
Las amplias coberturas que Clarín y La Nación dieron al ataque contra los trabajadores de Tiempo Argentino forma parte del embate constante contra todo lo que pueda remitirse a “los K”, y claro que lo que pasa en el diario porteño puede remitirse al kirchnerismo. Sergio Szpolski, su propietario original en la nueva etapa del matutino, es un empresario que se vinculó al kirchnerismo al punto de participar de las últimas elecciones como candidato a intendente de Tigre por el mismísimo Frente para la Victoria. Y es parte de un tramado de alianzas que los gobiernos de Néstor y Cristina tejieron en el ámbito de los medios, tierra arenosa si las hay. La necesidad del kirchnerismo de transar con empresarios de la prensa se hizo muy fuerte a partir de 2008, cuando conflicto del campo mediante Néstor y Cristina resolvieron hacer lo que ningún presidente desde la vuelta de la democracia había hecho: enfrentarse a fondo con el grupo Clarín, el gran monopolio argentino, el verdadero obturador de la pluralidad de voces.
“¿Si me peleo con Clarín, cómo hago para seguir gobernando? Me tumban en dos meses”, cuentan que dijo Néstor a dirigentes de sindicatos de prensa que desde antes, allá por 2004 y 2005, le pedían avanzar con políticas de democratización de la comunicación.
Después, cuando la pelea finalmente llegó, el kirchnerismo salió presuroso a hurgar en las arenas movedizas de los dealers de los medios, en busca de soldados para dar batalla al monstruo, embravecido y desbocado ante tamaña irreverencia. Hubo también –en este periódico podemos dar cuenta de ello cabalmente– políticas de apoyo a otras expresiones de la comunicación como las gestionadas por sus propios trabajadores, las radios comunitarias, grupos de pueblos originarios y campesinos. Pero la incidencia de estos espacios en la disputa por la agenda mediática estaba lejos de alcanzar para el choque contra el planeta Clarín y sus satélites; y hubo también que salir a pescar en la ciénaga empresarial.
Las consecuencias de los pactos diabólicos tejidos en esa podredumbre –política se hace hasta con bosta, decía Perón, parafraseando a Don Hipólito– son asumidas hoy con sentido autocrítico entre dirigentes importantes del kirchnerismo más cercano a Cristina, como el intendente de la ciudad bonaerense de Avellaneda, Jorge Ferraresi. El viejo adagio del general cada vez garpa menos en tiempos de cruzadas anti korrupción. El olor de algunos pescados es demasiado fétido. “¡Miren que hemos metido plata en pautas, eh! Pero ahora vemos que mucha de esa pauta fue para mercenarios”, dijo Ferraresi el pasado 25 de junio, ante unos 300 participantes en el encuentro Comunicar en Tiempos de Neoliberalismo, convocado por el Colectivo de Medios Oveja Negra en la facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Una semana después, la pesada herencia de uno de esos mercenarios volvió a expresarse en Tiempo Argentino con crudeza, para solaz de Clarín y La Nación.
Pero lo que ambos medios omiten es que el principal enemigo de los trabajadores de Tiempo no es, para nada, el demonizado kirchnerismo. El principal obstáculo para el desarrollo de medios autogestionados, como el que los ex empleados de Szpolski pusieron en marcha, es la monopolización de las comunicaciones que Clarín comenzó a delinear en plena dictadura, con la apropiación de Papel Prensa; y sostuvo y acrecentó en democracia, sometiendo a extorsión permanente a los sucesivos ocupantes de la Presidencia. Ese “cargo menor” en el ajedrez del poder real, según definió el propio mandamás del grupo, Héctor Magnetto.
Ese poderío que el kirchnerismo osó enfrentar hoy se realimenta y regodea con la nueva coyuntura política, en la que ya logró tumbar los límites a la concentración que fijaba la Ley de Medios audiovisuales de la democracia que tanto costó conseguir y tan rápidamente fue derogada por un decretazo con posterior aval legislativo. Clarín concentra cada vez más los contenidos comunicacionales en todos los formatos y el usufructo de la torta publicitaria nacional, tanto la privada –la mayor porción– como la pública, que ya no se destina a guerrillear contra el monopolio, todo lo contrario.
Clarín y La Nación omiten también, obviamente, que sus actitudes patronales son las mismas y aún peores que las de Szpolski y compañía. Sistemáticamente combaten a los trabajadores que se organizan para reclamar el respeto de sus derechos laborales, que las empresas incumplen constantemente.
Esta reconcentración de los contenidos mediáticos es el peor contexto para el desarrollo de emprendimientos con otra lógica y procedencia, como el de Tiempo Argentino y varios más, que nacen y se sostienen contra viento y macrismo. Y paradójicamente, que esa reconcentración se dé en paralelo al cada vez más desembozado activismo antikirchnerista de quienes la detentan abre un espacio de crecimiento para publicaciones como el Tiempo Argentino, gestionado por sus trabajadores, que sostiene los trazos gruesos de la línea política con la que había vuelto al ruedo bajo tan ruines patrones. Las argentinas y argentinos que no se resignan al discurso único y el empobrecimiento crónico no son pocos. Y quieren tener opciones a la hora de leer, informarse, expresarse, derechos a los que habían comenzado a sentirle el gusto en los últimos años.
