El tiro del final. Fiel a su estilo farsesco, lo hizo ante las cámaras de Crónica, subido a un tanque de agua, balbuceando “para la posteridad”. El ex policía, de patillas y llamativo sombrero, trepó y alcanzó las alturas ante la atónita mirada de los agentes de Gendarmería, y de su propia y desencajada familia, que parecía componer un cuadro fellinesco. El ruido seco, fatal.

Lo último que hizo en su vida, al menos antes de subirse al tanque ubicado treinta metros más cerca del cielo, fue darle una entrevista a Crónica. “No tengo absolutamente nada que ver en el tema”, fueron parte de sus palabras finales. “La posteridad va a aclararlo. Le temo al tata Dios, nada más. No tengo ningún problema en acribillarme a balazos”, dijo poco antes de partir.

Símbolo de las formas más grotescas del autoritarismo, y acorralado en una causa por delitos de lesa humanidad, se fue arriba del tanque, para Crónica y a los gritos, lo que ya, incluso antes del final, se parece bastante al infierno.
 

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