Aunque el muro de Berlín ya no exista y los paraísos rojos no sean más que un espejismo que languidece cual linyera en la puerta de un casino, la lucha de clases no sólo sigue su curso inexorable sino que su derrotero transciende cualquier escenario posible, crisis financieras, agudas opiniones, manuales de protesta o prestidigitaciones políticas.

Entrada

Aunque se derrumben las utopías, unas tras otras, el desequilibrio en el reparto de la riqueza que se gesta en la dinámica propia del capitalismo y sus neo-mutaciones sigue siendo, con matices, el mismo que en 1917. Aunque la expresión lucha de clases haya caído en desuso no hay nada mejor para nombrar lo que sucede entre las fuerzas sociales por estos días.

De esa mega contienda de intereses encontrados, que en estos días trepida en el vértigo de borrosas y tecnológicas fronteras postmodernas, emergen, se reproducen y perpetúan desigualdades obscenas que involucran y afectan a millones de seres humanos. La dimensión de estas desigualdades y los mecanismos que las generan son harto complejas (y simples a la vez) , tanto en su múltiple causalidad como en su proyección social.

Por cuantificar un poco los niveles de la infamia consigno dos simples datos, entre tantos otros, proporcionados recientemente por la FAO, Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, que nos dicen que hay 1.020 millones de personas desnutridas en el mundo y que 17 mil niños mueren de hambre cada día. Un niño cada 5 segundos.

Primer plato

En esta lógica de la iniquidad global se ha instalado un progresivo aumento de la sofisticación , en ciertos sectores de la sociedad, resultado inequívoco de una extraña contabilidad en el reparto de las mieses. Por ella, a mas pobres e injusticia, más sofisticación entre los beneficiarios del sistema. Los vasos comunicantes que unen el recipiente de los explotados con el de los explotadores no cesan de retroalimentar a unos y otros. Mecanismo éste tan bien conocido por el pensamiento crítico como por el sentido común.

Mezcla de víctima y victimario de esta situación, una parte de lo que todavía se conoce como clase media (o sea, nosotros) vive hipnotizada por el espejismo neoliberal y todos sus amaneramientos culturales. En la clase media, producto del desplazamiento y copia de los hábitos de la secta privilegiada, se viene desarrollando desde hace unos años el placer del gourmetismo, el culto o la “deificación” de la comida y de su elaboración.

Los programas especializados en cocina, la ascensión de simples cocineros al rango de estrellas mediáticas o incluso de artistas, los cursos de esto y aquello marcan el pulso de esta moda. Toda una parafernalia marketinera que se gesta en el primer mundo y se proyecta al tercero en donde su patetismo aumenta de manera exponencial. Los grupos de degustación de vinos, cocinas exóticas y todos los eventos que propenden a la creación de una suerte elite del gusto, es sobre todo en los países subdesarrollados como el nuestro, algo absolutamente repugnante.

Los medios de comunicación funcionales al fétido sistema imperante no dejan de multiplicar sus espacios destinados al gourmetismo y al “savoir faire” a la criolla. Se abren blogs, páginas web y suplementos para abastecer al curioso y snob cajetillaje. Este retrete forrado de papel glasé apesta sin más aunque lo quieran disfrazar de valor cultural.

Entre los variados los tics del medio pelo con inquietudes nos llega la última moda de la cocina molecular que pretende unir a la ciencia con la cocina, mezclando bizcocho con Medeleiev, que no nada más que otra forma de estúpida banalidad. De alguna forma, esta nueva disciplina químico-gastronómica, haciendo un esfuerzo, puede comprenderse en naciones desarrolladas como Francia o Cataluña (la gente aburre por allí) pero no en un país donde los índices de pobreza alcanzan según quién haga las cuentas al cincuenta por ciento.

¿Es que acaso no podemos comernos un entrecot y sentirnos bien?, me pregunto, parafraseando a García. Cierto es que no siempre podemos cargar sobre nuestras panzas con todos los males del mundo y no está mal tratar bien al estómago sobre todo si tenemos la suerte de poder parar la olla. El problema es el falso refinamiento y la impostura de lo excéntrico que avanza al mismo tiempo que los niveles de pobreza y exclusión.