No son esos los únicos derechos que están en juego en la Argentina de hoy. Pero a esta altura de los acontecimientos, cómo no apreciar que acceder a información y poder expresarse libremente son derechos íntimamente ligados a los más básicos como la alimentación, la salud, la educación, el trabajo.
Más que un párrafo aparte merece la violencia del ataque a la sede de Radio América y Tiempo Argentino. No es un fenómeno nuevo el patoterismo para dirimir conflictos de intereses. Sí es poco habitual en los casos que involucran a trabajadores de prensa. Y es desesperante apreciar cómo la reacción inicial de la Justicia y la Policía fue proteger a los violentos que irrumpieron a destruir. Es desesperante, pero es lógico en este nuevo marco y con este nuevo gobierno. Los hechos de violencia contra trabajadores se suceden y expanden. Y después, desde los estrados oficiales y el establishment mediático se minimizan o se resignifican a favor de los agresores.
De todos modos, la mentira no deja de tener patas cortas. Y hay verdades que brillan con luz propia, como la lucha por su dignidad de trabajadoras y trabajadores como los de Tiempo Argentino.
Posta que se puede
El 5 de julio, un día después del ataque contra Tiempo Argentino, otra expresión de prensa gráfica autogestionada, el diario La Posta del Noroeste, de la ciudad bonaerense de Lincoln, cumplió 12 años de actividad ininterrumpida. También fue ininterrumpido el crecimiento de La Posta desde su fundación hasta estos días: con el paso de los años y el apoyo de su comunidad y políticas públicas nacionales de los gobiernos kirchneristas, la cooperativa adquirió un terreno donde construyó su sede propia, en la que sumó –a comienzos de este año– una emisora de FM. Los trabajadores de La Posta forman parte de la Federación Asociativa de Diarios y Comunicadores Cooperativos de la República Argentina (Fadiccra), que agrupa a otros medios autogestionados que confirman que se puede sostener otro tipo de empresa periodística, y que se sumaron a las numerosas expresiones de solidaridad con los trabajadores de Tiempo Argentino tras la agresión sufrida. “Expresamos nuestra solidaridad con nuestros valientes compañeros de Tiempo Argentino, a quienes seguiremos acompañando con todas nuestras fuerzas para no ceder ante el patoterismo de los cobardes. Y exigimos a las autoridades de todos los niveles que tomen medidas ante lo sucedido: los responsables de esta agresión no pueden quedar impunes y los trabajadores deben ver garantizada la continuidad de sus fuentes de trabajo sin ataques ni aprietes de quienes pretendieron dejarlos en la calle”, sostuvieron desde Fadiccra a través de un comunicado difundido horas después del ataque a la redacción del matutino porteño y los estudios de Radio América.
Cristina bancó y se hizo cargo
El miércoles a la tarde Cristina Fernández de Kirchner llegó hasta la redacción de Tiempo Argentino, violentada un par de días antes, para apoyar a los trabajadores, ante quienes afrontó un señalamiento: uno de los empresarios que vació la empresa y privó de derechos a sus empleados es Sergio Szpolski, quien fuera candidato a intendente del distrito bonaerense de Tigre por el Frente para la Victoria. «Hubo muchos candidatos del FPV. No me hagan hablar de todos porque la lista es larga. Me hago cargo de lo que me toca, como hice siempre cuando fui presidenta hasta el 9 de diciembre», asumió Cristina, a quien los trabajadores del semanario autogestionado agradecieron su solidaridad “del mismo modo en que lo hicieron con todos los dirigentes”, según informaron a través de un comunicado. “En ese sentido, lamentan que aún no se haya hecho presente ningún funcionario del oficialismo después del violento ataque a la redacción”, añadieron los integrantes de la cooperativa junto con los trabajadores de Radio América.
“Nunca había visto desde la recuperación democrática un ataque de este tipo a un medio de comunicación. No recuerdo algo así en democracia desde el 74 ó 75, previo a la dictadura militar», dijo Cristina ante los laburantes de prensa; y repudió “la protección de la policía a la patota que sigue libre”.
La visita de la ex mandataria fue una de las expresiones de solidaridad con los trabajadores de Tiempo Argentino que –lógicamente– más repercusión tuvo, tras un ataque tan feroz como, finalmente, ineficaz en su objetivo de frenar un emprendimiento con mucho potencial. Si los querían frenar, el tiro les está saliendo por la culata. Después del garrón de la madrugada del lunes, para quienes transitan el nuevo Tiempo parece abrirse una época de cosecha.
Fuente: El Eslabón
