
Los felicito. Ustedes se han librado de un adversario formidable. Nosotros hemos perdido un guía. Los felicito. A ustedes les queda el cerebro intacto. A nosotros, el corazón desgarrado.
Los felicito. Ustedes sólo tienen que disimular el alivio, acaso la sonrisa. A nosotros nos toca el dolor, las lágrimas.
Los felicito. Ustedes ya podrán dejar de exigirle a alguien que haga lo que nadie puede hacer. A nosotros nos queda la tarea de que reconozcan a alguien porque hizo lo que nadie había hecho.
Los felicito. Ustedes, que nunca sufrieron privaciones en su mesa, podrán seguir hablando del desamparo de otros. Nosotros, los que alguna vez sentimos en carne propia la pobreza, ya no podremos dar gracias en vida a quien realmente nos dio algo sin pedir nada a cambio.
Los felicito. Ustedes podrán seguir hablando de justicia donde se hizo justicia, y de reconciliación donde las víctimas aún siguen condenadas a esperar. Nosotros vamos a extrañar a quien reconoció el Holocausto donde hubo también Holocausto, y supo pedir perdón hasta por lo que él no había hecho.
Los felicito. Ustedes podrán ahora mostrarse magnánimos, hablar de mesura, de concordia, de sensatez. Nosotros ya no tendremos a quien nos empujó como pocos a señalar la injusticia, alumbrar la oscuridad, desnudar el mal.
Los felicito. Ustedes podrán sentarse más tranquilos a susurrar a los poderosos. Nosotros perdimos a quien los desafiaba.
Los felicito, pero no se confundan. Ustedes pueden ahora sentirse más fuertes, pero no crean que somos más débiles. Porque son ustedes los que entierran a un ser humano. Nosotros plantamos la semilla de un árbol. Y desde ahora estaremos cuidándolo, y esperando sus frutos.
