En Calcuta, ciudad de la India en la que la selección argentina jugará este viernes un amistoso ante Venezuela, no se respetan las leyes de tránsito y la verdadera pasión de sus habitantes no es el cricket… si no tocar la bocina en las calles.
No es el cricket -deporte nacional de la India- ni el astro argentino Lionel Messi –recientemente elevado a una categoría divina-, la auténtica pasión de los habitantes de Calcuta es tocar bocina en las calles, práctica que consagra a la ciudad como la capital mundial del estrés.
El tránsito del lugar, situado en el estado de Bengala Occidental, unos 1.304 kilómetros al este de la capital Nueva Dheli, se desarrolla con un pulso caótico, abrumador y acompañado por el agudo y persistente sonido emitido por cada medio de transporte.
Con la bocina como principal aliada, los conductores al volante (del lado derecho la gran mayoría) se abren paso en el complejo entramado de callejones que estructuran Calcuta, cuya circulación no tiene reglas de efectivo cumplimiento.
La ejecución simultánea y muchas veces innecesaria de los choferes configura una atmósfera infernal, siniestramente acompañada por el intenso calor y ráfagas de una aroma pestilente por la abundancia de basurales al costado de los polvorientos caminos.
Nadie en Calcuta se priva de tocar bocina. Lo hacen los taxis Ambassador Classic de los 60; los ómnibus desvencijados y atiborrados de gente; las motonetas que transportan pasajeros en su cúpula trasera; las motos convencionales; los carruajes; las bicicletas y el tranvía también.
Es necesaria para alertar a los numerosos e insólitos escollos que bloquean el paso por los estrechos corredores de la ciudad: desde vacas, que pasean con total libertad, hasta hombres que se duchan en una fuga de agua o mujeres, con niños, que circulan por el medio, de espaldas al tránsito.
En la demencial tendencia a la contaminación sonora pueden advertirse variados estilos, todos molestos por la contundente repercusión del conjunto.
Están los discretos (bocinazo corto), los simpáticos (sonidos simétricos y consecutivos), los insistentes (de tres o más avisos) y los prepotentes (ejecución prolongada hasta conseguir el resultado deseado por el conductor).
Cada uno, con su metodología, alimenta la sensación de un agobio despojado en cada cruce por el temor a la posibilidad de un accidente siempre latente.
Fuente: Télam
