Varias figuras del Frente Progresista Cívico y Social (FPCyS) aprovecharon este domingo la ocasión para ahuyentar los fantasmas de un posible desbande pos eleccionario en esa fuerza política.

La necesidad de mitificar tal posibilidad aumenta a partir de un resultado primario que reconfigura la escenografía de cara a las generales, más con lo sucedido en Rosario, siempre clave a la hora de determinar derechos y acciones para cada membrecía.

Por el lado del socialismo fueron Binner, Giustiniani y la flamante electa candidata a intendente por el Frente Progresista, Mónica Fein, quienes, en términos propios, coincidieron con el derrotado radical Boasso en que esa fuerza emulará la tradicional premisa de su oponente común que manda a los vencidos a acompañar a los selectos, e incluso, auguraron que tras los comicios la alianza se verá fortalecida.

Pero eso fue antes de los resultados. Ahora el mapa está trazado, la veracidad de lo expresado se verá a lo largo del tiempo que resta para las generales y los pocos indicios dados a la fecha, pueden tanto arrojar algo de luz a ese devenir, como bien terminar de ensombrecerlo.

Tomemos por caso la puja por la intendencia rosarina, ciudad donde la cohesión del Frente Progresista –descontada durante los comicios– puede volver a tartamudear tanto o más que durante la abrasiva campaña para las internas y reverberar hacia esferas superiores.

Para tener una idea de cuánto pesa la gran urbe del sur santafesino en las cocinas de campaña, baste y sobre con señalar que ella concentra el mayor número de votantes, es referente de la capital provincial y no a la inversa, y cuna del actual gobernador.

Como no hay ciencia más cierta que la cantidad de garbanzos que cosechó cada sector a la hora de definir estratagemas, proponer pautas o establecer prioridades, se puede decir que el destino de la alianza en cuanto a su unidad, se comenzó a escribir a partir del resultado del escrutinio resuelto tardíamente en la mañana de este lunes.

De las especulaciones previas, los sondeos, premoniciones o corazonadas, se pasó pues a los datos fácticos. Esas son las cartas que valen a la hora de negociar sitiales dentro de cualquier organismo político más allá de las ya determinadas candidaturas y resultan, por lo general, ser también el origen tradicional de los celos, recelos y refunfuños.

Haciendo foco a escala municipal, por más contundente que haya sido el triunfo de la candidata promovida por Lifschitz, Mónica Fein, no lo ha sido tanto como para borrarle a su oponente dentro del Frente Progresista, Jorge Boasso, las ínfulas que todo miembro de la alianza conserva en su fuero interno, y que no son otras que las de la autodeterminación.

Tarde o temprano esto aflora y se torna indisimulable. Baste si no recordar las fuertes expresiones que Boasso le dedicó al socialismo horas previas a los comicios, o las suspicacias del socialismo que las provocaron, para entender que los márgenes de tolerancia no son amplios en esa fuerza ni nunca lo fueron.

Detrás de las cifras se perfila una arista filosa, asentada por los números que, si bien legitimaron indiscutiblemente la candidatura de Fein, no hicieron sucumbir las ambiciones de Boasso si acaso ese deseo residía en los corazones socialistas.

Esto se explica de la siguiente forma: Las alianzas se arman para ganar lo que fuera de ellas no se consigue; el socialismo ganó y vuelve a jugar en las generales, al radicalismo le toca enfrentar otra vez la tarea mucho menos feliz de acompañar, de apoyar, y todo el mundo sabe que los egos políticos no son muy distintos de los artísticos, que correr sin la pelota es desgastante y que a la larga esto termina por abrumar.

Hoy por hoy, dados los números, ya es difícil ganarle al peronismo en una ciudad que viene mostrando cierto grado de aburrimiento tras casi dos décadas de un mismo color político hondeando sobre sus cabezas, y utópico sin el apoyo total del radicalismo.

Boasso lo sabe, e intentará buscar compensación a su derrota en vaya uno a saber qué condiciones a exigirle al socialismo. Este último tiene esa misma noción, y si no se la olvida en el camino, movido quizá más por necesidad que por el entusiasmo, tendrá que ceder, aunque hasta cierto punto.

El electorado habló y fue mucho lo que dijo. En 2009 ya había dado aviso y el justicialismo en conjunto superó al conglomerado de socialistas y radicales. Esta vez, aunque a nivel local el FP superó al peronismo, la ventaja de este último prevaleció a nivel provincial y lo que en verdad se acrecentó, es la dependencia de la unión PS-UCR para lograr resultados a toda escala.

Ahora la pelota volvió a los pies de los políticos. Si bien una buena parte de la situación ya está resuelta en las convicciones individuales de cada uno de los más de 700 mil votantes de Rosario, en otra proporción se verá afectada directamente por la actitud que tomen los miembros de cada frente.

Los dueños de la premisa mencionada al inicio de este artículo ya demostraron en la pasada campaña un buen grado de condescendencia y tolerancia mutua que tornan creíble aquella consigna. En quienes la intentan emular, dado el triste papel que actuaron en la carrera interna, prolifera en cambio la incógnita de si lograrán o no cumplirla. Se sabe que la convivencia no siempre es armoniosa. Si no lo fue para las precandidaturas, por qué lo habrá de ser ahora que está en juego el poder real.

Bajo un mismo techo, los espacios se achican y los pareceres pueden volverse irreconciliables. Puede también que se arribe a arreglos que eviten el temido desbande puertas adentro del Frente Progresista con la consabida dispersión de votantes. Si bien el electorado rosarino mostró sobradamente su grado de conservadurismo desde el temprano arribo socialista al Palacio de los Leones, la dependencia de su hegemonía al aliado radical puede resultar un arma de doble filo.

¿Acaso no hay ya quien recuerde que el PS llegó a la intendencia tras el rotundo fracaso de la administración radical, y que su precursor fue nada más ni nada menos que el actual candidato por el peronismo, vencedor por paliza en la interna de su propio frente, Héctor Cavallero?

Foto: Javier García Alfaro

 

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