
Algunos supuestos creativos argentinos llevan años copiando, clonando, imitando y plagiando formulas extranjeras con mayor o menor fortuna. Emergidos de la impersonal, insípida, snob y contradictoria clase media, estos seres sensibles, danzarines de una adolescencia cultural patria que no deja de ser fascinante, son también de alguna forma los responsables de la construcción de una estética nacional y actores secundarios de una identidad argentina que se pierde muchas veces en un laberinto de espejos. Por estos motivos lo que hagan o dejen de hacer tiene su importancia. Relativa, pero la tiene.
La complejidad de nuestra sociedad, que a decir verdad no es mayor que la de Túnez, trasciende los límites de este artículo. Pero es de ella de donde emergen fenómenos como el reciente plagio que el publicista rosarino Sebastián Abramovich hizo en su spot promocional “ Yo amo a Rosario” encargado por la Municipalidad, del estupendo clip sobre Río de Janeiro para los Juegos Olímpicos 2016, que fue realizado por el director cinematográfico Fernando Meirelles. Las similitudes entre ambos spots son tan evidentes que no admiten la menor duda y lo mejor es, para no perder tiempo, pasar de largo por ellas. Cualquiera puede verlas en Youtube.
¿Qué se le pasó por la cabeza a este joven publicista local al cometer esta pequeña estafa intelectual? ¿Qué hizo el muchacho al ser descubierta su grosera réplica? ¿Se puede subestimar o engañar a la población rosarina y continuar como si nada? ¿Cuál fue el mensaje de la institución municipal que encargó el corto luego de descubierto el plagio?
La travesura de este publicista, que por cierto se debe haber embolsado un buen dinero público por ella, no es otra cosa que un eslabón más de nuestra psicológica dependencia cultural. Ya saben lo que pasa cuando uno es casi europeo, casi catalán, o casi brasileño, o casi creativo, terminamos creyendo que somos lo que no somos. Y eso, barrunto, es lo que puede haberle pasado a Abramovich, quizás creyó que era Meirelles, o carioca, o un genio de la publicidad, o algo así. Quizás creyó ser el más listo de la clase y que nadie repararía en su burda y costosa imitación. Un misterio más de la psicología de autoengaño.
El caso no es aislado sino que encarna toda una tradición. Cualquier rosarino con cierta curiosidad visual que haya viajado o vivido en Europa en los años 80 y 90 habrá notado el constante robo de ideas europeas que inspiraban a nuestros creadores locales. Divertido era ver una obra expuesta en una galería de Ámsterdam y descubrirla poco tiempo después, con ligeras modificaciones, en un local de pasaje Pan, por ejemplo. Lo mismo podía suceder con un collage o acuarela exhibida en Montparnasse o un concepto original concebido en Frankfurt o Barcelona que era fagocitado por la voracidad argentina y “vendido” como producto original a los desprevenidos ciudadanos autóctonos. De esta forma se construyó el prestigio de muchos creadores. En esa época el acceso a los viajes era minoritario y por esto también difícil era descubrir la naturaleza de estos timos. Este proceso de robo de ideas mutó de manera drástica con la aparición de Internet. Si bien la red es un terreno ideal para la copia del ingenio ajeno, ya no es tan fácil plagiar sin quedar en evidencia cuando cualquiera puede descubrir la trapisonda navegando por la Red, que es lo que le sucedió a la producción de Abramovich.
Se desconocen los detalles del “affaire” puertas adentro de la Municipalidad, pero poco importan. Si se sabe lo que hizo Abramovich cuando su debilidad por la clonación publicitaria fue descubierta. En la portada de su sitio Web publica un texto ilustrado con un grabado de El Quijote y Sancho Panza en el que se destila una negadora arrogancia muy propia de los cacos intelectuales y en el que además se auto erige en víctima de la situación. Ladran Sancho, se titula insostenible escrito en el que lejos de pedir excusas por el resbalón profesional, cosa lógica, se jacta de no tener que dar nunca explicaciones por sus creaciones publicitarias. Luego intenta, de todas formas, explicar desde un patético e ilusorio pedestal las motivaciones y el proceso “creativo” de su spot institucional sobre Rosario que por cierto, más allá del plagio, es muy pobre y fallido conceptualmente.
