
En un intento de que su imagen no siga decolorándose en los sondeos, el presidente de Estados Unidos, Barak Obama, apuró este lunes el anuncio de que se presentará a la reelección en las elecciones de noviembre de 2012.
Obama confirmó este lunes su deseo de habitar la Casa Blanca por otros cuatro años. No es casualidad su anuncio, por si a alguien se le cruzó por la mente, ni tampoco tiene que ver con un apego personal al confortable mobiliario de la residencia presidencial.
El apuro del mandatario estadounidense está más bien relacionado al cada vez más insistente, penetrante y agudo llamado de los republicanos a cambiar el aire del gobierno, y no menos también, a la percepción de desencanto y tedio que inspiran en la opinión pública su poca jugada postura frente a los desafíos que enfrenta el imperio tanto en el orden nacional como en el global.
La mitad de los ciudadanos estadounidenses se oponen a la intervención militar en Libia. Considerando el belicismo tan profundamente arraigado de su cultura, dicha oposición no es un dato menor. Su prometida pacificación y retirada de las regiones orientales que ellos mismos pusieron en llamas, se prolonga indefinidamente.
Intestinamente, su país lejos está de ser la panacea de la reactivación económica, del avance en beneficios sociales, de la multiplicación de empleos y otras tantas promesas de su campaña anterior.
Y esto no es que se vea solamente de afuera, sino que desde sus mismas filas lo manifiestan, quizá, hasta involutantariamente: “Todavía son tantas las cosas por hacer”, alega una de las promotoras de la iniciativa para relanzar al actual presidente, en un video subido a la página web donde fue hecho el anuncio, sin darse cuenta, quizá, de que con esa frase se admite justamente lo que más se le achaca a la gestión: la cantidad de cosas que Obama dijo que iba a hacer y no hizo.
Una muestra del débil argumento que los obamistas blanden para justificar la extensión del mandato de su líder, se sustenta en inducir la idea de que gracias a sus políticas se previno el colapso de la economía y que, contrariamente a lo que se percibe y se ve, el presidente ha cumplido con el grueso de sus promesas de campaña: implementar la reforma en Salud, poner nuevos límites a los bancos y –esta sí que es toda una tarea cumplida–, cambiar la imagen que el mundo tiene de los Estados Unidos.
Lo que parecen no contemplar los entusiastas de la reelección de Obama, es que la escena actual difiere mucho de aquella que lo llevó a la presidencia en el 2009.
En el 2012 Obama no encontrará a un electorado hastiado, luego de ocho años de una de las administraciones más cuestionadas y repudiadas de su historia, –¿está demás aclarar que fue la de George W. Bush?–, sino tras la suya propia.
Él mismo deberá defenderse y recuperarse del desgaste que supuso su propia guerra, de la fragilidad que persiste –y todo hace parecer que persistirá un tiempo más– de una economía agrietada, de la no revertida dependencia extrema del petróleo importado y de la falta de compromiso con los ideales que los votantes norteamericanos, más allá de todo lo que pueda endilgárseles, han demostrado ingenuamente querer alcanzar al votarlo la primera vez.
“Elíganme –vuelve a prometer Obama– y las cosas cambiarán”. Pero el que cambia parece ser él y, hasta ahora, lo hace hacia la cada vez más pálida cara política que EE.UU nos tiene acostumbrados.
