¿Cuánto cuesta esa presunta felicidad?
¿Cuánto cuesta esa presunta felicidad?

La mirada de un estudiante de Historia de la UBA, Juan Pedro Denaday, sobrevuela el caso de los hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble y concatena ese episodio con la crónica contemporánea y, también, con la presente coyuntura política. El texto, a sólo un clic.

“Aquellas banderas de la patria, de la primavera
A decirme que existe el olvido, está noche han venido
Te sentaba tan bien, esa boina calada al estilo del Che
Buenos Aires es como contabas, hoy fui a pasear
Y al llegar a la Plaza de Mayo me dio…por llorar
Y me puse a gritar ¿dónde estás? (…)
Ojala que estuvieras conmigo, en el Río de La Plata”
Joaquín Sabina

Aunque muchos –por derecha pero también por izquierda- suelen olvidarlo, nuestra Argentina de hoy es hija de una tragedia histórica. Una tragedia que es reciente. En primer lugar, porque desde el punto de vista de la ciencia histórica podemos advertir que 30 años es un tiempo histórico pequeñísimo, prácticamente insignificante, desde el punto de vista del tiempo medio y largo de la humanidad.

En segundo lugar, y más determinante, reciente porque sin su comprensión no puede dilucidarse cabalmente nuestro presente. Esa tragedia no es un mito ni una construcción ideológica. Es un hecho objetivo que implicó la detención, la tortura salvaje y la muerte con desaparición de 30.000 personas.

La importancia actual de este pasado reciente la comprende perfectamente el diario La Nación. En su editorial del domingo intitulada “La historia al servicio del poder”, el vocero tradicional de la oligarquía se manifiesta ostensiblemente preocupado por la relación pasado-presente que asume el actual proceso de confrontación política en el país.

En particular, repitiendo a Beatriz Sarlo, cuestionan el discurso de Estela de Carlotto del último 24 de marzo donde la presidenta de Abuelas fustigó el rol de las grandes empresas y personajes encumbrados de la oligarquía, golpistas de ayer y de hoy. Es lógico, quien tiene las manos manchadas con sangre se pone incómodo cuando se habla del delito que ha cometido.

Ningún grupo de militares desacatados puede producir un genocidio social. De lo contrario deberíamos estar seriamente preocupados. En verdad, para hacerlo necesitan el apoyo de una parte de la sociedad, necesariamente de sus sectores dominantes pero también de bastante más. Es menester la complicidad civil.

Aunque afortunadamente se están juzgando a muchos jerarcas militares y los derechos humanos se han consolidado como política de Estado, todavía una amplia mayoría de quiénes fueron parte de ese plan de exterminio –militares, policías, jueces, periodistas, eclesiásticos, civiles, etc- gozan de impunidad, e incluso siguen conspirando y actuando, ahí están la desaparición de Julio López y el asesinato de Silvia Suppo para que no lo olvidemos.

Precisamente porque con ese objetivo realizaron un genocidio. Porque la dictadura tuvo ese objetivo: la extirpación de la parte de la sociedad que les molestaba a los dueños eminentes del país. Como algunos militares están reconociendo en sus juicios, más que arrepentirse consideran que dejaron muchos “marxistas” vivos (el concepto enormemente amplio que los represores formados en la Escuela de las Américas tienen sobre lo que es el marxismo lo sintetizó en forma temeraria el dictador chileno Augusto Pinochet, quien no hace mucho tiempo le señaló con manifiesta congoja al escritor Jon Lee Anderson que “Por desgracia hoy casi todo el mundo es marxista, en todas partes, aunque ellos mismos -sic- no se den cuenta. Siguen teniendo ideas marxistas”). El balance de los represores no es una auto-crítica, al contrario, tienen la convicción de que era necesario matar más gente para que por ejemplo no suceda lo que está ocurriendo, que se los juzgue. Si reflexionamos sobre las causas profundas del genocidio podremos esclarecer que les preocupó y que les preocupa. En tal sentido encuentro explicativas las siguientes palabras de Roberto Baschetti: “Me pregunto si esa “juventud maravillosa” perdió por sus errores como suele afirmarse o fue aniquilada por sus aciertos, que lograron acercar a lo real con lo ideal como nunca antes, despertando el odio y el temor de las clases dominantes que decidieron su exterminio. Al respecto, entonces, queda claro que tampoco hubo “dos demonios” como dijo el “alfon-cinismo”; o sea, dos grupos “mesiánicos” que se tiraban tiros en tanto el grueso de la población miraba absorta, temerosa y confundida. Lo que había era un pueblo peleando por su liberación definitiva y un sector minoritario tratando de consolidar la dependencia” (La memoria de los de abajo, vol. 1, Roberto Baschetti. Subrayado nuestro).