El publicista usa el delicioso eufemismo de “homenaje” para hablar de las similitudes entre su video y el de Mireilles. Podría haber erigido una estatua en el patio de su casa u organizar un seminario sobre el brasileño ya que quería hacerle un homenaje. Luego continúa con una retahíla de explicaciones incongruentes sobre el proceso que desembocó en su propuesta y acusa a los descubridores de su plagio de ignorantes y malintencionados. Ya tenemos una nueva víctima de la envidia general.
También en la senda de la negación la vocera del intendente Miguel Lifschitz, Jorgelina Neri, justificó el plagio diciendo que era una emulación y un guiño publicitario. Dos características que podrían aceptarse en un video hecho por un estudiante de cine o publicidad, pero no en este, hecho por un supuesto profesional que cobra mucho dinero por esto.
Ya que hablamos de copias y fagocitaciones, me detengo un momento en el término guiño, que uso la funcionaria Neri. Esta es una expresión que los argentinos usamos desde hace muy poco, no existía en nuestro lenguaje, como tampoco el neologismo ningunear. A la palabra guiño, con su nueva connotación semiótica, la copiamos de los españoles que tampoco lo usaban hasta el cambio de siglo. Algunos intelectuales y periodistas españoles comenzaron a emplearlo al traducir la expresión francesa “clin d´oeil” que si se usa en los escritos periodísticos y culturales franceses desde hace mucho tiempo. Vaya saber uno de donde tomaron los franceses este giro que refiere a un gesto, sutil e implícito de complicidad hacia unos valores o ideas. Tendríamos entonces, como dato provisional, que el spot “Yo amo Rosario” sería un combo entre un homenaje, una emulación y un guiño. Mamita.
Las obras de arte o los productos culturales son siempre deudoras del proceso sedimentario que las ha generado. Pablo Picasso, el más grande y descomunal creador del siglo XX, no fue otra cosa que un extraordinario catalizador de búsquedas creativas precedentes a las que agregó su descomunal potencia artística. Nadie acusaría de copión al genial malagueño que no dejó rincón de la creatividad humana sin explorar. Crear de la nada es imposible, de la misma forma que es imposible hacerlo desde la burda copia de patrones estéticos ajenos.
Seguro que Rosario tiene creativos dignos como para producir proyectos de comunicación institucional eficaces y de calidad. ¿Por qué hay que soportar la arrogancia petulante del copión Abramovich que es incapaz de reconocer su desliz? ¿Por qué encima hay que darle dinero público como recompensa de un plagio flagrante?
Pensándolo bien y para ser sincero, acaso este asunto del video de Sebastián Abramovich no es grave y es mejor no cargar demasiado las tintas. Hay tantos corruptos y ladrones que campean por nuestro país, modelos completos de sociedad se han copiado en nuestra historia y los problemas sociales son tan graves que la importancia de este pequeño fraude intelectual es realmente menor. La polémica disparada por este asunto puede servir, en el mejor de los casos, para ayudarnos a pensar y debatir sobre el funcionamiento de nuestra sociedad y sus instituciones. No debe tomarse a la ligera, sin embargo, el uso del dinero público en costosas campañas publicitarias de bella forma y dudosa reputación. Rosario es una ciudad con una identidad cultural lo suficientemente sólida y personal como para no tener que plagiar un producto identitario ajeno.
Aunque pueda molestar el abordaje del publicitario rosarino es mejor no ser crueles con el pobre muchacho. Sobre el publicista, solo resta decir que cada uno hace lo que puede. Ningún creativo construiría su reputación con ideas ajenas si pudiera hacerlo con las propias.
