Enmarcada en un clima de expectativas positivas, la quinta Cumbre de las Américas pudo haber sido el hecho histórico que marcara un punto de inflexión en las relaciones americanas con el comienzo de “un nuevo orden regional”. Sin embargo, la reunión en Puerto España tuvo como resultado oficial un documento de compromiso que no dejo satisfechos a muchos. De hecho, no se logró la unanimidad necesaria para la firma de una “declaración final”. La principal oposición al borrador de la declaración provino del ALBA (Alternativa Bolivariana para las Américas, conformada por Venezuela, Cuba, Bolivia, Honduras, Nicaragua y Dominicana), pero el descontento con el contenido del documento iba más allá de estos países, ya que otros gobiernos tuvieron sus reservas sobre la no alusión a la situación cubana en la OEA, sobre la discusión económica para el 2010 (particularmente Brasil) y en torno a la temática del biocombustible como alternativa energética (Bolivia).

No obstante, el balance final no puede ser considerado negativo si se tienen en cuenta tanto el cordial clima político reinante entre los 34 presidentes como las marcadas diferencias con la cumbre anterior, celebrada en Mar del Plata en el 2005.

En sus declaraciones posteriores, los representantes latinoamericanos destacaron la fluida interacción multilateral y el respeto que reinó durante los tres días de reunión, situación que no fue interrumpida con declaraciones conflictivas o gestos hostiles, a pesar de las disidencias alrededor de la declaración final.

En su momento, la Cumbre de Mar del Plata representó la muerte del proyecto estadounidense de conformar el ALCA (Área de Libre Comercio). En este marco, se produjeron rispideces entre los participantes, ya que mientras el Mercosur y Venezuela se opusieron férreamente al ALCA, Chile y México apoyaban la iniciativa estadounidense. Por otra parte, la llamada “contra-cumbre”, organizada casi paralelamente por el Foro Social Mundial y encabezada por el presidente Chávez, creó un tenso clima anti-Estados Unidos con discursos que versaban en contra del imperialismo hegemónico y la política exterior de Bush, lo cual empañó aún más las relaciones de la región con Estados Unidos.

Por el contrario, en la cumbre de Puerto España el tono anti-imperialista estuvo casi ausente y la llegada de Obama al ejecutivo estadounidense hace pensar que se inaugurará una etapa de reacercamiento entre los hemisferios del continente. En este sentido, el caso cubano es el tema central que refleja los cambios de concepción en la política norteamericana hacia América Latina y el posible fin del período de indiferencia.

La “cuestión cubana” fue impulsada por los países latinoamericanos, quienes desde la incorporación de Cuba al Grupo Río a fines del pasado año vienen desarrollando estrategias para que el gobierno cubano sea reincorporado a la OEA y se finalice con el bloqueo económico propiciado por Estados Unidos. De allí la reciente serie de visitas a La Habana de los presidentes de Ecuador, Bolivia, Venezuela, Chile, Argentina, Haití, República Dominicana, Guatemala, Nicaragua y Honduras y el reestablecimiento de relaciones diplomáticas con El Salvador y Costa Rica.

Si bien Estados Unidos no anunció el levantamiento del bloqueo, las medidas promulgadas días antes de la Cumbre no son menores: se deja sin efecto las restricciones a las visitas de cubanoestadounidenses a sus familiares, se permitirán las remesas hacia Cuba y se autorizarán a las empresas de telecomunicaciones a establecer acuerdos de licencia en la isla. De hecho, tales anuncios son el puntapié inicial de un lento proceso de normalización de las relaciones, el cual incluirá la reincorporación del gobierno cubano a la OEA, el intercambio de embajadores y el levantamiento del bloqueo comercial, el cual Estados Unidos espera brindar a cambio de la libertad de los más de 200 presos políticos.

La predisposición de Obama a escuchar a sus pares, su compromiso sobre no interferir en los asuntos internos de terceros estados, su reafirmación de la idea de “igualdad” entre los países y sus gestos de respeto y conciliación hacia gobiernos considerados hostiles por la anterior administración norteamericana -Venezuela, Bolivia y Nicaragua- parecen ser las declaraciones de buena voluntad que guiarán un nuevo proceso de aproximación hemisférica en el marco de la cual se deberán abordar cuestiones como los acuerdos de libre comercio bilaterales -con Panamá y Colombia principalmente-, la inmigración, el narcotráfico y, obviamente, las medidas para superar la crisis financiera internacional.

(Carla Morasso es integrante del Departamento de Análisis Político de Coyuntura de la Funif)

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