El objetivo que las clases dominantes lograron por algún tiempo consistió precisamente en gozar de sus privilegios sin que ningún “negrito peronista” ni ningún “zurdito irreverente” los perturbe con huelgas, reclamos o anhelos impropios de la plebe. Y bajo esas condiciones ejercer su poder con la mayor impunidad en todos los órdenes de la vida social. Ese proyecto lo iniciaron con la llamada Revolución Libertadora del 55 -libertadora de los negritos, de los pobres, sobre todo de la “chusma” insolente que se organizaba bajo el paraguas gigante e invertebrado del peronismo- y lo culminaron con el golpe del 76. “El 25 de septiembre –recuerda Miguel Gazzera- el general Lonardi concedió una audiencia a lo que quedaba de la conducción de la CGT. Los compañeros estaban en la antesala cuando por el despacho pasó un marino. Se detuvo, les preguntó quiénes eran y qué esperaban. Respondida la pregunta, los miró detenidamente y les hizo explotar esta sentencia: – Sepan ustedes que la Revolución Libertadora se hizo para que en este país el hijo del barrendero, muera barrendero. Era el contralmirante Arturo Rial” (Citado en Cooke. De Perón al Che. Una biografía política de Norberto Galasso).

Por todo esto, por lo que ha pasado en la historia de nuestro país, observar a los hijos de la dueña del monopolio Clarín, Felipe y Marcela Herrera Noble, en una suerte de sketch televisivo orientado a sensibilizar a nuestra sociedad con el objetivo de resistirse a cumplir con la ley como cualquier ciudadano de a pie, denunciando una “persecución” ficticia, me dio verdadero asco por lo infame y desproporcionado del episodio. En el diccionario que tengo a mano en mi biblioteca la acción de hacer demagogia es definida como el “Tratar de demostrar como si fuera objetivo algo que responde al interés personal”. Tal es la construcción “hegemónica” hacia donde apunta el mensaje.

En este acto Ernestina Herrera de Noble, la misma que brindó con champagne con Videla y armó su imperio económico al amparo de la dictadura, deja en claro que es una mujer que carece de límites en la defensa de sus intereses particulares. Al mismo tiempo que exhibe con particular crudeza la deshumanización horrorosa a la que puede llegar una persona. Esta señora rica y poderosa, con tantos medios para defenderse, no tiene prurito en exponer públicamente a quienes asume como sus hijos con tal de cubrirse cobardemente de un delito. Lo contrario a lo que haría cualquier madre. Precisamente en las antípodas de Azucena Villaflor, la fundadora de Madres de Plaza de Mayo, quien fue asesinada por reclamar justicia por sus hijos y todos los otros. Desde entonces, las Madres y las Abuelas consideran sus hijos y sus nietos a todos los hijos de desaparecidos, sin distinción. Haciendo más profunda la desvergüenza que los caracteriza (a Ernestina y a Magnetto), como lo ha destacado el periodista Orlando Barone en el programa 6,7,8 el mensaje armado pretende conmover el espíritu maternal de nuestra sociedad exponiendo la supuesta “persecución” que sufren sus hijos.

Que exceso del lenguaje. Que despropósito. Que inmoralidad.

Persecución es cuando una persona es detenida, torturada, expropiada de su identidad y de las de sus descendientes. Persecución es cuando te persiguen por pensar distinto. Como les ocurrió a los padres de estos chicos, con la complicidad de su actual “madre”, la misma que los expone a esta ignominia incalificable.

Comparemos esta clase de personas con nuestros compatriotas víctimas del terrorismo de Estado, y allí encontraremos los dos extremos por los que puede transitar la escala de la moralidad humana. De un lado la cobardía, el individualismo y el egoísmo, el autoritarismo, la mentira y la pulsión de muerte; del otro la valentía, la construcción colectiva y la solidaridad, la lucha vital por la verdad y la justicia. Lo expresa cabalmente la sobreviviente Luz Faingold, quien a pesar de haber sido secuestrada, torturada y violada (matiz específico de género que tenían las sesiones de torturas, como lo explica el periodista Horacio Verbitsky) cuando tenía 16 años señala que: “no me ha interesado vengarme. Si me interesa que se haga justicia, por los demás. He hecho un trabajo personal para no albergar ni transmitir a mi entorno sentimientos de odio sino esperanza en la justicia, que algún día llegaría. Todo mi esfuerzo ha sido pensando en aportar un grano de arena para que nuestra sociedad comprenda que respetar los derechos humanos es la tarea más importante. Algún día las cosas van a cambiar. Me siento sana, no tengo odio, sino estaría enferma. Se sigue viviendo el gorilismo argentino, pero Mendoza está cambiando”. Su provincia, a la que declara querer tanto, “aunque sea tan conservadora”.

