
Tras los comicios, y más allá de los resultados, ¿qué fue de algunas de las profecías que las usinas de poder lanzaron a diestra y siniestra en los largos años que llevan realizando uno de los más feroces bombardeos informativos a población civil que se conozcan?
En el Antiguo Testamento se diferencia a los Profetas Mayores de los Menores. No porque unos fueran más viejos que otros, sino por el volumen de los libros escritos por unos y otros en su tarea profética. Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, pertenecen al primer grupo. Oseas, Joel, Amós, Jonás, Micah, Nahum, Zacarías, Malaquías, entre otros, fueron parte del segundo.
De todos modos, en esta columna nada de esto sirve a otro objeto que el de explicar por qué todos los que se encargaron de profetizar los tiempos en que se debía dirimir la sucesión de Cristina Kirchner deben ser calificados con un aplazo riguroso. Ni mayores, ni menores, simplemente ineptos para cargar con la responsabilidad de pronosticar escenarios con cierta seriedad y, sobre todo, sin permitir que la propia expresión de deseo se interponga entre la mirada crítico-analítica y el objeto de estudio.
Desde el último trimestre de 2013, analistas políticos, periodistas especializados en economía, expertos en esa materia y, en el Olimpo de esa usina desinformativa, el clan estable de economistas ortodoxos, fogonearon un escenario de default, derivado de la falta de ejecución normal del pago a bonistas, atrapados entre un juez barrial neoyorquino y Los Húsares de Paul Singer.
La presión sobre la moneda nacional, las profecías devaluatorias en torno del 40 al 50 por ciento, y el posterior estallido del plan económico a causa del enorme gasto y los no menos gigantescos déficit de balanza externa y cuasifiscal terminaron con un paso atrás y dos adelante del equipo económico, que minimizó el efecto de aquel golpe económico en marcha, acompañado de una ponderable fuga de capitales y moderadas corridas al dólar ilegal.
El diario La Nación, como si fuese un inocente y distante comentarista, publicó esto, el 31 de enero de 2014: «La moneda local cerró hoy a 8,01 pesos en el mercado mayorista, con lo que registró una devaluación de 18,63% en enero. Fue la mayor pérdida de valor en un mes desde 2002, una depreciación sustentada y administrada por el Gobierno».
Pero el aumento en todos los programas sociales, en el salario mínimo vital y móvil, y las paritarias en plena vigencia, amortiguaron el golpe que los ajustes clásicos le asestan en la nuca a los sectores más vulnerables.
De allí en más, las corporaciones intentaron contagiar su propia percepción cotidiana: al gobierno se lo llevaría puesto una o todas las plagas elaboradas en los laboratorios de los grupos mediáticos hegemónicos: las denuncias de corrupción-delivery lanzadas los domingos por el ex periodista Jorge Lanata, luego replicadas por Clarín y La Nación en sus formatos papel y digital, sus radios y el resto de la red opositora corporativa de medios masivos; la maniobra de pinzas entre los fondos buitre y ellos, sus socios locales; la propia debilidad en la consolidación del nivel de reservas en el Banco Central; el éxodo de dirigentes hacia el macrismo o massismo. En fin, algo o todo ello se hará cargo del fin de ciclo.
Tras las legislativas de 2013, los gurúes pronosticaron que el peronismo kirchnerista no podría detener la sangría dirigencial, que correría a cobijarse en los brazos de Sergio Massa, emergente triunfante –en la provincia de Buenos Aires– en esos comicios. Pero ocurrió otra cosa, que hizo que este domingo ocurra otra cosa, pero no aquella fuga. Massa tercero, lejos, ocurrió.
Profecías de rupturas insalvables en el peronismo del siglo XXI, que no podría organizar la sucesión de Cristina. Pero en mucho menos que un año y medio, el peronismo desordenado, rudimentario, desbocadamente irracional, logró encausar la puja interna que debía dirimir quién se postularía para suceder en la Presidencia no sólo a un gobierno del mismo signo, sino al más potente proceso político surgido en la Argentina desde la irrupción exuberante del movimiento creado por Juan y Eva Perón.
En frenético sobrevuelo masivo, el bombardeo informativo sobre población civil nunca cesó, y fue y es más cruel que las oleadas nazis sobre Londres o las inglesas sobre Dresden, porque se hacían y hacen sin sirenas de alerta.
Inminentes estallidos sociales, adelantamiento de las elecciones por imposibilidad de la Presidenta de finalizar en orden su mandato, fraudes planeados por el kirchnerismo para no soltar el timón del poder, asesinatos políticos, espionaje al estilo NKVD stalinista o inspirado en la Geheime State Polizei nazi, persecución a periodistas independientes, censura a medios, las corporaciones pergeñaron o fogonearon alquimias que presuntamente iban a garantizar el derrumbe del kirchnerismo.
Contaron con la complicidad del ala boba de la izquierda marxista, la que por su propia miopía le impide ver lo funcionales que son a la derecha más retrógrada, y la otra, la que hace rato sabe que es casi la misma cosa que las corporaciones, y hace su negocio en una democracia burguesa por décadas denostada con el puño elevado hacia el cielo proletario.
Contaron con la socialdemocracia de Hermes Binner, Antonio Bonfatti, Miguel Lifschitz, Margarita Stolbizer, y otros y otras que a la larga sienten comezón cada vez que ven progresos reales en los países cultores de un populismo al que le sobra discurso y carece de calidad institucional y construcción de ciudadanía.
Al fin y al cabo, la derecha, en todas esas patéticas variantes, se equivocó. Fueron profetas menores, berretas, apostando millones al derrumbe de un plan que le dio de comer a millones que no lo hacían, trabajo a desocupados crónicos, derechos a quienes los necesitaban para vivir mejor, unos, y para vivir a secas, la mayoría.
Cultores de la antipolítica, progresistas y de los otros, se encontraron este domingo con los comicios más normales y en paz social de todos cuantos conllevaron a un recambio presidencial en toda la historia argentina contemporánea. Como se dijo en este medio, además de dañina y pésima profetiza, quedó en claro que, por ahora, la antipolítica también es piantavotos,
