
A las empresas de comunicación hegemónicas ya no les preocupa traspasar las tradicionales fronteras éticas que implican no mentir al pretender decir la verdad.
En boca de un monopolio, lo trucho confunde mucho. Esta vuelta de tuerca al viejo refrán «en boca de un mentiroso, lo cierto se hace dudoso» viene a cuento del peligro concreto que representa la manipulación informativa que los grupos mediáticos concentrados o hegemónicos acostumbran llevar adelante en defensa de sus propios intereses y para mantener privilegios que terminan resultando demasiado onerosos para la mayor parte de la sociedad.
Si estas cuestiones forman parte del debate público desde hace un tiempo se debe a que la discusión previa a la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual sirvió, entre otras cosas, para que se desmontara la arquitectura de un mito insostenible en plena democracia: los medios no podían ser interpelados ni contradichos, en especial por parte del poder político.
La extensión de esa regla a lo que erróneamente se define como «el periodismo», en realidad escondía una premisa perversa: que medios y periodistas, como una sola e indivisible categoría, son portadores de un valor simbólico intransferible al resto de la comunidad –la Libertad de Expresión–, ejercido siempre en busca de «La Verdad». Discutir eso a Clarín, por citar el ejemplo más brutal, equivalía a retar al propio Papa a un duelo teológico en el que se pusiera en debate los alcances de la Santísima Trinidad.
Lo demencial de esa lógica es que implicaba que ni los propios oyentes de una emisora de cualquier grupo oligopólico pudieran interpelar al conductor de un programa sin que fuesen condenados al purgatorio radiofónico. Ni qué hablar de invitados a un set televisivo que quisieran poner en duda alguna «verdad» o tuviesen la osadía de discutir el formato del programa por considerarlo abusivo en términos de libertad para opinar o preguntar. «Las preguntas las hacemos nosotros», «Ud. lo que quiere es producir el programa y eso lo hacemos nosotros», eran –son– trompadas retóricas muy escuchadas.
Los últimos años depararon cambios significativos en una apreciable porción de la sociedad, que probó con éxito que muchas de las «leyes» impuestas por los monopolios informativos tenían menos que ver con la defensa de la verdad y la libertad de expresión que con poner freno a cualquier intento de democratización del acceso a la información.
¿Se vuelve o no se vuelve?
Si de cualquier lugar se vuelve, excepto del ridículo, según reza el dicho, un clásico parafraseo del mismo muy extendido en el mundillo mediático daba por sentado que de cualquier lugar se vuelve, excepto de la mentira («descubierta», completaban algunos periodistas, los más inescrupulosos).
Por supuesto nadie se refería a las mentiras piadosas y hasta naif de Nicolás Pipo Mancera liberándose bajo el agua de cadenas y cadenas, abriendo un cofre cerrado por fuera y emergiendo victorioso del Río de la Plata, o los experimentos de Tu Sam, quien por las dudas siempre aclaraba que «puede fallar».
De lo que no se volvía era de publicar una noticia basada en la mentira pura y dura. Relatar hechos que nunca acaecieron. Poner al aire una denuncia que en forma ulterior se comprueba falsa y no rectificarse. Forzar un dicho o un suceso tergiversándolos por completo.
Por eso, en los últimos años comenzaron a surgir interrogantes en torno de lo publicado o puesto en escena desde los medios hegemónicos.
Por ejemplo, ¿qué es lo que motiva que un periodista con larga trayectoria, más allá de cómo sea ponderada esa carrera, afirme en un programa de televisión que un alto funcionario del gobierno nacional, nada menos que el vicepresidente, salió del país en fecha y horario bien determinados, portando dos bolsos en los que se presume había una fuerte suma de dinero, con destino Uruguay y con la casi certeza de que el fin de ese viaje relámpago –volvió apenas unas horas más tarde– era lavar ese efectivo, y que al día siguiente de salir al aire la denuncia se compruebe que en el día y hora indicados el acusado se encontraba en el Senado nacional recibiendo al ex presidente del Brasil José Inacio Lula Da Silva?
La denuncia pudo ser un error garrafal cometido por una producción poco seria, pero al no producirse un pedido de disculpas al público televidente, ingresó en la categoría de mentira, mutó a fraude. El periodista es Jorge Lanata, el acusado es Amado Boudou, y el envío televisivo se llama Periodismo Para Todos (PPT).
El canal emisor es el 13, una de las señales que engrosan el extenso mapa de medios del Grupo Clarín.
