Daniela Milheim afirmó que fue obligada a ejercer la prostitución.
Daniela Milheim afirmó que fue obligada a ejercer la prostitución.

El testimonio de Daniela Milheim alumbró zonas oscuras del caso Marita Verón. Terminada su declaración, le siguió el turno a Susana Trimarco, la mamá de Marita, quien continuará su exposición el jueves luego de un cuarto intermedio.

Durante la cuarta jornada del juicio, Trimarco declaró por más de tres horas y contó cómo fue la vida de Marita hasta su desaparición. Su alegato despertó enorme interés ya que en los diez años de la tenaz búsqueda de su hija se enfrentó a muchos de los imputados que ahora están en el banquillo de los acusados.

Pero previamente, Daniela Milhein, una de las 13 personas imputadas en la causa, tuvo que extender su relato, que comenzara el martes, por pedido de los abogados defensores de otros involucrados.

Las palabras de Milheim fueron claras: “Yo fui obligada por Rubén Eduardo Ale a ejercer la prostitución. Seis años fui forzada a trabajar para él sin recibir ni un centavo porque él se quedaba con toda la plata”. Así, el ex dirigente del Club San Martín sumó a su prontuario el rol de proxeneta, sospecha que sobrevolara el caso Verón desde el principio.

Además, explicó que ella misma estuvo cautiva en los mismos prostíbulos donde se vio a Marita Verón y si salió fue porque pudo convencer a sus captores de que tenía una hija con Rubén Ale.

Eran más de las seis de la tarde cuando Milheim empezó a hablar. Antes, pidió que su hija mayor, la hija de Ale, se retirara de la sala. “Yo no era su pareja, era la mujer a la que él hacía trabajar. Tenía 16 años cuando lo conocí porque hacía tarea de limpieza en una agencia de autos y me llevó a un prostíbulo que se llamaba Delby. Ahí había otros proxenetas. Su señora era María Jesús Rivero –otra de las imputadas, ex propietaria de la remisería Cinco Estrellas–. Me hizo trabajar hasta que me detuvo el Malevo Ferreyra y me picaneó durante más de seis horas; por eso Ale quiso que dejara de trabajar y ahí fue que me quedé embarazada de Ale.”

Esto delataría ya las conexiones entre el grupo de La Rioja, dueños de burdeles; y el de Tucumán, conformado por acusados en distintos grados de haber secuestrado y vendido a Verón. Ello, asimismo, la llevó a hablar de otro hombre poderoso: Alberto Sosa, secretario general del petróleo y gas privado a nivel local.

Él, según la mujer, la mantuvo, le compró un terreno que después la obligó a vender, le pagó los alquileres de las casas en las que vivió desde 1997 hasta 2003; hasta que le soltó la mano cuando fue detenida en la misma causa que ahora se está juzgando.

Por su parte, el jefe de la brigada tucumana, quien se suicidara en 2008, también habría mantenido relaciones “cordiales” con la banda de los Ale.

Continuando con el relato, Milheim explicó cómo llegó a conocer lo que es una “plaza”, al mandarla Ale a una de ellas en El Altillo, Catamarca. Estando, luego en La Rioja, volvería a encontrarse con esta figura. Una “plaza” es una cama caliente para que pongan el cuerpo las mujeres que “tienen marido”, es decir, quienes ejercen la prostitución para un hombre que se lleva lo producido. Explicó, a renglón seguido, la necesudad de abandonar tales “plazas” con frecuencia porque es la repetición la que deja de tentar a los clientes y entonces las ganancias comienzan a menguar.

“Fui a La Rioja por mi propia voluntad, porque después de haber trabajado para otro quería hacer dinero para mí y para mis hijos.”, explicó la imputada. A pesar de haber declarado que fue voluntariamente a La Rioja, en cada paso que describió la traicionaron las palabras: “Primero me llevaron al Candy, pero ahí estuve sólo un día. Después me llevaron al Candilejas y ahí conocí a Hilda Lidia Medina, pero no por ese nombre, la conocía como Mamá Lili; y también conocí a Azucena Márquez, se hacía llamar Doña Claudia”.

Tanto Medina como Márquez están acusadas en la causa Verón, la primera como dueña del prostíbulo y la segunda como regente. “Estas mujeres no me querían dejar ir cuando yo me quise volver a Tucumán porque extrañaba a mis hijos. Cuando insistí, me encerraron en una habitación con tres personas. Tuve que decir que tenía una hija con Ale para que me dejaran volverme.”

