La historia tiene una dimensión propia y personal producto de las condiciones que la vida pone en el camino y las decisiones que se tomen –o no– al respecto. Pero más allá de lo individual, hay mandatos y preceptos que suelen atravesar culturalmente a toda la sociedad. El amor entre padres e hijos, que no se discute siquiera en las peores relaciones. En el fondo los quiero, me quieren, pero ¿desde cuándo? ¿Por qué?
¿Los quiero? ¿Por qué no me parezco a nadie en esta casa? Y si yo no soy yo, ¿cómo se los digo? ¿Y cómo les podría anunciar algo que ellos ya saben? ¿Tiene que dolerme que me hayan mentido? ¿Dejaré de quererlos? ¿Debería perdonarlos? ¿Y si yo no soy yo, quién seré? ¿La verdad será mejor? ¿La verdad me hará más feliz? ¿Por qué? ¿Y los voy a odiar a ellos? ¿Debería cambiar mi nombre? ¿Querré venir a visitarlos? ¿Y los voy a amar a ellos?
Por alguna razón más allá de su relatividad y su condición de construcción colectiva, la verdad en su dimensión más íntima suele ser la mejor respuesta ante cualquier dilema. Puede doler –las mejores verdades suelen venir con ese aditivo– pero siempre termina resultando el gran alivio. Sin embargo, hay preguntas para las cuales la verdad se queda corta.
Ahora que lo encontré, ¿lo querré? ¿Será como esperaba? ¿Llorará conmigo? ¿Y si no me quiere? ¿Por qué debería quererme? ¿Aprenderé a quererlo como lo quise mientras lo buscaba? ¿Será lo mismo? ¿Y si no me aguanta? ¿Y si extraño su ausencia? ¿Cómo podría pasarme eso? ¿Y si no es como yo creía? ¿Le gustará mi comida? ¿Me dirá la verdad?
Las preguntas para las cuales la verdad no es suficiente se responden a través del amor, un sistema de comunicación superior que no necesita de verdades ni de explicaciones. Su orden es el de la experiencia y la percepción, no tanto el de la razón. El amor se siente. Incluso lo pueden sentir aquellos que no lo profesan.
El amor también es una construcción colectiva, aun cuando se vea impulsado por estímulos individuales. Nunca faltan quienes pretenden encorsetarlo, pero el amor suele imponerse incluso por sobre sus propias reglas. Es inobjetable, aun cuando muchos lo puedan invocar falazmente. Cuando se busca alguna respuesta en el amor no hay tu tía, va más allá de la verdad, a la larga no se lo puede mentir. Es o no.
Por fin lo encontró. Era poco menos que imposible, podrían haber pasado tantas cosas. Podrían haberlo matado al nacer. Podría no haber existido. Podría haber pasado su vida buscando a un fantasma, cuántas veces habrá pensado que iba a morir sin conocerlo. Sin embargo, a pesar de todo eso nunca dejó de buscarlo. Y lo encontró. Por fin. Qué bueno es que entre tanta mierda cotidiana también pasen cosas como esa que hacen del mundo un lugar mejor.
Como una síntesis soñada del destino que pretende forjar una gran parte de la sociedad argentina Estela de Carlotto encontró a su nieto Guido. Y así coronó una victoria de la vida sobre la muerte. Un triunfo del amor que habla por sí solo, una historia que ni Hollywood podría arruinar.
Al menos por un momento mágico, millones de argentinos se habrán sentido parte de una misma familia, la que construyó esta abuela durante más de tres décadas en busca de una respuesta a lo peor que le puede pasar a una madre. Y aunque se sabe que no todos los argentinos comparten ese sentimiento –hasta los fondos buitre tienen su clientela– el hallazgo de otro nieto más recuperado de las garras aún afiladas de una dictadura mucho más globalizada de lo que se entendía en su momento renovó un sentido de la hermandad que tantas veces se proclama en vano. Se puede pensar distinto, pero sentir lo mismo puede ser una instancia superadora de la discordia. Pasa en las mejores familias.
Durante los 35 años que Estela de Carlotto pasó buscando a su nieto no sólo contribuyó –junto con otras abuelas como ella– a encontrar a otros 113 bebés robados durante la dictadura, sino también marcó una senda de dignidad para la democracia argentina. Sin grandes proclamas ni consignas dogmáticas, propuso como normas la paz sobre la violencia, la justicia sobre la venganza y un relato discursivo basado en la dignidad, el respeto y el amor como condiciones para un futuro mejor capaz de torcerle el brazo al pasado más horroroso.
Durante esos mismos 35 años, Julio Grondona se dedicó a otro tipo de construcción. Un castillo de poder oscuro y personalista, a contramano de la democracia que la sociedad en la que él vivía intentaba construir. Forjó un trono intransferible a la medida de las corporaciones que hacen del juego más popular del mundo un negocio multimillonario cada vez más alejado de la genuina pasión que lo sigue sustentando.
A su modo, también formó una familia montada sobre una rosca palaciega de lealtades compradas y favores usurarios urdida con astucia y basada en la hipocresía como eje de ese relato discursivo que hace de una asociación civil sin fines de lucro como la Fifa una de las multinacionales más poderosas del mundo.
Algunos lo recordarán como un gran dirigente que hizo mucho por el fútbol argentino. Otros como un mafioso al que se le atribuirán excesos que tal vez no haya cometido jamás. Así, la historia de Grondona quedará a expensas de una verdad que tal vez nunca ofrezca respuestas suficientes y con el tiempo se irá olvidando.
La historia que vivimos está hecha de julios y estelas, de sus respectivas suertes y decisiones. Una construcción gigante que aglutina a otras, a veces contradictorias o antagónicas, todas insoslayables. Algunas se basan en el individualismo, otras son compartidas. Están las que se cimentan en el odio y las que se forjan con amor.
Hay construcciones que se pueden leer, interpretar, juzgar o analizar; que perduran, enteras o como ruinas, o que se desintegran con el tiempo. Y hay otras construcciones, tal vez más firmes, que generan sensaciones imposibles de describir o explicar. No se ven, pero se sienten.
Artículo publicado en la edición 155 del semanario El Eslabón.

