Cuando doblaron la esquina, el año 1993 cumplía su primer hora de vida. La ciudad era un concierto pirotécnico de los que aterran animales. Bajo esa nube sonora Joaquín vio el cartel de la peletería, a mitad de cuadra, perpendicular a la vereda, con tipografía cincuentosa. Le pareció que el cartel lo miraba.
“¿Lo hacemos, eh?” escuchó decir a Germán que caminaba a su lado, con las manos en los bolsillos. La adrenalina que estaban generando podía cubrir las necesidades de veinte humanos.
“Lo hacemos”, respondió Joaquín.
Se pararon frente a la peletería. Dos punks frente a una peletería. Era una U: vidrieras laterales y el ingreso varios metros más atrás. Cada uno sacó una bomba de estruendo del bolsillo y un encendedor. Les dieron fuego en simultáneo, las tiraron contra la puerta y corrieron unos metros. Las dos explosiones se sumaron al caos ambiente; pero mientras las demás festejaban el año nuevo estas saludaban la primer acción animalista en la historia de la ciudad.
Signadas por un sentido de impugnación a las condiciones de vida dominantes, ese gusto por la acción directa (no necesariamente violenta) marcó al movimiento y fue vehículo para la inoculación de algunas novedades ideológicas y prácticas en el cuerpo rosarino. Combinando un poco de política revolucionaria moderna (sobre todo, anarquista), otro poco de vanguardias artísticas y otro tanto de contracultura, la idea consistía en que transformar el mundo exigía interrogar e intervenir en varios planos de la existencia, exigía un arte de vivir.
“Encontrar entre pares visiones y filosofías políticas que tocaba de oído por mis viejos me hizo revalorizarlas, preguntarme, indagar”, dice Pablo. Ese encuentro entre tradiciones y novedades cristalizó en el magma del Do It yourself (Házlo tu mismo), una combinación de acción directa, autonomía y capacidad de gestión que funcionaba como clave de lectura y fundamento práctico. Desde allí se podía disparar a los medios de comunicación, la represión policial, la explotación comercial de la música. Se podía, también, leer a los noventas argentinos: su recorte absoluto de oportunidades, la esterilización creativa o su captura espectacular, la concentración propietaria, la impunidad que beneficiaba a los protagonistas de la dictadura militar.
Pero no todo era disposición al enfrentamiento. El hardcore punk fue también una fiesta (sin olvidar nuestro capítulo anterior, donde vimos escenas de una violencia extrema que sólo a la distancia pueden causar risa). Gustavo Quintana (aka Morlaco, Payaso Tristes) invoca una Santísima Trinidad: “cien por ciento libertarios, borrachos y mucha diversión”. Una fiesta abierta y, a la vez, íntima porque, cuenta Zalo, “como nunca éramos mas de cincuenta, con la familiarización de caras y los amigos en común se iban formando nuevas amistades y charlas”. Tiene razón: recuerdo una noche que se suspendió un recital en ACJ y nos fuimos con él y los Aldegüello, a quienes apenas conocía, en bondi a las Delicias a sentarnos en una esquina y conversar sobre anarquismo , música y ve tú a recordar qué más.
No mucha gente, cierto, pero con una sed de universalismo que nos volvió superficie de contactos tangenciales a las corrientes mayoritarias.
Cayendo muchas veces en un mantra denuncialista agotador, que como en otros géneros de protesta hacia que, en palabras de Zulo, “las canciones fueran panfletos repetitivos sobre las mismas cuestiones, sin más sentido que reafirmar cosas que ya sabíamos”, siempre hubo espacio para la innovación.
Ideas que en un primer momento sonaban extrañas revelaban luego su incumbencia. Por ejemplo, las del punk ibérico que, como dice Pablo (Deskontento Juvenil, Kambio Violento zine) “tenían la ventaja de ser en español” y nos hablaban de las bases anarquistas de la revolución española, del capitalismo financiero y de los límites de la representación política, tan sensible para la coyuntura argentina. O el llamado a la desobediencia militar (condensada en el tema “Mili mierda”, de los vascos Soziedad Alkohólika): en 1994, cuando todavía no habían matado a Carrasco en Zapala, nació en Rosario un grupo que se oponía al servicio militar. Lo llamaron Grupo por la objeción de conciencia y alternativa no-violenta y tenía varios punks. Entre ellos, Javi (Ideales No Perdidos), que recuerda que “las mañanas de sábado repartíamos folletos en la peatonal Córdoba”. Pocos años más tarde, con la leva derogada, el zine Insulto al buen gusto publicaba “10 razones para no hacer el servicio militar voludario”. En esa serie del asunto autoritario entraba también un difundido antifascismo que poblaba letras y artes de tapa y cuyo ícono más famoso (el tipito tirando la basura en un tacho, sólo que aquí la basura era una svástika) encarnó en miles de objetos.
De Europa llegó también el movimiento Okupa (presente en Italia, España y Alemania) que terminó siendo el alimento de experiencias locales decisiva como la del Galpón Okupa (Wheelwright entre España e Italia), la Casa de Mendoza (Mendoza entre Buenos Aires y Rosas) y el Caldero (9 de julio entre Buenos Aires y Rosas).
Otras sorprenden por su carácter pionero. Cuando recién comenzaba la tendencia masiva a fumar marihuana en este país, muchos zines y letras ya insistían en la necesidad de legalizarla. Era costumbre firmar las cartas y algunas gacetillas dibujando una pequeña hoja con el slogan “Legalize it!” debajo. Pero la cosa no moría en lo testimonial, el intercambio postal internacional hizo llegar los primeros saberes sobre una de las estrellas actuales de la lucha antiprohibicionista: el autocultivo. También se propagaron el veganismo y el vegetarianismo (ligados a los animalistas) haciendo que muchos punks y hardcores dejaran de comer carne y derivados. Mientras Zalo llegó a bautizar un zine con el simpatiquísimo nombre LxExCxHxUxGxAx (Libertarios En Camino Hacia la Unidad Generando Amistad) y Zulo se enganchaba con la movida de Fun People (una banda -vegana, pacifista, skate-friendly- cuyo primer disco, Anesthesia, es fundamental en la historia del hardcore argentino) y, por eso, “veía las cosas de otra manera, era más sano, muy metido en el anarquismo”, cierto hardcore iría más lejos cuando, bajo el nombre Straight Edge, fundó una línea ascética de superación de los problemas puestos por los excesos dejando de tomar alcohol, de fumar y de usar drogas y manteniéndose alejado del sexo promiscuo.
La existencia de estas ideas e ideologías, provocaba también diferencias y tensiones intragrupales: una, de base, distinguía a los politizados de los que no (donde caían el punk naif y los descabezados). Había otras: entre la tendencia pacifista y el impulso destructor; entre ascéticos y no ascéticos. Y no fueron pocas las prácticas autoritarias y la imposición de la fuerza que no tenían nada de libertarias.
No obstante, nadie escapaba de la cuestión ideológica. En ese sentido, fue un “movimiento de ideas” cuya potencia configurante mantuvo la máquina punk andando y, para muchos, fue la ocasión de un aprendizaje militante.
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