Por más que se afane en sembrar optimismo e insuflar consumismo, por más que prometa mejoras en la justicia y apretar las clavijas en el Palacio de Gobierno El Quirinal, por más que continúe emitiendo decretos, Silvio Berlusconi es un hombre de gobierno y un líder político ya fuera de la época y de la historia.
Y lo que puede parecer una fantasía, es una realidad desnuda, plenamente demostrada por lo que está ocurriendo en el Parlamento y lo que indican las encuestas. Parece que su estrella para el establecimiento de políticas, geopolíticas y culturales, se apaga, y la causa de esto es la elección de Barack Obama.
Berlusconi es un fenómeno puramente italiano, enraizado en la modernización de los 80, fertilizado por una larga historia de la debilidad de la ciudadanía y la presencia de "hombres fuertes" con poder. Floreció en la crisis del sistema político durante los ‘90, impulsado por el consenso de un imaginario social sobre su figura que fue construido desde sus propios canales de televisión. Sin embargo, no fue sólo un fenómeno italiano: anticipó una tendencia mayor. Algunos lo han imitado, otros lo han sufrido.
Líder mediático, impuso la personalización de la política, realizó el vaciamiento y deformación de la democracia (con ataques al Estado de Derecho y a la Constitución, fortalecimiento del Poder Ejecutivo y debilitamiento del Parlamento), usó una retórica antipolítica, diseñó los negocios del estado y los individuos “exitosos”, e hizo una alianza con sectores obsesionados por la identidad racista: estos ingredientes de la receta de Berlusconi fueron inspirados por lo que ocurría en los EE.UU. y luego en gran parte del mundo, como resultado de la ola de neo-liberalismo y neoconservadurismo.
Con la elección de Obama este contexto internacional, esta onda que ha diseñado el perfil de una época, ha terminado. Y este fin también acarrea el fin de Silvio Berlusconi y su "firme" política, como si de pronto, una nueva reacción química hubiera revelado las arrugas y el carácter obsoleto del material plástico de que estaba hecho. Esto no significa que una nueva Presidencia inmediatamente va a arrastrar nuestros equilibrios políticos, y de la noche a la mañana va a haber un cambio de gobierno en Italia. El cambio puede ser lento, la decadencia puede travestirse de potencia. E incluso la erosión del consenso de Berlusconi, que se desplegarán en los próximos meses debido a la crisis económica, permitirá a la oposición ponerse en una actitud pasiva, a la espera de una automática alternancia de gobierno.
Se trata de percibir, registrar e interpretar el cambio de tiempo, los deslizamientos de tierras de esta hegemonía, y la presencia de una nueva energía. Y reinventar una política, social y ética, en el presente, en el "después de" en el que ya estamos.
Cuando termina una era, lo nuevo arrastra no sólo a los ganadores, sino también a los perdedores, que deben intentar permanecer unidos, como lo estuvieron antes del cambio. ¿Puede esto conducir a un desastre o un renacimiento? Es fundamental en este momento la imaginación del que no está en el poder, para darse cuenta de que la pesadilla ha terminado, para dejar de mantener vivos sus espectros en vez de seguirse ocupando banalmente del caso Villari. Habrá que vivir enredados en un presente que todavía sigue pegado a un pasado pero con posibilidades de futuro, antes de aclarar si se trata de un desastre o bien un renacimiento de la esperanza a la vuelta de la esquina.
(Fuente: Il Manifesto)
Traducción: Pablo Bilsky