Los abogados de Clarín les hicieron declarar a Felipe y Marcela que se sienten “perseguidos”. Ya no parece casualidad la estrategia, porque el cinismo semiológico comenzó con el slogan “TN puede desaparecer”, como parte de su campaña contra la promulgación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (descalificada como “ley de medios K”) que se dispone a reemplazar la Ley de la Dictadura. La utilización de “perseguir” y “desaparecer” con tanta liviandad suena a burla por la profundidad que esos verbos adquieren en el contexto del drama argentino. Pero incluso desde el punto de vista meramente leguleyo la situación no resiste el menor análisis. Declararse “perseguidos” cuando se los quiere hacer cumplir con la ley para esclarecer un delito imprescriptible por ser el mismo de lesa humanidad, se parece bastante a una cargada. La tomada de pelo que se pueden permitir los poderosos.

Los hermanos Noble Herrera fueron expropiados de las manos de sus padres biológicos por el terrorismo de Estado cuando eran bebés. Pero ahora como ellos mismos lo reivindican son adultos. Precisamente por eso aún cuando sean ricos y poderosos esa condición -en democracia, claro está- les da derechos pero también obligaciones civiles. Y una de ellas consiste en extraerse la muestra en el Banco Nacional de Datos Genéticos, organismo estatal reconocido internacionalmente y dónde pueden verificar todo el proceso los peritos de parte (es decir los que los Herrera Noble designen) si así lo desean.

Aún en caso de imponerse con la fuerza de la justicia tanto la identidad de Felipe y Marcela, el fin del monopolio sobre el abastecimiento del papel a los diarios a través de Papel Prensa y la implementación de la ya sancionada Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, el poder del grupo es tan mayúsculo que se vería disminuido pero de ninguna manera disuelto. El monopolio ha elegido dos tácticas centrales y vinculadas para evitar que estos cambios se hagan efectivos. Una táctica consiste en “embarrar la cancha”, reduciendo todo este conflicto a un problema entre el gobierno y el grupo, fomentando la idea entre el común de que se trata de una “interna política”. La otra apunta a deslegitimar la lucha de quienes nos oponemos a su omnímodo poder, quienes nos dedicamos a convocarnos por ejemplo en una marcha de 60 mil personas para exigir a la justicia que destrabe la ya votada Ley de medios; no a confeccionar carteles apócrifos para presuntamente “escrachar” periodistas. Carteles que pueden tener cualquier origen y que en todo caso -oh casualidad- le son sobre todo funcionales a la estrategia de victimización del grupo Clarín. O el golpe bajo que pretende ser el mensaje de unos hijos que son tanto víctimas como el medio de victimización de los victimarios. Porque Ernestina en tanto apropiadora se constituye en victimaria tanto de los padres de Felipe y Marcela como de ellos mismos. Lo más triste es que Felipe y Marcela no solo son víctimas de apropiación, sino de la manipulación de su apropiadora para que no obtengan algo tan básico como su identidad. Como mi opinión no es la de un abogado ni de un constitucionalista, puedo afirmar que a esta altura, especular sobre la inocencia de Ernestina carece del menor sentido, porque no tiene explicación alguna una resistencia de 8 años para hacerse el ADN y la negación a que todos sepamos la verdad si fuese inocente. Además de los datos de la causa y las investigaciones contundentes que existen al respecto, como el recomendable libro “La Noble Ernestina” de Pablo Llonto.

La disyuntiva actual es lograr que nuestra democracia tenga algo de futuro como espacio de lucha y construcción de una sociedad más justa e igualitaria, o permitir que continúe secuestrada por la dictadura de los grandes grupos del capital concentrado. Empezando por la “patria terrateniente” que usufructúa la renta diferencial de nuestro privilegiado suelo húmedo-pampeano, quiénes –justo es reconocerlo- con la inestimable colaboración de la comparsa mediática y buena parte del medio pelo citadino nos han ganado una batalla, pero no toda la lucha. Ese conflicto volverá, tarde o temprano, con la fuerza de toda "cuestión nacional" no resuelta.

Para profundizar la democratización de nuestro país es indispensable que continuemos desenvolviendo la participación popular, la movilización y el debate en el espacio público. Sólo así Felipe y Marcela podrán conocer su identidad y Ernestina Herrera de Noble ir a donde van los delincuentes: a la cárcel. Sólo así podrá efectivizarse la ya aprobada Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y terminarse definitivamente el control de Clarín sobre el abastecimiento de las bobinas de papel a todos los diarios del país. Sólo así las víctimas podrán ser víctimas y los victimarios lo que son: victimarios, asesinos, cómplices del genocidio. Sólo así podremos abrir el espacio para seguir dando la batalla de ideas sobre el país que queremos y el que no queremos. Sólo así esta Argentina que todavía nos duele podrá seguir cambiando para que flameen más banderas, y puedan volver la patria y, porque no, también la primavera.

(*) Estudiante de Historia – UBA

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