Mi padre, Juan Pallí, salió de Cuba en 1960 –después de haber estado detenido brevemente por Fidel Castro–, con destino a la Argentina. Poco después, salimos mi madre, mi hermano y yo (justo a tiempo para los festejos del sesquicentenario en Buenos Aires): la libertad festejada por partida doble.
Con los años, mi padre se convirtió en una persona destacada en la industria de la TV privada y, luego de la expiración de las licencias y la expropiación de las productoras privadas de TV, se dedicó a hacer consultorías con otros medios de difusión. Uno de sus clientes como consultor, fue David Graiver.
Cuando en 1976, el avión en el que viajaba David Graiver se “accidentó”, volando entre México y USA, mi padre estaba de viaje en USA y muchos de sus amigos llamaron a casa, pues no sabían si él estaba a bordo del avión.
Meses después, mi hermano abrió la puerta de su casa, que compartía con mi padre, y se encontró con un grupo de cuatro o cinco jóvenes armados –vestidos de civil–, que lo saludaron muy correctamente y le preguntaron por mi Viejo, con quien, como estaba de viaje y sin fecha segura de regreso, no pudieron “conversar”. Por la hora y las armas de guerra que portaban, no parecían muy dispuestos a conversar, pero frente a la natural inquietud de mi hermano por ese detalle, le respondieron que la hora y el armamento se debían a las “normas de procedimiento” y que no había razón para preocuparse. Sin perjuicio de ello, revisaron todo el departamento, hicieron preguntas insistentes con relación a fotografías que tenía mi padre en su habitación –entre otras inquisiciones- y se fueron tan campantes.
A primera hora de la mañana siguiente, mi hermano se citó en una confitería sobre la avenida Santa Fe con dos grandes amigos de mi viejo: Paco Manrique y el general Arturo Corbeta. Les contó lo que había ocurrido, ante lo cual le dijeron que estaban sucediendo cosas similares con otras personas de su propio círculo de amistades (el de mi Viejo) y que lo mejor sería decirle que prolongara su viaje. En realidad, además de círculo de amistades, eran hombres de negocios o vinculados a los negocios importantes de la Argentina, contra quienes dirigieron su mirada estos personajes, con la única finalidad de apropiarse del poder económico, por medio de esa joyita de metodología.
La explicación fue que se trataba de un “procedimiento” que estaba realizando el Cuerpo Primero de Ejército, a cuyo mando estaba el general Suarez Mason, en combinación con la policía de la provincia de Buenos Aires, comandada por el coronel Camps (compañero de curso de Corbeta en el colegio militar). La solución que le dieron fue que era mejor optar por desensillar hasta que aclare y que seguramente mi viejo estaría mejor en USA que aquí.
Conociendo a mi padre, difícilmente aceptaría esa sugerencia. Es así que al explicarle la situación, lo primero que hizo fue pedir los datos del general Suarez Mason, para enviarle directamente un telegrama anunciándole la fecha y el número de vuelo en el que regresaría al país. Así lo hizo y regresó sin incidente alguno, vía Ezeiza.
Pasaron varias semanas y, otra vez en plena madrugada, reaparecieron los mismos personajes con sus armas largas. Se llevaron a mi padre, permitiéndole cargar consigo sus medicinas para la enfermedad cardiovascular que lo aquejaba. Le dijeron que lleve el remedio “para dos o tres días, nada más”, pero no volvimos a verlo –ni a saber de él–, sino hasta casi seis semanas después.
Reapareció como detenido a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (el PEN CLUB, como él le decía), en la base aérea de Palomar, hasta donde se llegaron una tarde mi hermano y las señoras de otros tres detenidos (amigos de mi viejo), que también tuvieron la dicha de comprobar esa tarde que sus maridos estaban con vida.
De allí lo(s) trasladaron a la alcaldía del Departamento Central de Policía, en donde mi viejo permaneció por cerca de tres meses más. Se lo pudo visitar todos los días que allí estuvo, formando fila en la esquina de Moreno y Belgrano; todas las tardes, con todas las señoras de los demás detenidos.
Es esta la versión que vivimos desde afuera; no la de mi padre, que fue encapuchado ni bien lo sacaron de su vivienda, torturado, y vio su vida acortada (murió a los 63 años, de un infarto) por toda ésta experiencia surrealista.
Mi viejo, además de haber tenido que irse de Cuba, perseguido por el régimen de Fidel Castro, era un hombre de claro pensamiento de derecha y no sentía ninguna animadversión ideologista contra los militares. Pero nunca entendió, en todos esos meses de detenido, el maltrato y las torturas a los que eran sometidos (especialmente los de origen judío), ni cómo esos personeros mezclaban la lucha contra la “subversión apátrida” con un mero negocio de especulación de grupos empresariales con intereses comerciales.
Hubo, dentro del mismo grupo de detenidos que estaban con mi viejo, quienes “se quedaron” en los interrogatorios. Obviamente la indefensión en aquellos años era aún mayor, para tantas personas que no tenían, como mi viejo, centenares de amigos en el mundo de la televisión y la radiodifusión. Recordemos que Juan Pallí fue fundador y primer Secretario General de la Organización de Televisoras Iberoamericanas (OTI). Toda esa gente que se interesaban por él a diario, que lo visitaban (como el director de RTVE que vino desde España y el de Televisa desde México), presionaron al “gobierno” que lo tenía cautivo. Por eso no desapareció mi viejo, y sí tantísimos otros.
Hoy, viendo cómo renacen estos manejos del Grupo Clarín, viendo la lucha de funcionarios como Guillermo Moreno, escuchando a Héctor Timmerman, cuando cuenta también lo que le pasó a su familia; o a Osvaldo Papaleo, refiriéndose a su hermana, obligada a ceder acciones bajo tortura; hoy, que por circunstancias absolutamente casuales ocupo una Subsecretaria en la Jefatura de Gabinete de Ministros, junto a Maria del Carmen Alarcón, entiendo bastante claro lo que pasaba.
Las recientes revelaciones sobre los entretelones de la “venta” de Papel Prensa, son una muestra más de la codicia y de la violencia de los responsables, con o sin uniforme, de montar todo un escenario de “valores”, de defensa de la patria y de ideologías, para apoderarse miserablemente de empresas de enorme poder económico y político. Lo grave es que muchas de ellas siguen en poder de los mismos dueños que adquirieron esa posición a costa del sufrimiento, la tortura o a muerte de miles de compatriotas. Por ello me siento orgulloso de ser parte de este Gobierno, aún frente a la opinión de gran parte de un círculo social o ideológico, que no se escandalizó entonces frente a semejante atropello y ahora parece mostrarse como defensor de la seguridad jurídica, las instituciones y no sé qué cantidad de vaguedades.
Pero no es el rencor ni la sed de revancha lo que me lleva a contar lo que cuento. Lo que me mueve es el temor de que, ante el menor descuido, cosas como aquellas las conozcan mis hijos.
Siendo parte de este Gobierno, me siento en paz con mi viejo y mis descendientes.
(*) Subsecretario de la Secretaría de Integración Nacional, Jefatura de Gabinete de Ministros
(Fuente: Télam)
