
Rosario Central se impuso ante Newell’s 2 a 1 en la vuelta del clásico rosarino y desde los cuatro costados se desató la fiesta, que luego se extendió por toda la ciudad.
Cuánto festejó el pueblo Canaya este triunfo. Desde los que llenaron el Gigante, hasta los que estuvieron haciendo fuerzas desde sus casas. Central le puso el color a esta fiesta que llevaba tres años sin jugarse.
Y sólo conociendo la historia reciente del auriazul se puede explicar ese desahogo final. No hay otra manera. Porque la gran mayoría de los que asistieron a la cancha y gritaron hasta el hartazgo los goles de Donatti y Encina, ellos mismos han sufrido, primero el descenso y luego tres temporadas en la segunda categoría.
Y como no gritar, llorar, hundirse en un abrazo fraternal con el de al lado después de todo lo que han padecido estos últimos años.
Además, vencieron a un Newell’s que en los papeles era candidato, porque llegaba de cinco triunfos al hilo y en la cima del torneo. Pero los clásicos no entienden de favoritismo y no es una simple frase hecha cuando se afirma que son partidos aparte.
Arroyito vivió una fiesta que continuó en las calles de Rosario y que seguirá en la semana, en la escuela, en el trabajo, en el barrio.
El pitido final del árbitro Vigliano dio rienda suelta a la locura auriazul, los abrazos se multiplicaron, aparecieron algunas lágrimas. Hubo gran sensación de alivio, de desahogo, de satisfacción, porque después de mucho tiempo, la alegría fue Gigante.
