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Yo no sé, no. La casilla de lata quedaba a unos 20 metros del arco de madera que daba más al sur de la canchita que corría paralela a Iriondo. En esa casilla había estado viviendo Moncho, un correntino que en los días de viento norte lo primero que le decía a sus pibes era: “Abriguense porque con este viento se pueden pegar cualquier peste”. Y los gurises le hacían caso aún en los días de verano.

Uno de los travesaños, aunque a mí me parecía que los dos, estaba en plan “mirame y no me toques”. Y la madre de los pibes, los días de viento norte, también ponía cara de “mirame y no me toques” mientras amasaba para la torta asada.

A metros del otro arco, hoy vive la hermana del Rana, un santiagueño que se está despidiendo del barrio como todos los años pues se va a la fiesta de Mailín y no sabe si el santito lo va a castigar con alguna penitencia. Lo cierto es que lo único que desea es que no haya tanto viento norte porque allá, en el medio del campo y en plena fiesta religiosa, lo que más aprecia es la torta asada.

Un día, Cacerola pegó un uñazo e hizo volar el travesaño, que al caer se partió en dos. Algunos dicen que lo partió en el aire.

Anoche, antes del noticiero en la radio, los no oficialistas seguían repitiendo que esta supuesta mejoría económica solo se debió a un buen viento de cola. Luego, el noticiero arrancó con el anuncio del arreglo del Club de París, un club que no se cansa de reclamar una deuda que empezó chiquita y se agrandó como una gran torta amasada con vientos neoliberales.

El establishment económico alienta un arreglo, pues de seguir así, los ya conocidos gurúes de la economía nos pronostican vientos que nos traerán todas las pestes posibles.

Habrá que ver cómo viene la mano. Algunos piensan que si nos ponemos a amasar una torta con nuestro propio esfuerzo y con la paciencia santiagueña nos irá mejor. Otros nos dicen que habría que ir y pegar un uñazo para romper ese arco de triunfo que tienen los que nos prestaron una tarasca que nunca vimos ni en caminos, ni en escuelas, ni en creación de laburo.

O también está la posibilidad que, con manos más sanguíneas como las de la correntina del Moncho, amasemos una torta un poco más rápido y para todos. Y que por un tiempo, para los de afuera, los intereses de la Nación estén en un firme plan de “mirame y no me toques”.

(Publicado en El Eslabón Nº145)

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