La denominada "oposición" sigue sin construir discurso. Apenas ofrece un parloteo que mal dibuja un mundito cerrado y autista que la realidad demuele. Ni siquiera es ficción. No llega a verosímil puesta en escena: sólo engañifas. Los escribas de Clarín y La Nación sufren chuchos y sofocos. Tristes funambulistas del pasmo, sus columnas escritas con lágrimas sudan mohines en lugar de argumentos. No logran vendernos un drama, no, sólo burdo burlesque: “Carrió in the sky with ravioles con tuco”.
Como peleles mal construidos que se desarman en plena función y se autodestripan lamentables, y muestran la estopa en medio del guiñol. Apenas se agitan o se mueven un poco, apenas los acaricia la luz solar, a los representantes del conglomerado destituyente les asoma el represor, el reaccionario que llevan dentro. No se trata del conocido “enano fascista”. Lo que les asoma es un luchador de sumo de dos metros de altura y doscientos kilos de peso con una esvástica del tamaño de un Fiat 600 tatuada en su muy dilatado lomo.
Viagra Retórico no hay
Tan lejos de ofrecer a la sociedad un relato, la denominada oposición gira en falso en su mundito-clarinete. Sateliza sobre sí misma en el bobo y feo limbo de los cipayos resentidos. Recurren una y otra vez a las mismas engañifas. Pero no hay Viagra Retórico que les mantenga en alto cada argumentito, ni siquiera un rato. Se les afloja. Se les arruga y cae, baba pringosa jugando entre los pliegues del escroto.
El odio no construye. No une. No funciona como un programa, una visión estratégica, un plan de gobierno. Quizás sea esta una manera de empezar a pensar algunas de las profundas diferencias entre el gobierno nacional y aquellos que intentan impedirle gobernar, que se denominan "oposición", pese a que ser “oposición” e “impedir gobernar” son dos conceptos poco compatibles en el marco de las instituciones, la tan mentada “calidad institucional” y la democracia.
La denominada oposición, léase ese caótico conglomerado conservador, neoliberal, al servicio de los poderes fácticos y de la restauración conservadora, no sabe cómo servirles a sus amos, y entonces produce rechazo, pena e indignación, incluso entre sus propias y desordenadas filas. La realidad argentina parece indicar, por ahora, que aquellos que sólo saben-pueden-quieren destruir, sin más propuestas que la destrucción, terminan destruyéndose a sí mismos.
Porque además, antes de ofrecer el espectáculo de su auto-consunción, estos sectores muestran sus peores hilachas, y se les nota la verdad oculta-inconfesable que los mueve: el “problema” no es, en principio, con Cristina, ni con el gobierno, ni con el Estado. El “problema” es que están en contra del país, de la sociedad en su conjunto, de los trabajadores, de las fuerzas productivas, de un proyecto de Nación serio, moderno y medianamente soberano. Cristina, el gobierno, el Estado pasan a ser enemigos, demonios, males absolutos, cuando sus políticas enojan a los poderes fácticos, a los grandes grupos económicos concentrados, a los que quieren volver al paradigma de los 90.
Pese a contar con el caballo del comisario, pese a disponer de infinitos medios económicos, pese a poder comprar todo lo comprable, la oposición fracasa a la hora de armar un relato creíble, sustentable. Sus carencias simbólicas contrastan con tanta opulencia material. No seducen, no encantan, no convencen. El balbuceo opositor trabaja sin necesidad de verdad ni de justicia, pero aun así, con toda la libertad que implica despegarse de estos imperativos, fracasa. Se apoya en las taras, complejos, prejuicios y envidias de las pequeñas porciones de los sectores medios a los que apuntan con el objetivo de sumarlos como claques. Pero fracasan una y otra vez.
Tanta carencia simbólica de parte del conglomerado opositor se relaciona, tal vez, entre otras cosas, con el pasado que los condena: estas mismas “ideas” que defienden, estos mismos intereses, se impusieron en la Argentina a sangre y fuego, a través de la represión, el genocidio, la destrucción de la trama social del país.
No resisten el más leve archivo. La peor dictadura de la Argentina pesa sobre las mochilas de muchos de sus integrantes, de manera directa o indirecta, según los casos. Si no queremos irnos tan lejos, allí está diciembre de 2001: un tendal de muertos en las calles incendiadas como producto de la aplicación de las políticas que el conglomerado opositor todavía hoy defiende con cara de piedra.
Piedra y sangre
Piedra manchada con sangre, se trata de una derecha acomplejada, que no se dice “derecha”, que niega su ser, que no se anima a ser, ni a desarrollarse en lo que ya es. “Anímate a ser el que ya eres”, señalaba el filósofo español Miguel de Unamuno. “No tengo problemas con mi ser”, aseguraba el personaje sucio y desprolijo de la canción de Pappo.
Pero los integrantes del comité de defensa de los poderes fácticos, limpios, prolijos, fragantes y tostados, sí tienen problemas con su ser, se niegan a sí mismos y por eso, tal vez, entre otros motivos insondables, tienen tanta dificultad para construir un discurso que merezca ese nombre: un relato coherente, con ilación, contenido, y referente.
La operación “viuda débil que no puede gobernar” no duró nada. Cristina les dijo en la cara a los empresarios de la UIA que no piensa volver a los 90. Se los dijo con esa seguridad que a los opositores les resulta inalcanzable, porque sólo la poseen quienes hablan con verdad y en función de un proyecto social al servicio de las mayorías.
La Parca los cagó… los cagooo… La Parca los cagó
Anunciar “el fin de la era K” se convirtió en eje del análisis político opositor, y además en una suerte de subgénero literario que generó pilas de libros escritos a los apurones, negocios para las editoriales vinculadas al comité de defensa de los poderes fácticos. Pero los apocalípticos anunciadores del fin no califican para profetas, la túnica de Juan, el de Patmos, el Apokaleta, no sólo les queda grande, sino que se vuelve contra ellos, los envuelve y ahoga como el pulóver del cuento “No se culpe a nadie” de Julio Cortázar.
Los anunciadores del fin resultaron humillados por la realidad. La Parca los defraudó y les propinó la peor derrota imaginable. Ni siquiera la muerte de Néstor Kirchner les aseguró el tan ansiado y anunciado fin del kirchnerismo, sino todo lo contrario. La muerte develó y otorgó visibilidad y nuevas potencialidades a un proyecto colectivo, serio, profundo, posible y con arraigo popular.
Hasta la muerte, vieja aliada de los reaccionarios, les falló esta vez. La Parca, La Huesuda, La Pelá les regaló un torvo escupitajo, una escupida fiera, surgida de su boca huesuda, un salivazo venido del más allá, conteniendo el ADN de varias generaciones de argentinos. La Muerte vio una función de “Carrió in the sky with ravioles con tuco (drama de marionetas para guiñol)”, pero no la convenció. En medio de la obrita, y antes de volverse a perder en los entresijos del inframundo, se levantó la túnica y descargó el producto de sus inexistentes entrañas sobre el teatrito, “Alhorreeee…alhoreeeee……pútrido meconio del Más Allá para los malos actorcitos”, gritó la muy cruel, la guadañera.