En una sociedad justa el lujo no debería tener ningún espacio. Vengan para acá entonces el alimento digno, la buena sopa caliente, los buenos estofados, la pasta casera el romero y la albahaca, los asados, vengan las legumbres y frutas sin pesticidas multinacionales. Celebremos el sano rito de la mesa que nos reúne y alimenta pero no hagamos de nuestra comida una amanerada ceremonia de la ostentación.

En honor a la verdad nada nos impide zamparnos un buen sushi de bondiola o el último varietal de las Bodegas Pirolo, pero digamos en un mundo con millones de muertos de hambre, mal alimentados y sub-alimentados, acaso, digo, lo mejor sea, como dice el adagio barrial, no mostrar la guita delante de los pobres.

Somos libres y por eso comamos, si queremos, una docena de canapés de ácido desoxiribonucléico , organicemos degustaciones de sandías fosforescentes, o de pepinos con wi-fi incorporado, pero hagámoslo con las cortinas corridas. En la puerta, allí afuera, a pasos de nuestro festín “gourmande”,en el centro de Rosario o Guayaquil, la gente pasa hambre y come de la basura.

No cultivemos Grasmci por la tarde y gourmetismo careta por la noche. No coloquemos un póster de Hobsbawm en el living y hagamos degustación de angulas en el comedor. Vayamos mejor a los restaurantes “cinq étoiles” y vomitemos en sus puertas, repartamos flatulencias por doquier en los almuerzos televisivos, adulteremos con vino berreta las caras botellas de la última añada de Sirah, denunciemos los ritos de la opulencia y sobre todo no nos dejemos seducir por ellos cuando tengamos un mango en el bolsillo.

Segundo plato

El asunto no debería admitir matices, el placer burgués en medio de la miseria ajena es inaceptable. Para los que duden o prefieran otro punto de vista, recurro a la poesía, fuente inagotable de verdad.

En los años 30 el poeta entrerriano Juan Ortiz escribió un poema titulado “No, no es posible..” que con exquisita sencillez y la contundencia de un junco dinamita la razón de ser de los placeres burgueses de entonces y de ahora. Lo comparto en su totalidad, dice así:

No, no es Posible.

Hermanos nuestros tiritan aquí, cerca, bajo la lluvia.

Fuera la delicia del fuego, con Proust entre las manos,

y el paisaje alejado como una melodía

bajo la llovizna

en el atardecer perdido del campo

Fuera Brahms flotando sobre los campos

No la muerte mágica de la música

ni la turbadora sutileza,

mientras bajo la lluvia

hombres sin techo y sin pan

parados en los campos,

vacilan al entrar a la noche mojada. (*)

Cambien a Proust y Brahms y pongan a Ferran Adriá o a Heston Blumenthal (dos egocéntricos cocineros moleculares a la moda) en su lugar y recuerden la belleza triste de este poema, escudo ético y estético contra nuestra propia imbecilidad.

Postre

Cuando todos los brothers and sisters estén invitados y sentados al gran banquete social, entonces ahí sí podremos comer tranquilos esa latita de caviar persa que tanto envidia nuestra vecina. Seamos austeros muchachos y muchachas porque puede pasar que llegue un día en el que estemos preparando una degustación de caracoles hermafroditas y alguien golpee a nuestra puerta y se apreste, sin mediar palabra, a sacarnos el hígado u otras vísceras con ayuda de sus dientes y un cuchillo oxidado. Luego de abrirnos en canal, esta persona sin rostro acaso cocine nuestras tripas en una flamante wok y sazone la receta con un cucharadita de Moutarde de Dijon que estaba por allí.

Quizás nuestro invitado, un exclusivo socio del club de millones de hambrientos, salpimiente nuestros adentros y se los sirva inmediatamente a sus hijitos harapientos que serán esqueléticos o tendrán enormes vientres e iran armados con tremendos chumbos. Todo esto derecho viejo, sin papas Noisette o guarnición alguna.

Nosotros, antes de desfallecer en medio de un charco de sangre nos preguntaremos porque nos están haciendo esto. ¿Yo qué hice, si nunca me metí con nadie?, diremos agónicos en nuestro ultimo suspiro al dente. Acaso en ese momento, en el suelo, tirados, en medio de un tendal de rojizos caracoles, comprendamos de que va todo este asunto de la injusticia y de los pobres. Dicen que la muerte aclara las ideas.

Bon appétit les amis!!!

(*) Juan L. Ortiz. Antología Poética. Coquena Ediciones.1982.

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