Foto: Nan Goldin (detalle).
Foto: Nan Goldin (detalle).

Esta foto de Nan Goldin me espanta y me enternece. Ilustra la violencia de género de una manera directa, cruel. Decía Rilke que “Nada representa mejor a un ser destrozado que un montón de añicos”. Eso es una mujer golpeada, manipulada, vulnerable ante los ojos o las manos del agresor. Solo un montón de añicos.

Los diarios de estos días narraban un hecho sucedido en Casilda, revelador de vastas zonas de sombra en nuestro horizonte. Una mujer muere apuñalada por su pareja cuando lo encuentra intentando abusar de su hija. Zonas de sombra que nos ensombrecen. Un caso más en el mapa de la violencia de género. Una esquirla en el corazón femenino.

Un problema de mujeres y de varones. Que sobrevuela las relaciones de pareja, la sexualidad y la familia. Que es notorio por su indeterminación institucional, su mutabilidad y fragilidad. El camino se ha ido fraguando, permitiendo que esta aberración pasara de lo privado a lo público. Con las características que le daba Hannah Arendt: como la oposición de “necesidad y libertad, futilidad y permanencia, vergüenza y honor… en modo alguno es cierto que solo lo necesario, lo fútil y lo vergonzoso tengan su lugar adecuado en la esfera privada. El significado más elemental de las dos esferas indica que hay cosas que requieren ocultarse y otras que necesitan exhibirse públicamente para que puedan existir” (1). La violencia de género, esa violencia particular que proviene de la asimetría en las relaciones de poder entre mujeres y varones, lo masculino y lo femenino socialmente construido, nacidas de la cultura, la política y la economía ha tomado estado público.

La denuncia y la lucha en el ámbito internacional se han concretado en herramientas específicas de aplicación internacional, como la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW, por sus siglas en inglés) y la Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer, conocida como “Convención Belén do Pará”. A pesar de estos logros, es notable que la impunidad siga siendo uno de los principales obstáculos en el combate de la violencia de género, como lo muestran algunas estadísticas al respecto:

1. Una de cada tres mujeres y niñas en el mundo ha sigo agredida física o abusada sexualmente en su vida (Comisión de las NU sobre la condición de las Mujeres).
2. Alrededor de un millón de menores (principalmente niñas) ingresan al comercio sexual cada año (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia – UNICEF).
3. Al año son traficadas un promedio de cuatro millones de mujeres y niñas (Organización de las Naciones Unidas).
4. Entre el 12% y 25% de las mujeres del mundo han experimentado algún tipo de violencia sexual en su vida (Organización Mundial de la Salud).
5. La violencia es la principal causa de muerte para mujeres entre 15 y 44 años de edad, más que el cáncer, los accidentes de tránsito y la malaria. (Organización Mundial de la Salud).

En nuestro país, la violencia de género se hizo visible por las continuas denuncias de violencia que sufren las mujeres y en el eco que tienen en los medios de comunicación. Se aprobó la Ley 26.485- Ley de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales, publicada en el BO el 14.04.2009.

La definición dada por la ley es taxativa: “se entiende por violencia contra las mujeres toda conducta, acción u omisión, que de manera directa o indirecta, tanto en el ámbito público como en el privado, basada en una relación desigual de poder, afecte su vida, libertad, dignidad, integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, como así también su seguridad personal. Quedan comprendidas las perpetradas desde el Estado o por sus agentes.
Se considera violencia indirecta, a los efectos de la presente ley, toda conducta, acción u omisión, disposición, criterio o práctica discriminatoria que ponga a la mujer en desventaja con respecto al varón.” (Art. 4to de la Ley).

Comprende los diferentes tipos de violencia contra la mujer, la Física, la Psicológica, la Sexual, la Económica y patrimonial, y la Simbólica, que es aquella que a través de patrones estereotipados, mensajes, valores, íconos o signos transmita y reproduzca dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones sociales, naturalizando la subordinación de la mujer en la sociedad. (Art. 5to de la Ley)

Ha sido un gran avance pero no es suficiente. Siguen existiendo factores socio-culturales que aplican, mantienen y justifican la desigualdad entre el varón y la mujer: masculinización de los espacios públicos, utilización de un lenguaje sexista, falta de concienciación de los problemas que suscita en la mujer la imposición de roles por la sociedad y de la forzada distribución de su tiempo, falta de sensibilización, que no pueden combatirse eficientemente sin el interés, la implicación y el compromiso de la propia sociedad.

No es el tiempo del “crepúsculo del deber”, como afirmaba Lipotevsky, en el que nos hemos liberado de los últimos vestigios de los opresivos “deberes infinitos”, “mandamientos” y “obligaciones absolutas” y nos afirmamos en una moralidad “minimalista”, de un individualismo exacerbado, autocelebratorio y sin escrúpulos, donde la única limitación parece ser la tolerancia (2).

Contrariamente, vivimos una etapa de compromiso y de búsqueda permanente de la justicia que valide la igualdad entre varones y mujeres y proteja sus derechos. La implementación de políticas públicas y de “ciudades seguras para las mujeres” se constituye en necesidad inmediata para terminar con este flagelo.

(1) Arendt, Hannah, (2005), La condición humana, Buenos Aires, Paidós.

(2) Lipotevsky, Gilles (1998), El crepúsculo del deber, Barcelona, Anagrama.

Foto: Nan Goldin

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