
La edición dominical del decano siempre le resultó conflictiva, traumática, al Señor I. ¿Cómo expresar los sentimientos que despierta? ¿Cómo sobreponerse a tan fuerte experiencia?, se preguntaba, retórico y triste. Finalmente, y luego de mucho cavilar, le encontró la vuelta gracias a una lectura casual sobre la Edad Media. “La Capital del domingo, Día del Señor, es una ordalía, un juicio de Dios”, dijo, numinoso y hierático.
Los domingos nunca fueron fáciles para el Señor I, entre otras cosas, por su afán de analizar medios de comunicación. “Gustos son gustos”, se repite a sí mismo cada vez que se aventura dentro de las páginas del decano. Lo hace con cierta abnegación, soportando las crueles burlas de su centenaria abuela, mujer educada bajo los rigores de una educación represiva, anciana ahíta de prejuicios que, entre carcajadas, le cita de memoria, a los gritos, frases y expresiones vertidas en el decano dominical. La noble anciana está promoviendo, junto con sus compañeras del juego de canasta, la firma de una solicitada en la que se exige que se ponga fin a lo que consideran “una ofensiva parodia” contra la gente de su edad. Las señoras afirman que desde las páginas de ese medio gráfico, especialmente los domingos, algunos redactores adoptan un estilo agraviante, “porque imitan la mirada cerrada, chiquita y prejuiciosa del estereotipo de una mente cerrada, senil, obtusa, que desde algunos sectores asignan injustamente a las señoras mayores”. Deprimido y confuso, al borde del colapso, una lectura casual sobre la Edad Media calmó al Señor I. En un dato aislado halló la clave de su paz y pudo resignificar la experiencia de una vez y para siempre: “La lectura de La Capital es una ordalía, una prueba, un juicio de Dios”, dijo transmutado.
Resulta que durante la Edad Media se llaman “ordalías” o “juicios de Dios” a aquellas pruebas a las que se sometían a los acusados de algún delito con el fin de probar su inocencia o su culpabilidad. La prueba del pan y el queso era muy popular. El acusado debía comer, en el altar, una cantidad inmoderada de pan y queso, sin beber. Si era inocente, Dios enviaría a sus ángeles a que le desatasquen el gaznate. Por lo general, morían atragantados, culpables. En la prueba del hierro candente, el acusado debía tomar con las manos un hierro al rojo por cierto tiempo. Si en las manos quedaban signos de quemaduras: culpable. La ordalía por el agua era muy practicada en Europa para absolver o condenar a los acusados. El procedimiento era simple: bastaba con atar al imputado de modo que no pudiese mover ni brazos ni piernas y después se le echaba al agua de un río, un estanque o el mar. Se consideraba que si flotaba era culpable, y si, por el contrario, se hundía, era inocente, porque se pensaba que el agua siempre estaba dispuesta a acoger en su seno a un inocente mientras rechazaba al culpable.
La ordalía de la lectura de La Capital del domingo, piensa el Señor I, prueba de manera irrefutable, al menos dos de las tres virtudes teologales (fe y caridad) y al menos tres de las cuatro cardinales (prudencia, fortaleza y templanza). “Ahora sí”, dijo el mister, desoyendo los alaridos de su feroz abuela, y entonces, envalentonado, casi bendecido, se animó a llegar hasta la contratapa de la sección Escenario. Y se enfrentó, cara a cara, una vez más, con El cazador oculto. Pero esta vez, tocado por la Divina Gracia, el Señor I ya era otro, y las mismas preguntas sin respuesta sonaron diferentes:
¿Cazador oculto, tendrás algo que ver con una de las traducciones del título de la novela The catcher in the rye de Salinger? ¿Si la respuesta es afirmativa: por qué? ¿Alguna referencia velada a alguno de los personajes que se describen en la mencionada obra? ¿Al Pike? ¿Los patos del lago de Central Park? Lo oculto, eso, sí, se dijo mister I revisando sus convicciones religiosas, es buena parte del texto en la edición en papel, ilegible, velado, manchado y borroneado por un alarde de la diagramación, fototratamiento, montaje y vanguardismo. Un palimpsestus, se dijo el Señor I, lupa en mano, decidido a vencer los arcanos del texto, y negándose a firmar la solicitada de la incomprensiva abuelita.
