El debate sobre la utilización de agroquímicos en el modelo de producción agrícola hegemónico y su impacto en la salud humana engloba enfoques contrapuestos. En rigor, es necesario complejizar la discusión para no caer en posiciones cerradas e intentar así buscar soluciones concretas a los problemas, de manera de armonizar la convivencia entre el cuidado del medio ambiente y la ruralidad, en un país con una intensa actividad agroindustrial como la Argentina. La protección de la naturaleza, el derecho a una vida sana y a una alimentación saludable deberían estar por encima de todo al momento de polemizar sobre la cuestión.
El Eslabón entrevistó a Luis Carrancio, ingeniero agrónomo del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta), que aborda el conflicto urbano-rural alrededor del tema. El técnico que trabaja en la estación experimental que el Inta tiene en la localidad de Oliveros dio una mirada institucional y aseguró que ir hacia “un sistema agroecológico es posible, aunque va a llevar mucho tiempo su implementación de forma masiva”, y que “el gran problema es el mientras tanto”.
Vecinos de pueblos donde la principal actividad económica está relacionada a la agricultura (cultivo de soja, en buena parte), vecinos de casas de campo, docentes y alumnos de escuelas rurales, habitantes de nuevos barrios que crecieron en zonas rurales, especialistas de la salud y ONG ambientalistas vienen señalando desde hace tiempo la peligrosidad de las fumigaciones con plaguicidas, los envases, depósitos y transporte de agroquímicos, el acopio y la carga/descarga de granos en cerealeras cercanas a zonas urbanas.
En este sentido, según la visión de Carrancio, se dan percepciones enfrentadas entre vecinos afectados y productores (esto se repite en otras actividades como la minería o la producción petrolera). Los vecinos afectados alertan sobre la contaminación por deriva de agroquímicos, la pérdida de salud por el uso de los mismos, despotrican contra la desidia de productores y aplicadores, señalan la irresponsabilidad por parte de vendedores y técnicos, se escuchan opiniones de tipo “quieren ganar dinero a costa de nuestra salud”, y hay cuestionamientos a todos los agroquímicos por igual, en particular al glifosato. Por lo tanto, la solución propuesta es prohibición o alejamiento de estas prácticas, con críticas sobre todo a las fumigaciones aéreas.
Del otro lado, la postura de los productores es que los agroquímicos no son tan peligrosos; “hace treinta años que aplico y nunca me pasó nada”, “hay vecinos que aplican en la casa con aerosoles (veneno para hormigas, por ejemplo) y nadie se queja”. Hay malestar por sentirse acusados de perjudicar la salud de forma voluntaria, tienen incertidumbre y temor por no poder producir en el futuro y se plantan en la idea de que “no hay otra forma de producir”. Por lo tanto, la solución que proponen es: “Que nos dejen producir”.
—¿Cuál es su reflexión sobre el conflicto urbano-rural en torno al uso de agroquímicos?
—Los conflictos socio-ambientales que se presentan en numerosas poblaciones de la provincia de Santa Fe, tienen uno de sus ejes fundamentales en las aplicaciones de plaguicidas, principalmente en los campos que se encuentran en los bordes de las mismas (áreas periurbanas). También en los linderos de viviendas, escuelas, clubes, producciones animales intensivas y apícolas en ámbitos rurales, cursos de agua y reservas naturales (llamadas áreas críticas). Este tipo de conflictos requieren un abordaje sistémico dado su carácter complejo y plural, de forma tal que logre la integración de los intereses tanto de los vecinos como de los productores. Hoy en día se observa una disputa entre ambientalistas y productivistas que se centra por parte de unos en alejar o prohibir los agroquímicos de las zonas a proteger (ambientalistas) o de realizar buenas prácticas agrícolas (BPA) por parte de los productores.
—¿Cómo se puede abordar esta tensión social-sanitaria-ambiental-económica entre productores y vecinos afectados?
—Tenemos que partir de la idea que lo ideal, a veces, es imposible de alcanzar, y que muchas de las alternativas propuestas no son fáciles de llevar adelante, por lo que es necesario llegar a acuerdos en los cuales se escuche el interés de las partes. Obviamente que la salud de la población (incluidos los productores y trabajadores del sector rural) es preponderante sobre la producción de un lote específico, pero el derecho a trabajar debe ser escuchado. En esto la tecnología y el conocimiento sobre la BPA son importantes, al igual que tener normativas que obliguen a hacer las cosas bien. Hay ejemplos de normativas acordadas por consenso, como por ejemplo en las localidades de Godoy y Arequito entre muchas otras; las mismas son revisadas periódicamente y se van ajustando a las necesidades locales.
—¿Cree necesaria una ley o una ordenanza que regule la cuestión?
—Sí, es muy necesaria. A nivel provincial que de los lineamiento mínimos a respetar y a nivel local que se ajuste a las necesidades de la comunidad en su conjunto.
—En el actual sistema de producción agraria convencional, ¿qué medidas se pueden implementar ya para avanzar en la resolución del conflicto urbano-rural?
—Desde la producción, y hasta que se logre establecer un sistema agroecológico, se hace necesario repensar algunas prácticas que inciden directamente en el problema: 1) Rotaciones que tengan en cuenta un sistema diversificado, agrícola-ganadero y producciones alternativas con bajo requerimiento de agroquímicos. 2) Prácticas de producción que disminuyan la necesidad del uso de plaguicidas (cultivos de cobertura, franjas trampas, prácticas culturales, mecánicas, etcétera). 3) Aplicación de plaguicidas sólo cuando es necesario: implementación del manejo integrado de plagas, utilización de criterios científico-técnicos para la decisión de la necesidad de aplicación de plaguicidas en el control de plagas, el plaguicida como última herramienta para el control. 4) Aplicar sólo los productos menos tóxicos: hoy se puede producir aplicando productos banda verde. 5) Aplicar sin deriva: hay tecnología para disminuirla a un mínimo aceptable. 6) Otras acciones alternativas pueden ser las zonas de amortiguamientos y las cortinas forestales.
—¿Cree posible ir hacia un sistema de producción agroecológico? ¿Para eso hay que diversificar la producción y salir del monocultivo de soja?
—Creo que un sistema agroecológico es posible, aunque va a llevar mucho tiempo su implementación de forma masiva. El gran problema es el mientras tanto. Estos sistemas están muy probados y funcionan en pequeñas superficies y con alta carga de mano de obra especializada. Todavía falta mucha investigación en sistemas extensivos, que en Inta (y otras instituciones) se están comenzando a incentivar. Nuestra opinión es la buena práctica agrícola en principio, y comenzar estrategias de transición hacia la agroecología. El monocultivo de soja (o de otro cultivo) es una práctica inapropiada dentro de cualquier sistema productivo, ya sea convencional, de BPA o agroecológico.
Fuente: El Eslabón

