Foto: Franco Trovato Fuoco.
Foto: Franco Trovato Fuoco.

Miguel Zamarini dejó el Concejo donde durante una década ocupó la presidencia con un dato curioso, a propuesta de sus propios pares. “En los últimos años no fui el candidato del oficialismo”, dice y repasa su gestión en la que equilibró la pertenencia al Socialismo con el compromiso que abrevó en su juventud junto a los curas capuchinos, en Villa Gobernador Gálvez y a favor de los más vulnerables. Siente un fin de ciclo pero no de la militancia que comenzó en 1972, a los 20, cuando ya su padre y abuelo le habían mentado mucho a Perón e Irigoyen, respectivamente.

Fue concejal por el Socialismo desde 1995 hasta 2001, cuando lo convocaron como titular de Promoción Social en el gabinete de Hermes Binner, y haciendo eje en la economía solidaria. En 2003 vuelve a las bancas y dos años más tarde asumió la presidencia, cargo que ostentó hasta la semana pasada.

A la gestión de Binner le reconoce interés por los espacios públicos y al actual gobernador y ex intendente rosarino, Miguel Lifschitz, mayor foco en la articulación público privada. “Hay ciertas cosas que no compartimos”, comenta frente a un café con el eslabón, en uno de sus últimos días en la oficina que ocupó en el primer piso del Palacio Vasallo.

―Se dice que la política es el arte de lo posible. En la presidencia del Concejo ¿eso es literal?
―Hace falta sentido común, compromiso, responsabilidad y percibir lo que puede estar ocurriendo o probablemente ocurra, para llevar adelante el timonel de una institución como esta. Cuanto más heterogénea es la composición, más difícil la tarea que el presidente puede tensionarlo con su actitud, por eso tiene que ser muy plural, tolerante con cada una de las intervenciones para crear el clima, esa es la principal función. Siempre preguntan por el doble voto y no sobre cómo el que conduce generó las condiciones para llegar a buen puerto.

― Perspicacia para llevar forma y fondo
―Claro. Se preocupan del doble voto pero no saben cuántas veces se evitó llegar a esa instancia. Pocas veces voté doble, pero nunca me preguntaron cuántas veces lo evité. En eso se nota la naturaleza de cada uno, yo prefiero que salgan con el mayor acuerdo posible. No es lo mismo desempatar 12 a 12 que 13 a 11, porque marca una diferencia a favor del positivo.

― ¿Le tocó desempatar en temas bravos por disciplina partidaria aunque hubiera deseado otra cosa?
― A veces uno prefiere votar otra cosa pero yo acepto la naturaleza del tema y contribuyo a lograrlo; podría haber hecho de esa herramienta un factor de poder en mi favor, en mi conveniencia pero no lo hice. Tiene que ver con la responsabilidad. Por ejemplo en una ocasión se trataba la playa de estacionamiento subterráneo en la Plaza San Martín, un diciembre a las dos de la mañana, y advertí que ni locos contaran conmigo si se producía un empate, que primero juntaran los votos o llamaran a una licitación pública.
La primera vez que usé el doble voto fue con el estacionamiento medido concesionado, después le dije al bloque oficialista que tenía nueve bancas (ahora tendrán tres, deberían analizarlo) que situaciones como esas nunca más. Que era la última vez que se concesionaba con mi doble voto porque no era algo indispensable a la gobernabilidad, ese fue mi planteo.

― Entonces la subjetividad puede tallar en el rol que parece ceñido a las formas…
―Sí, hay un modo de presidir. Tenés un Cuerpo delante tuyo y tenés que ser democrático con todos, cuesta mucho mantener ese equilibrio. El oficialismo siempre te pedía que bajaras la palanca, pero yo siempre impulsé los acuerdos antes que el destajo, nunca me aparté pero tampoco hice un uso abusivo del reglamento; no entendieron que yo, sin ser abusivo del poder, les mantuve un Concejo conveniente.
Este Cuerpo no estalló, no implosionó, funciona, resuelve las cosas. Mi presidencia garantizó que siempre se tratara el Presupuesto, que los problemas de transporte se resolvieran e impidió que fueran votadas tarifas abusivas, ahí yo tuve mucho que ver para no trasladarle al usuario la totalidad del ajuste.
La gente dice ¡aumentó el boleto! ¡aumentaron las tasas! Pero ¿cuánto más pudo haber aumentado y no ocurrió? No en vano yo no fui el candidato oficialista para la presidencia del Concejo en los últimos años.

