Tartufo, símbolo de hipocresía, asustado por la oposición.
Tartufo, símbolo de hipocresía, asustado por la oposición.

Con el rancio tufillo de los carroñeros mal embozados, tras las declaraciones de la oposición asoma ya el sucio pico de las malas aves. Los encomios vacíos al ex presidente fallecido dejan lugar a planteos destituyentes. La comparación con las aves de carroña describe con precisión las estrategias de estos sectores: primero dan vueltas en círculos para luego sí caer en picada sobre la presa. Tartufo, símbolo de la hipocresía, anduvo por la Argentina y dijo “Esto es demasiado”.

En 1664, Moliere estrena su comedia Tartufo o el impostor, en la que un falsario resume en su rastrero ser toda la hipocresía, la falsedad y la miseria que imperaba entre los sectores poderosos de la sociedad de entonces. Desde el estreno de esta obra, que produjo un escándalo y fue censurada, el nombre Tartufo pasó a simbolizar fingimiento, falsedad e hipocresía. Moliere conocía muy bien el tema: él mismo había padecido el embate de los falsos devotos, reaccionarios y puritanos, que atacaron y censuraron su obra e intentaron destruir su carrera.

El fantasma de Tartufo recorre hoy la Argentina. Tras la muerte de Néstor Kirchner la denominada oposición al gobierno nacional, ese conglomerado difuso y obstruccionista de poco dotados pero serviles empleados de los poderes fácticos, se vio obligado a realizar complejas operaciones retóricas: ¿Qué decir, cómo sostener o maquillar un discurso cargado de odio cuando el odiado ha muerto?, se preguntan.

Muerto el enemigo que los sostenía y les daba sentido, se quedaron sin discurso. Habiendo partido aquel que les permitía disimular la total falta de propuestas, la denominada oposición se vio compelida a construir un nuevo discurso, a los apurones, y no les está yendo bien: se les nota, todo lo inconfesable, todo lo no dicho, se les nota cada día más.

La imagen de las aves carroñeras describe en forma precisa las estrategias retóricas que exhiben estos sectores: primero dan vueltas en círculos para luego sí caer en picada sobre la presa. En eso están: palabras vacías, circunloquios, absurdas frases hechas para después ir por lo que realmente les interesa. Y cuando hablan de lo que realmente les interesa, resultan siempre previsibles: el miedo, la incertidumbre, el futuro incierto, las preguntas insidiosas sobre el poder de mando de la presidenta. No hace falta ser un adivino para saber para qué lado reptarán sus próximas falsedades.

Por ejemplo: Incrementarán el proceso de demonización de Moyano y del sindicalismo en general, “que pretende ser el verdadero poder en las sombras, para convertir el país en Cuba”, dirán seguramente. Los intendentes del conurbano bonaerense pasarán a ser algo así como el ejército de Atila el Huno, cada día más. Ya le crecen cuernos y cola a Máximo Kirchner. A Luis D’ Elía lo apodarán el Armagedón, seguramente. Y los caciques del PJ serán feroces chacales, inmanejables para Cristina. O sea, una vez más, anuncios de ese Apocalipsis Carrió que nunca llega.

“¿Qué dice, entonces, el testamento de Néstor Kirchner que la Presidenta se comprometió a honrar?”, se pregunta Joaquín Morales Solá en su columna de La Nación del miércoles 3 de noviembre. Pero el testamento de Néstor Kirchner es bien legible, es claro y transparente para cualquiera que desee leerlo. Su texto está grabado y registrado: está en el agradecimiento masivo, multitudinario, de miles de personas, en sus palabras, gestos y lágrimas: allí está el testamento que el analista de La Nación olvidó ver. Porque como suele ocurrir con las preguntas, la de Morales Solá contiene una fuerte afirmación. Y esta afirmación implícita es, justamente, lo que nunca se pronuncia, lo indecible. Y es allí, en lo que no se dice, donde se aloja la ideología y la verdad del discurso: “Las cientos de miles de personas que se manifestaron en las calles de todo el país agradeciendo la gestión de Kirchner no existen”, no dice Joaquín Morales Solá, pero la lógica de su discurso sólo cierra con este presupuesto de base. “Queremos lo contrario, nosotros y nuestros patrones queremos exactamente lo contrario que esas personas que lloraban y agradecían, por eso mientras ellas lloraban, nosotros destapamos un champán”, no dice Morales Solá.

Donde los tartufos dicen “dejar de confrontar” léase “dejar de tomar medidas progresistas, dejar de gobernar para los sectores del trabajo, para los asalariados y desocupados, para los jubilados, para las clases medias y bajas”.

“No confrontar” significa “No confrontar los intereses monopólicos. No confrontar el neoliberalismo y volver a la entrega y la humillación de la Argentina en los 90”.

Cuando los herederos del personaje de Moliere hablan de “crispación”, se refieren, en realidad, al injusto enojo de los poderes fácticos que, insaciables, acostumbrados a que nadie los confronte, ahora ponen el grito en el cielo porque tienen que actuar en el marco de un “país serio”, con un Estado que interviene en la economía para poner freno a las injusticias del mercado. No quieren soltar ni una mísera migaja, están enojados por eso, y mienten.

Y en medio de tan particulares circunstancias, que para muchos configuran un momento clave de la historia universal de la infamia y la historia social de la argumentación, Tartufo se dio una vuelta por estos pagos. Dicen que el muy ladino personaje francés, mundialmente famoso por su falsedad e hipocresía, se asustó un poco cuando escuchó declaraciones de la oposición en la Argentina. Afirman que llamó “idoles” a “Cobós y Lilitá”, y que luego huyó diciendo “c’est trop”.

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