor.
Se podría decir que hubo un quiebre en tu carrera hace unos años en los que no sólo te convertiste un artista más popular, sino que gente muy joven se acercó a tu obra. ¿Tenés ensayada alguna explicación para ese fenómeno?
No tengo una explicación, pero se podría decir que los jóvenes descubrieron a un filósofo, alguien que le abre ciertas puertas de la vida y encima canta. En la vida hay gente que tiene mirada corta y mirada larga. Los de mirada corta transitan por la vida sin saber que están vivos, transitan por la maravilla de los días, lo que les está permitido por única vez en los milenios, y no se da cuenta hasta que se acaba su vida sin saber que ha vivido. Porque vive aquel que vibra con la vida, ese tipo que tiene conciencia del vuelo del pájaro, de su canto, de Dios, de la naturaleza; y celebra el acontecimiento de vivir. El otro tonto vive en la maravilla sin darse cuenta, porque es como el lagarto, la lagartija, el mosquito, el perro, o como el elefante. No emplea su mente para pensar qué y quién es él, al contrario, se cobija en ideas que vienen de milenios atrás a favor de las grandes comunidades religiosas.
Muchos de tus oyentes hicieron el camino inverso con tus canciones, primero conocieron las versiones de intérpretes como Mercedes Sosa, Liliana Herrerro, Teresa Parodi, Pedro Aznar, León Gieco, Ana Prada. ¿Cómo llegaron a tus grabaciones?
Hay gente que es capaz de dimensionar una obra, por su valor poético, por su valor musical, por la obra en sí. Plantamos una plataforma de lanzamiento, no de un cohete sideral, sino de canciones siderales. No es fácil encontrar en todo el ámbito de la Mesopotamia, e incluso el Paraguay, canciones que tengan el clima poético que tiene mi obra. El chamamé tiene tres melodías juntas, el gualambao es único en Latinoamérica, y yo soy en parte culpable de todo eso.
Sos un artista muy prolífico, ¿te encontrás produciendo alguna obra actualmente?
Me encuentro disfrutando de la vida y reconociendo mi obra anterior, por la cual he pasado casi sin darme cuenta y hoy la redescubro como de gran valor. Porque ahora tengo un ancla interior, una calma que me permite ver las cosas en su verdadera dimensión y hasta descubro que las canciones tienen la posibilidad de ser editadas como un pequeño libro cancionero. Si digo: “Mi pequeño amor, todo vive en ti y la tierra es en tu cuerpo fruta madura, me viene con tu aliento todo el misterio que enciende la vida y vuelve mi sangre ternura y pasión, mi pequeño amor”, eso fue hecho por un poeta.
Fuente: El Eslabón.