A pesar de que usó el nombre del dirigente de fútbol como salvoconducto, después insistió con que ni Mamá Lili ni Doña Claudia conocían a Ale. Por insistencia de las preguntas que siguieron a su declaración, terminó implicando a otra de las acusadas, Mariana Bustos, pareja de Chenga Gómez, hijo de Hilda Medina. “Ella es tucumana y sabía bien quién era Ale”, aseveró.

Las tres mujeres se habían presentado la semana pasada como amas de casa sin ingresos, sostenidas por sus parejas o sus hijos, sin propiedades ni trabajo fuera del hogar. Sin embargo, pronto la mentira que hubieran construido, empezó a derrumbarse. Medina, levantándose de su lugar de acusada, exclamó a viva voz: “¡Estás mintiendo, vos te enganchaste con el encargado, por eso tuviste problemas conmigo!”.

Ante el temor de que la ira siguiera delatando a su cliente, el defensor, Alberto Posse, se apuró en hacerla callar. Pero Milheim retrucó: “Quiero decir que el jueves pasado, la señora Medina me amenazó en el baño de este tribunal apretándole la panza a mi hija que está embarazada. Me exigió que le diga a Julieta que cambie su declaración”.

Julieta es el nombre de fantasía de María Alejandra Huertas, una mujer que en la etapa de instrucción complica a Milheim como reclutadora de mujeres para las redes de trata. Milheim habló de ella, dijo que compartieron un tiempo en La Rioja, que siguieron en contacto después y que la recibió en su casa cuando, en 2002, Huertas logró escapar de La Rioja después de que Chenga (Fernando José) Gómez le rompiera la mandíbula de un golpe. Según Milheim, Huertas se fue, por su propia voluntad, “a trabajar en prostitución en Río Gallegos”.

Nuevamente, Medina irrumpió en gritos: “¡Callate, vos, que en el baño me pediste 10 mil pesos para seguir mintiendo!” Tal autoimputación, no obstante, no constó en actas.

Fue después de su vuelta de La Rioja que Milheim tomó contacto con Alberto Sosa, dirigente petrolero con muy buena llegada a la gestión del ex gobernador Julio Miranda, quien también fuera dirigente de ese gremio a nivel nacional. “Yo tenía mi marido, el padre de mis otros hijos, Alejandro González –también imputado en la causa–, pero vivía con Sosa porque él me mantenía y me ayudó a terminar la secundaria. Yo quise que llamaran a declarar a Sosa para que se justifiquen mis ingresos pero mi abogado de entonces, Roberto Flores, se negó, por eso yo digo que no tuve derecho a defenderme”. Flores es ahora defensor de buena parte del grupo de los riojanos.

El resto de la declaración de Milheim estuvo dedicada a desacreditar a Fátima Mansilla, una joven que tenía 16 en 2002, cuando –según consta en la instrucción– vio a Marita Verón cautiva y dopada en casa de Milheim. “Yo la recibí en mi casa porque decía que su tío la había violado y que su mamá le pegaba. Estuvo trabajando en mi casa cuidando a mi mamá, que la quería mucho, pero me traía muchos problemas”, alegó la imputada.

En casa de Milheim también habría trabajado María Laura Cejas, haciendo tareas domésticas. Cejas, sin embargo, terminó en Río Gallegos, ubicada en una “plaza” por invitación de Alejandra Huertas. Igual que Noemí Garzón, quien también pasó por su casa.

Fátima Mansilla no llegó a Río Gallegos; según dijo la joven en la instrucción, antes de enviarla a ese destino el propio Ale le pidió que se desvistiera para evaluar cuál era la “plaza” más conveniente para ella. Milheim no se hace cargo de esto, insiste en que todas eran empleadas domésticas que Alberto Sosa pagaba porque ella tenía problemas de salud debidos a los sucesivos embarazos y cesáreas que tuvo (más la muerte de dos bebés); todos producto de su relación con González, su marido. Y no con Sosa.

Ya eran cerca de las diez de la noche cuando se decidió pasar a cuarto intermedio. La defensa de Milheim pidió custodia para ella y se la otorgaron. La querella, en cambio, pidió custodia para Medina. Pero no para proteger su integridad física, sino para evitar que pueda afectar de alguna manera la labor de la Justicia. Este pedido no fue aceptado.

Fuentes: Télam y Página 12

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