― ¿Quién lo elegía entonces?
― Un consenso de amigos, aliados y opositores. Habría que ir a preguntarles por qué me elegían. Según algunos, porque garantizaba equilibrio. Hay quienes piensan que el presidente no puede ser una escribanía, un anexo o un accesorio. Concejales avezados saben de qué se trata el equilibrio, como la vicepresidenta Norma López, que tuvo siempre un espíritu solidario con mi gestión, que se la puso al hombro, ella tiene que diferenciarse del oficialismo pero sin confrontar conmigo que estoy presidiendo y lo hace, no tensa la cuerda.
Si uno quiere que se pudra todo en el Concejo, el presidente es el adecuado para hacerlo, acá ha ocurrido, con tipos que interrumpían el uso de la palabra, que marcaban por hablar mucho y acotaban las intervenciones.

―¿Cuánto pesó la interna del Socialismo en el rol?
― No es interna del Socialismo, son diferentes modos de ver las cosas. Hoy los partidos políticos están en una crisis profunda. Hace 43 años que estoy en este partido y tengo autoridad para opinar, soy democrático, muy plural. Estar al frente de una institución te hace bajar el perfil, hay que pensar en lo general, si exacerbás lo particular tenés alta exposición pero tensionás a la institución. He procurado que las diferencias no se tradujeran al rol. Como el referí en un partido de fútbol, si se transforma en protagonista es porque algo está mal, está cobrando mal, o abusa, o está perjudicando a alguno. Acá lo mismo. Por eso pude ser diez años presidente y por decisión de mis pares.

― ¿Recibió llamadas para disciplinarlo en alguna votación?
― Muchas veces. Siempre consideré que estaba actuando correctamente. No me molestaban los llamados, siempre iba y hablaba y decía que yo garantizaba el funcionamiento del Concejo y llegar a buen puerto. En todo caso nunca entendí las razones por las que el oficialismo no me postulaba, el modo en que me lo explicaban no era suficiente y el resto me valoraba y me decía: ¡qué grande tenerte a vos acá! Ahora estoy cerrando un ciclo, acá termina un período de trabajo. Hay muchos comentarios, hubo ofrecimiento pero nada concreto. Me voy a tomar un tiempo. Tengo que estar muy motivado. Fui crítico a la gestión, los barrios, las frecuencias del transporte, las plazas… ahora no se puede terminar todo esto que pensaba por estar en un cargo. No creo que vaya a formar parte de la actual gestión, yo les agradezco las propuestas que me hacen, pero tendría que coincidir.

Orígenes

Llegó al Socialismo Popular a los 20 años, en 1972, cuando cursaba para ser contador y se sintió atraído por este partido que aparecía mucho más orgánico que el peronismo por el que sentía alguna simpatía. Antes había militado con los curas capuchinos del Tercer Mundo y conoció al Padre Juan Carlos Arroyo. De esa época aún rescata al Papa Juan XXlll. “Esa fue mi base ideológica, entré a ese grupo con 14 años”, explica.

“Nos aglutinaba un cura muy joven, Javier Mariani, a quien llamaron a Montevideo para evitar que acá lo expulsaran del país”, relata. Y cuenta que lo acompañaron a Uruguay en barco, en un cruce que duró toda la noche. “Allá vamos a conocer gente”, les decía el sacerdote, mientras renovaban una charla inagotable en medio del vaivén de la embarcación y bajo un cielo que aún recuerda. Y resultó verdad. Conocieron de cerca la resistencia y a los jóvenes que trabajaban en “la salida institucional del movimiento Tupamaro, algo que Montoneros acá no pudo lograr”, analiza.

“Ese grupo fue el que más interpretó los postulados de esa iglesia comprometida socialmente, por eso no entiendo a los que comulgan con la Iglesia y hacen acuerdos que no respetan estas cuestiones básicas”, enuncia Zamarini, en el que parece haber cimentado aquel viaje iniciático de utopías juveniles, aguas profundas y estrellas.

Fuente: El Eslabón

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