Chachi Kurt ligas 475x340

Somos pocos y nos conocemos mucho

Miles son las anécdotas que se cuentan de bataholas en las que terminaron algunos partidos.

Una de las causas detonantes, cuando se enfrentan dos clubes de pueblos vecinos, es que se conocen demasiado entre los jugadores.

Suele pasar que en los corners los adversarios se chamuyan para desconcentrarse entre sí, generando el clima ideal para que salten viejas broncas de hace años. Patadas mal pegadas, rifas impagas, autos vendidos flojos de papeles o infidelidades como la que pasaremos a contar.

Estuve presente en un partido donde el 2 se cansó de pegar hasta que en un tiro de esquina el 9 del otro equipo le recordó el día y lugar exacto en el que había sido engañado, para después dar paso al nombre completo del sujeto saltatapiales, un marcador de punta ya inactivo. Demasiados datos para ser mentira.

Mientras la pelota iba en el aire y siendo mirada por todos como una mariposa, abajo, en la tierra, volaba una trompada en dirección al denunciante. El ruido del maxilar avisó que se iniciaba una de las batallas campales más recordadas por los lugareños.

La gente se invitó sola y saltó el alambrado para sumarse a la gresca, la cual se extendió por 3 horas, y tuvieron que llamar a la policía de un pueblo aledaño ya que en el revuelo cobraron los dos canas del lugar que habían sido asignados al evento.

Un chisme en un corner puede desatar una tormenta.

Rufián del silbato

Los que lo conocieron de chico y compartieron colegio en su pago natal de Montes de Oca, o por aquellos lares, aseguran que no era mal tipo. Déjenme dudar. Hoy, sólo por hoy, no diremos el nombre del árbitro más corrupto que existió en la Cañadense.

Carismático, gritón, maleducado, ex boxeador. Experto en el arte de no cobrar off sides alevosos. Mago de la expulsión innecesaria. Artista plástico de penales inexistentes.

Este fulano a lo largo de 15 años de arbitraje se equipó la casa con “regalos” que le fueron llegando luego de dramáticas finales.

Juegos de muebles provenientes de Cañada de Gómez, bolsas de semilla para césped de San Jerónimo, heladera y cocina Longvi de Las Parejas, la suspensión de una abultada deuda en el boliche nocturno de Correa Deleite bailable, y la famosa vaquillona con 15 salamines de Villa Eloisa.

La justicia, tuerta, a merced de la chequera.

Si toman la ruta 9, apenas pasando Correa contra una pared se puede leer: “Rubén …, vendido y la concha de tu madre!”. Debido al caudal de enemigos acumulado por este muchacho es imposible saber de qué club era hincha la mano que gatilló ese aerosol.

Justicia popular y catarsis, sobre las imprentas de los pueblos.

Donde el barro se subleva

De todas las canchas que visité hay una que es especial. Estoy hablando, señores, del glorioso Independiente de Roldan.

La cancha esta clavada en el medio del famoso barrio Chaco Chico y cuando me tocó enfrentarlos corría el año 2003. Ahí vivía, y vive, la gran mayoría de los sectores populares de Roldan. Familias que vinieron del Norte esquivando el hambre. Algodoneros y laburantes desocupados de nobleza enorme, que se veía reflejada en la forma en que sus hijos defendían cada pelota.

Tipos ásperos que entregaban el alma en el juego. Después de pegarte una patada fuerte se te arrimaban y te ayudaban a levantar, en silencio, como sabiendo que vos no tenias la culpa de nada.

Estaban hartos de la realidad que le ofrecía un país destruido por la crisis del 2001.

Solían sufrir derrotas por 3 ó 4 goles, ya que entrenaban cuando podían y no incluían ningún jugador de afuera y de renombre porque el club estaba desamparado económicamente.

Era imposible no querer jugar para ellos y perder juntos y nunca me dolió tanto ganar un partido.

Las casas y ranchos estaban casi pegadas a la línea de lateral y el encuentro se disputaba atravesado por la música que escapaba por las ventanas. Cumbia, chamamé y rocanrol. El olor a flores y basura quemada era inmejorable.

Detrás del arco que daba a la calle se juntaban los amigos o hermanos de los que jugaban y apenas empezaba el partido metían presión putiando al equipo contrario y al árbitro. Arengaban a sus jugadores ofreciéndole variables de patadas y codazos para resolver jugadas o gambetas maradonianas que en la teoría estarían perfectas, pero que en esa cancha y con esos pozos se convertirían en milagro.

Trataban de contrabalancear tanta desventaja futbolística hasta que después del tercer gol se cansaban y se iban a tomar porrones al kiosco de la vuelta y volvían al finalizar el partido para despedir con aplausos a los suyos.

A unos diez metros había una placita con juegos oxidados llena de pibitos. Cada vez que la pelota caía cerca de ellos, corrían todos juntos para ver quién la devolvía. Y se reían, y se peleaban. Y alguno lloraba. Y a veces pasaban como tres minutos tironeando.

En el paredón sur del club te esperaba una frase de Lobo suelto pintada en negro y con letras enormes: “Si corrés peligro con sólo venir aquí”.

Muchos equipos no querían ir a esa cancha, por las historias que se contaban o porque cada tanto alguno se comía una piña por hacerse el canchero.

Música, olores, risas de esos pibitos, patadas y trompadas que instalan códigos. Imposible de olvidar… “por eso brindamos, ladrón de mi cerebro!”

(Publicada en el eslabón nº139) Relacionada: CAMPO DE JUEGO I

 

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3 Lectores

  1. Eduardo

    06/05/2014 en 19:20

    No leí la primera pero ésta es genial.

  2. Negro

    06/05/2014 en 22:28

    Grande Kurt!
    Andan de parabienes esos relatos; siga inundando el diario con estos recuerdos, que hay sequia de cuentos de futbol de las ligas del interior -de hecho, solo recuerdo a Fontanarrosa y Soriano quienes siempre tenia a mano de estas historias.
    Abrazo de gol.
    Adriano

  3. Marcos

    08/05/2014 en 12:55

    Muy bueno Kurt, me senti obligado a leer CAMPO DE JUEGO (I)

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