Espacio resignificado tras una victoria cultural de la sociedad.
Espacio resignificado tras una victoria cultural de la sociedad.

La esquina de Córdoba y Moreno era un búnker en el sentido estricto: una posición militar fuertemente artillada. Había bolsas de arena, como en las trincheras, y armas pesadas apuntando a la calle, donde había vehículos blindados. Toda la zona estaba militarizada, a merced de un ejército de ocupación que encima era el Ejército Argentino. Esa trinchera que se pretendía inexpugnable finalmente cayó.

Durante buena parte del cuarto de siglo que estuvo en manos de los militares, la casa de Córdoba y Moreno, sede del Comando del Segundo Cuerpo de Ejército, lució artillada, como una suerte de cabeza o ariete brutal incrustado en la ciudad, mirando a la plaza con ojos vigilantes, una plaza San Martín por aquellos años rodeada, sitiada, acosada. De un lado “El Comando”, así se lo llamaba, la cabeza del monstruo asesino, y del otro lado, el edificio gris-ominoso de la Jefatura de Policía, con su cuadriga impetuosa y el más real de los infiernos en sus entrañas.

Durante los años 70, vistas a través de los ojos de un niño, esas calles tenían un tono amenazante. Sobre las paredes de la casona que está frente al comando solía haber pegatinas con panfletos de la Liga de la Decencia. A diferencia de lo que ocurría en otras zonas de la ciudad, los consejos del contador García allí permanecían incólumes, sin agregados en birome, que era lo que los niños de entonces buscaban. Uno de esos extraños textos relacionaba la masculinidad con el largo de los cabellos y conminaba a “cortarse el pelo como un hombre y tener actitudes de hombre”. La palabra “hombre” estaba siempre en mayúscula y negrita.

Pero a los ojos de un niño, nada superaba la imagen de la boca negra y misteriosa de la “bazooka” asomando entre la elegante balaustrada de la casona de Córdoba y Moreno. Así se la llamaba por entonces, no se decía “lanzacohetes portátil”, se utilizaba la denominación “bazooka” que coincidía con una marca de chicles muy popular entre los chicos. De hecho, a metros del comando se erigía el kiosco Co-Co, una suerte de institución de la zona.

No siempre el monstruo de la esquina ofreció esa boca. Fue durante los años en los que otros signos contribuían a configurar el mundo oscuro y amenazante de entonces, un mundo en el que los niños concurrían a jugar a la plaza, después de la escuela, atravesando sectores militarizados, armas pesadas, soldados haciendo guardia, apuntando a la gente.

Del otro lado de la plaza, en “la Jefatura” también ocurrían cosas extrañas y violentas. Autos destartalados, que no estaban pintados como patrulleros, iban y venía a toda velocidad. Pero no era la velocidad limpia de un coche de carrera, por ejemplo, era una velocidad forzada y sucia. La carrocería, corroída y suelta, producía un silbido horrible y siempre parecía a punto de rozar el asfalto.

Y muchas veces los picados que se armaban en la plaza, en la vereda de Dorrego, se interrumpían de golpe, y cada uno a su casa. Las madres llegaban y retiraban a sus hijos. Cuando se escuchaban tiros, los chicos jugaban mirando de soslayo a los costados de la “cancha”, esperando ver la imagen que significaba que todo había terminado: una mujer de gesto serio y preocupado que hacía la seña “vamos”. No se necesitaban muchas más explicaciones.

En la cuadra de Moreno entre Córdoba y Rioja estaba prohibido el tránsito de vehículos no militares. Dos enormes barricadas de hierro cerraban el paso y convertían la cuadra en una suerte de peatonal del horror.

Muchas cosas ocurrieron en la Argentina desde entonces. El monstruo que vigilaba la plaza fue vencido. La trinchera inexpugnable cayó, se entregó. El lugar fue tomado tras una larga y ardua y dolorosa lucha colectiva. Las imágenes que durante la ceremonia de inauguración del Museo de la Memoria se proyectaron sobre las paredes de la casona son hoy un representación de algo que, por entonces, era la realidad cotidiana allí mismo, como si presente y pasado se superpusieran como fantasmas sobre las paredes de la casa, para mostrar las diferencias y destacar el arco que se tiende entre aquellos años y hoy.

Las mismas canciones que durante la dictadura eran motivo de sospecha, persecución y muerte, sonaron este viernes a la noche en aquella esquina, y fueron cantadas por miles de personas. Muchos niños concurrieron a la inauguración del Museo de la Memoria, en la esquina de Córdoba y Moreno.
 

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