Un informe de investigadores rosarinos bucea en las consecuencias sociales, económicas y culturales que trae aparejado el creciente negocio del narcotráfico en la ciudad, que por estos días alcanzó la cifra de 100 muertos en lo que va del año por enfrentamientos entre bandas armadas asociadas a la compraventa de drogas.

El documento asegura además que la detención y procesamiento del jefe de la policía provincial, Hugo Tognoli, acusado de connivencia con el narcotráfico, junto con las noticias de asesinatos y balaceras sin aparente control policial, ayudó a destruir la Marca Rosario, tal como se conoce al trabajo de marketing que durante 24 años intentó posicionar a esta ciudad santafesina en el mercado de inversiones, a la vez de servir para presentar las transformaciones de Rosario, como producto de políticas públicas del Partido Socialista Popular.

En los últimos años, dice el informe, la imagen de una Rosario «moderna», que incluía, aunque despreciada por sus gobernantes, la llegada masiva de migrantes del norte provincial y de la vecina Chaco, «cosmopolita, turística y negocios urbanos friendly» dio lugar a otra ciudad, sobre todo en la periferia, con una febril actividad económica en torno a la compraventa de drogas, superada por la soja y el negocio inmobiliario.

El trabajo, que lleva la firma del Club de Investigaciones Urbanas, un colectivo de jóvenes sociólogos, psicólogos y también artistas y fotógrafos de la segunda ciudad del país, detalla además el surgimiento en los barrios periféricos, asentamiento de las bandas traficantes de droga, de una cultura a la que los autores llaman «vida narco».

«El crecimiento exponencial del negocio narco trae aparejados conflictos de intereses con saldos sangrientos. Así, existe un pasaje decisivo: la noción de barrio, tal como la entendíamos, en el sentido culturalmente construido de vecindad, entra en severa crisis. Los barrios periféricos estallan y se segmentan en microzonas regidas por los códigos de cada banda», indica el documento.

En este sentido, los investigadores explican: «Vivir de un lado u otro de una calle o avenida, lo mismo que trasladarse de un punto a otro, puede significar la pertenencia o adherencia compulsiva a una banda o a su contrincante».

«Eso habla de un fenómeno –continúa el informe publicado en Facebook– que a esta altura ya es un sistema, que convierte a los «soldaditos» en sostén de familia y a madres en dealers como atajo para la supervivencia».

En otro párrafo del informe, que aporta un enfoque amplio de la problemática, se busca analizar el comportamiento de los chicos en «el caso de la práctica de ser soldadito. Ya de por sí, el nombre invoca a una de las estructuras existentes más jerárquicas: la militar. El soldadito, hombre de base y armado, se inscribe y participa en esas bandas sumamente verticales, donde el principio de autoridad y la cadena de mando debe ser respetado sin más».

La cruda descripción de la periferia rosarina incluye por otro lado el reverdecer, en paralelo y como contracara, de experiencias autogestivas de «movidas culturales populares» con un fuerte protagonismo del movimiento murguero continente de expresiones de arte y cultura con bandas de rock, grupos de folklore, hip-hop, entre otras; y todo un esfuerzo en torno del carnaval, en el que se busca crear un marco de encuentro en el que no están permitidas las drogas ni el consumo del alcohol.

Una figura convoca: Pocho Lepratti, el militante popular asesinado en diciembre del 2001 por la policía santafesina, en medio de la represión a las protestas populares que signaron el final del gobierno de Fernando De La Rúa.

Fuente: Télam

Comentarios
Más notas relacionadas
Más por Redacción Rosario
Más en Ciudad
Comentarios cerrados

Sugerencia

El Gobierno defendió la presencia de Aldo Rico en el desfile en Tucumán

“Lo de los Carapintadas es cosa vieja, no creo que haya puesto en jaque a la democracia”, …