La peligrosa combinación entre una pasmosa ausencia de rigor editorial y la avidez por difundir información que melle la imagen del proceso que lidera el kirchnerismo llevaron hace pocos años a publicar un reportaje a la ex vicegobernadora María Eugenia Bielsa que jamás tuvo lugar en éste o en cualquier planeta del sistema solar.
Si un periodista de renombre y con cierta audiencia convoca a una marcha para esclarecer las razones de la muerte de un fiscal, de quien hace un panegírico merecedor de mejores personalidades, está en todo su derecho y debe otorgarse el beneficio de la duda respecto de la legitimidad de su postura. Pero si el mismo conductor, el médico Nelson Castro, omite en sucesivas oportunidades informar que el funcionario judicial fallecido tenía cuentas no declaradas en el exterior, conducía un auto de alta gama propiedad de un empresario relacionado con la CIA y se quedaba con la mayor parte de lo que percibía su asesor informático, incurre en una estafa desinformativa, que si bien no se encuentra tipificada en los códigos civil o penal, forma parte del contrato ético que debería establecerse entre los medios y la sociedad.
Medios y periodistas
Está claro que los medios y los periodistas no son una misma cosa ni responden a los mismos intereses. ¿Está claro? Hay casos que relativizan ese aserto, y hay un profundo debate interno que los trabajadores de prensa vienen dando para diferenciar a quienes no pueden, por la desigual relación de fuerzas con los medios donde se desempeñan, hacer otra cosa que aceptar determinada línea editorial de aquellos que se calzan el equipo completo con los colores de la empresa mediática y se ponen en el lugar de combatientes incondicionales que defienden los intereses de esas corporaciones, aún si para ello hubiese que mentir u operar contra toda ética y estética periodística.
Luego del criminal golpe que derrocó a Juan Perón en 1955, el período que se conoce como la «Resistencia Peronista», el periodismo ocupó un rol menor, el terror hizo lo suyo, pero en esa etapa surgieron plumas como la de Rodolfo Walsh.
Aquella resistencia fue, en su origen, contra una dictadura que se atrevió a bombardear una ciudad atiborrada de civiles, con el criminal saldo de centenares de muertos, muchos de ellos niños y mujeres. Una dictadura que fusiló sin piedad a militares leales a Juan Perón, a militantes y obreros, en la más cobarde oscuridad.
Se publicaba lo que se podía, se militaba en secreto, se investigaba contra el viento y la marea provocados por quienes defendían su impunidad a pleno sablazo y por medio de torturas y persecuciones.
Hoy, en plena democracia, con total libertad para expresar desde ideas hasta insultos y degradaciones, muchos periodistas ejercen su noble oficio a contrapelo de los intereses de las empresas de medios, sobre todo de los oligopolios que quieren destituir a un gobierno nacido de la voluntad popular.
No todos piensan igual, ni todos los periodistas en la nueva resistencia apoyan el proceso político iniciado por Néstor Kirchner en 2003 y que hoy continúa la presidenta Cristina Fernández.
Pero el común denominador de esa lucha es la precarización laboral, los «aprietes» de la patronal para disciplinar a los trabajadores de prensa a partir de líneas editoriales que en realidad son programas de gobierno encubiertos, de neto corte reaccionario y neoliberal.
Bajos sueldos, vergonzosas operaciones de prensa que pretenden involucrarlos con firma y foto, impedimentos a la hora de organizarse o encuadrarse gremialmente. Contra todo eso, miles y miles de periodistas resisten cada día.
Simulacros
Un excelente artículo publicado en Página 12 y firmado por el periodista Juan José Panno brinda un testimonio en torno de la mentira, las verdades a medias y la falsa escuadra con que construye la noticia cotidiana el diario Clarín.
El escriba relevó las 31 ediciones de ese periódico publicadas en julio último. Algunos resultados:
«En la sección «Semáforo» que el diario utiliza como editorial fast food, 28 de las 31 menciones en rojo fueron para kirchneristas, allegados al kirchnerismo o personas sospechadas de serlo», contabilizó Panno.
En 18 de los 31 títulos de tapa de Clarín se pueden verificar «ataques directos al Gobierno (con temas reiterados como la Justicia, el juez Bonadio, Aerolíneas Argentinas, la marcha de la economía o el informe sobre el hambre)», según surge del informe.
El simulacro de realidad se completa cabalmente con un dato que echa luz a la relación entre medios hegemónicos y oposición: «Como contrapartida, el trabajo muestra la protección que se ejerce sobre Mauricio Macri, quien encabeza el cuadro de políticos fotografiados, con un promedio de dos por día», cuenta Panno.
¿Se vuelve o no se vuelve de la «Operación mandá fruta»?
Fuente: El Eslabón
