Asignación universal por hijo, conflicto intra e intersindical en los subtes porteños, aparición en escena de la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa), piqueteros reclamando por el manejo de nuevos planes en disputa con los intendentes, marcha cegetista en apoyo al gobierno K, (luego desarmada a sugerencia de Cristina Fernández) contra marcha de los grupos de izquierda, personajes nefastos como Castells pidiendo que los Kirchner se alejen del poder. ¿Qué representan estos hechos, que hilo común los une?

Antes de alguna afirmación aproximativa, definamos que el presente contexto político y social nada se parece a lo que algunos dirigentes nos quieren hacer creer: coyuntura del año ’75, existencia de bandas “K” armadas (Carrió en su carta a las embajadas) ni que vivimos los prolegómenos del 2001 (Bussi). Lo que sintetiza buena parte de esas disputas ya históricas que describen estos protagonistas, son dos cuestiones centrales.

Por un lado, en la década del ’70, buena parte de la lucha política se sostenía con la violencia como herramienta de acción concreta (atentados, muertes y persecuciones). Por otro, las disputas que, a comienzo de este siglo, llevaba adelante la sociedad argentina a través de diversas estructuras (movimiento obrero, partidos políticos, grupos piqueteros, asociaciones de defensa de consumidores, etc.), eran de tipo defensivas. Esto es, se intentaba mantener, a veces con mayor o menor éxito, lo poco o mucho que se tenía y que, en una coyuntura que el gobierno de turno no se animaba o no sabía modificar, dejaba como una marca inexorable de pérdida y abandono de algunas cosas elementales con las que se contaba: salarios, viviendas, esperanzas.

El proceso político que vive actualmente la Argentina tiene mucho de inverso. Si bien nuestra coyuntura es deudora de esos procesos anteriores, muchas de las demandas sociales que se han hecho visibles en los últimos tiempos, y que llevan a algunos analistas a hablar de “estado de crispación”, juegan ya no en “defensa de” sino como una acción ofensiva: “vamos por”. El ya famoso conflicto por la 125 no fue una disputa por la sobre vivencia del sector, semejante a las luchas que conducía el radical Humberto Volando allá por los ’90. Fue una “pelea” por la renta diferencial que se producía en un momento histórico dado: se discutía si esa ganancia debía ser tomada por el Estado para volcarlo al resto de la sociedad, o si la misma tenía que quedar en manos de los propietarios del campo privilegiado para, según ellos, no cortar el dinamismo que la economía pampeana traía consigo.

La situación de los piqueteros, oficialistas o no, es otro caso sintomático. Nacidos al calor de la pérdida de puestos de trabajo en diversas regiones del país, invisibles a los ojos de sociedad argentina de aquellos años que se negaba a reconocer las consecuencias de nuestro ingreso al “primer mundo” (ja!), cortaron rutas para hacerse visibles. Hoy, el escenario es otro. Desde cómo se ha articulado la ayuda social teniendo a los propios piqueteros como agentes de cambio, al hecho concreto de que muchos aportes dinerarios del Estado nacional para obras locales, pasan por las manos de las intendencias.

Los trabajadores de subtes no disputan por un aumento salarial de cara a pérdidas en su calidad de vida, sino que el conflicto está atravesado por el pedido de reconocimiento de la propia personería jurídica porque consideran que la UTA como sindicato madre, no los representa.

La siguiente pregunta que uno se plantea es ¿cuan real es el estado de crispación en el país? ¿Donde están los conflictos que ponen los pelos de punta a los rosarinos, a los santacruceños, a los jujeños, a los formoseños? ¿Quién los refleja o los esconde?

Es falso de falsedad absoluta semejante nivel de enojo social que nos quieren hacer creer que existe. En todo caso, el proceso es inverso, estos hechos por si mismos generan crispación en algunos sectores grupos y personas. No debe resultar nada grato por cierto, llegar tarde a cualquier lado o viajar como ganado ante una huelga imprevista de trabajadores de subte. No debe resultar cómodo soportar embotellamientos de vehículos por corte de calles producido por piquetes, sindicatos y patronales agropecuarias (estos últimos bancados por grandes corporaciones). Es cierto, es incómodo, molesto y fuente de alteración del más tolerante de los ciudadanos. Allí radica el estado de crispación y en sus fogoneros: algunos medios, opinólogos de toda laya, dirigentes que nos mienten hablando de consenso, fachos que encuentran su lugar en el mundo para hacer de sus ideas un vergel. En los otros, en los actores que disputan espacios de poder la cosa pasa por otro lado, según el caso y por lo que peleen.

La asignación por hijo demostró una vez más, que a la solución de un problema, le acarrea la aparición de otros nuevos. Es parte un proceso sin solución, vital, en permanente movimiento como los molinos de viento que, para que accedamos al vital elixir que resulta el agua, se mueve de manera permanente y constante. Por eso es falso pensar que con una medida determinada resolvemos problemas muy puntuales y estructurales. La asignación universal vino a demostrar la debilidad estatal que, aún en pleno siglo de las comunicaciones, necesita que sus ciudadanos “le avisen” quienes están fuera del sistema.

En definitiva, una vez más, los movimientos y acciones de los últimos días vienen a demostrar también, la dinámica de la política argentina, pero también y esto es lo más importante, que lejos de todo verso consensual, la vida en democracia supone el reflejo de los conflictos que subyacen sin que a veces los veamos. Para algunos puede ser una opción que no se conozcan, que se reprima y que no se vean, pero allí ya estaríamos hablando de otra cosa. La democracia, según ellos, podría esperar.

(*) Dpto. Análisis de Coyuntura de FUNIF Rosario

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