
Lifschitz lamentó el tiempo perdido que hubiera podido invertirse para construir una propuesta nacional con Binner a la cabeza, en vez de desperdiciarlo en rencillas internas. A su congoja se sumó la de Bonfatti y, según parece, tanto lloriqueo terminó mojando la paja en la cola de Giustiniani.
El intendente rosarino, Miguel Lifschitz, admitió este miércoles que la “gran oportunidad” de erigir la candidatura presidencial de Hermes Binner se perdió por las rabietas dentro del PS: “Si no hubiéramos tenido tanta complicación interna en la provincia de Santa Fe, Hermes podría haber comenzado una tarea nacional que nos hubiera permitido construir una propuesta”, afirmó.
El jefe de gobierno municipal sembraba así de dudas, la posibilidad del socialismo de materializar, en lo que resta de tiempo, una fórmula presidencial encabezada por Binner: “Teníamos una gran oportunidad. No sé si el tiempo alcanza. El tiempo apremia”, sostuvo en declaraciones radiales.
A estos pareceres adhirió el ministro de gobierno provincial, Antonio Bonfatti, quien habrá visto en lo dicho por Lifschitz, una nueva oportunidad de golpear a su sparring favorito, el senador nacional Rubén Giustiniani, y este jueves afirmó que “si hubiéramos tenido una fórmula de consenso en la provincia, hace ocho meses que estaríamos recorriendo el país con un proyecto nacional similar al de Santa Fe, pero no se pudo dar”, se quejó.
No fue necesario invocarlo con nombre y apellido, Giustiniani saltó al ratito: “El partido y yo apoyamos a Binner desde el vamos”, dijo en entrevista televisiva como para despegarse de la culpa que le endilgan no muy sutilmente, intendente y senador.
Y daría la impresión de que algo de razón tiene Giustiniani, porque si se considera lo actuado, dicho y desdicho por el gobernador santafesino hasta la fecha respecto de su eventual postulación a la presidencia o a la posibilidad al menos de integrar una fórmula para ese fin, se deduce fácilmente que nadie es más culpable que él mismo de no contar, a estas alturas, con una plataforma firme desde la cual lanzarse a la caza del bastón de mando nacional.
Lo manifestado el miércoles por Lifschitz evidencia, más que la falta de cohesión, la escasa voluntad dentro del socialismo de encarar seriamente una estrategia eficaz que impulse al gobernador santafesino hacia esa carrera.
Entre los daños y perjuicios por el entuerto interno que separó aguas dentro del socialismo entre giustinianistas y bonfattistas y que casi llega a fractura (según lo advertido por el propio Binner en su momento) no debería contarse la pérdida de la “gran oportunidad” para presidencializar a Binner. Lo que quizás si debería borrarse del inventario es la unidad del movimiento. El alarde de Lifschitz de que nadie más que él trabajó en pos de la unificación de los sectores en disputa, aunque fuera cierto, no postulan más que su fracaso en ese objetivo.
¿Acaso no resulta un tanto agarrado de los pelos echarle la culpa a la interna del eventual abandono de Binner a su ambición presidencial? ¿No fue el gobernador el que dijo que su lanzamiento a esa carrera fue una mera “ironía”? ¿No dijo, acaso, que el apoyo que recibía para ese proyecto, de parte de Giustiniani y del radicalismo, escondía la macabra intención de borrarlo de la escena política regional? Y, una última: ¿cuántos peros, msi, mno, mno sé, se le escucharon al gobernador respecto de su proyección presidencial desde que esa idea existe?
