Parece correcto considerar que la ciencia y la tecnología, como todo producto de la cultura del hombre desde que es sapiens, son parte de su “evolución”, o, para no usar una palabra incompleta y con connotación tan positiva, de su devenir-de-especie (1). De la misma manera que los gusanos adoptan estados larvarios ante la falta de nutrientes, los peces de agua fría desarrollan mecanismos alternativos de producción de calor, o la oryza sativa crece con especial cualidad en los deltas sedimentarios: El hombre es junto con todo lo que fue capaz de hacer, con su desarrollo científico-tecnológico que, en gran medida, es extensión de sus funciones y sentidos. Lo que no resulta tan comprensible es por qué, todavía, esto representa un plus sólo para una proporción muy desigual de la especie, o, peor, por qué tal desarrollo inequitativo parece darse precisamente a condición de una exclusión brutal, asociada anacrónicamente a eras culturales (y tecnológicas) que debieran ser remotas. Es decir, lo que no puede explicarse es por qué al mismo tiempo que se ha alcanzado, por ejemplo, la digitalización de la comunicación y llegado a desarrollar los más sofisticados adminículos, con microprocesadores cada vez más potentes y minúsculos, capaces de transportar enormes cantidades de información y constituir abstracciones etéreas, prolongaciones inmateriales de nuestra piel, ojos, oídos o cerebros, se continúa utilizando un sistema de producción que requiere en algunas de sus etapas de trabajadores-esclavos que, no sólo jamás tendrán acceso a esta electrónica, si no que, probablemente, tampoco lo tendrán a necesidades básicas, o a las condiciones sanitarias y de confort que el homo sapiente consiguió hace siglos. La pregunta subyacente es si esto es necesario. Y la respuesta obvia es que no puede serlo, como no lo sería el canibalismo en nuestra especie, existiendo otras posibilidades de alimentación y una cultura que lo considere salvaje.

Así, muchos aspectos del desarrollo, además de perder sentido ético y pasar a representar caprichos absurdos (aun cuando puedan también ser atribuibles a la naturaleza de nuestra humanidad), pierden potencia como instrumentos transformadores. La verdadera era científico-tecnológica sobrevendrá cuando la gran mayoría de la especie saque ventaja del valor de ese conocimiento (del general intellect, como gusta llamarlo también la nueva epistemología social, reutilizando este viejo concepto marxiano que distinguía ya al conocimiento como fuerza productiva). Lo que, evidentemente, no puede darse sin un sistema de ‘evolucionada’ distribución. El provecho de este comunismo en el devenir-de-especie sería, entonces, el de conformar una humanidad donde haya consistencia en cada cambio adquirido, para vivir tan felices como todos los gusanos en la tierra, o como cada planta de arroz que riegue un río.

(1) Algunos biólogos hablan de evolvabilidad para referirse, en un sentido amplio, a la capacidad de cambiar de los organismos más que a la dirección del cambio.

(*) Doctor en Ciencias Biológicas. Investigador Conicet, UNR.

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