
Resulta imaginable que algunos ciudadanos no acuerden con lo expresado por la presidenta en su reciente mensaje en cadena nacional. Pero es imposible negar el poder de síntesis, el claro contenido político y la calidad de la argumentación de su discurso, que por estas características se diferencia drásticamente de la mediocridad retórica imperante entre los dirigentes argentinos. Por estas horas, cuando el cambio de año nos habilita a expresar deseos ingenuos, tal vez se pueda anhelar que la oposición articule, alguna vez, un discurso contrario, de otro signo, con otra ideología y otros objetivos, pero de similar calidad.
En apenas seis minutos, Cristina Fernández hizo un repaso de los logros de su gestión, ofreció cifras, estadísticas, porcentajes, y resumió hechos concretos, comprobables, tangibles y cotidianos en las vidas de las personas. La mandataria describió, con claridad y eficacia retórica, hechos verificables por los ciudadanos con sólo levantar la cabeza, con sólo alejar la vista de los televisores y percibir, sin mediaciones mediáticas, la realidad empírica circundante, que a cada paso entrega pruebas irrefutables de que la situación social, más allá de las rémoras, las muchas materias pendientes, y los viejos y nuevos errores, coincide con las palabras pronunciadas por la presidenta.
La presidenta sintetizó diagnósticos, metas, y ofreció, al mismo tiempo, una emocionada evocación de Néstor Kirchner. Todo esto en apenas seis minutos, haciendo gala de una capacidad retórica, no sólo oratoria, que es una verdadera rareza por estos pagos argentinos tras la devastación neoliberal y su tsumani antipolítico.
La referencia al evidente, tangible y comprobable consumo creciente es sólo un ejemplo de cómo el discurso de Cristina tiene sus referentes en la realidad empírica. Este hecho es lo que lo diferencia en forma clara, absoluta, irreconciliable, del discurso opositor, que carece de referentes fuera del mundo cerrado, terrorífico, sin salida y clautrofóbico que se autocrea. Cuando un discurso es sólo un universo de palabras e imágenes autónomo, que en nada se conecta con algo que esté por fuera de ese mundo creado simbólicamente, estamos ante un discurso falaz, manipulador, no verificable.
¿Dónde están las cifras, los diagnósticos, los planes y las metas del discurso opositor? ¿Por qué todas, pero todas sus predicciones fallan, siempre? ¿Por qué ningún opositor se anima a combatir el discurso oficial con argumentos de peso, por qué no se contra argumenta nunca de parte de la oposición?
Uno de los ejes del discurso de la presidenta fue, justamente, recordar qué decían los opositores sobre determinados temas, y demostrar qué pasó luego, en la realidad, con eso que decían. El resultado en este sentido es el acostumbrado: se equivocaron los opositores, y/o mintieron, siempre, parejito.
De un lado, argumentos, cifras, estadísticas, halagos y premios de organismos internacionales insospechados de kirchnerismo. Del otro lado, nada que se le parezca y oponga de verdad, con argumentos, con otras cifras, señalando otras realidades concretas. Esta diferencia esencial entre el discurso del gobierno y el discurso opositor, cada vez más evidente para cada vez más ciudadanos, constituye un papelón permanente para la denominada oposición, una muestra diaria de su incapacidad y su mentira, y es acaso uno de los motivos del odio cerril e irreflexivo que suelen producir las palabras de la mandataria en los representantes de los poderes fácticos y su claque.
Lo que para algunos resulta insoportable de la intervención de Cristina es el contenido político de sus palabras. Eso, justamente eso, es lo más imperdonable. Desde 2003 regresó la política a la Argentina. Desde 2003 ocupa el centro del debate un discurso político con contenido político, un discurso que se reivindica político y se configura con términos políticos, ideológicos, militantes, dejando de lado el léxico antipolítico heredado de los años neoliberales. “Gerenciar”, “ajustar”, “eficientizar” y otras palabrejas quedaron hoy sólo acotadas al balbuceo y el blablá de algunos representantes de la derecha que ya no saben qué decir, y dicen lo único que saben decir, aunque cada vez suene más inverosímil.
La devastación cultural del neoliberalismo afectó muy especialmente al discurso político, lo vació de contenido, lo convirtió en una cáscara vacía, apta para rellenar con demagogia barata, prejuicios y apelaciones al miedo, empollando así los huevos de serpiente que dejó la dictadura genocida. Algunos dirigentes políticos que son resultado y cría de aquella época todavía vegetan y hacen sus negocios entre los entresijos de la política argentina, mudos, ambiguos, tartamudeantes, capaces de hablar sin decir, de hablar sin contenido, de hablar para destruir con sus palabras toda posibilidad de contenido.
Cada palabra de Cristina denuncia y supera esta perversión del discurso político. Cada palabra de Cristina se inscribe, y da la pelea, en el marco de la necesaria batalla cultural contra las rémoras del neoliberalismo antipolítico.
En esta época del año, cuando por unas horas todo se vuelve un poco más emocional y un poco ingenuo, sería lícito desear, para el mejoramiento de la calidad institucional de la Argentina, y para dotar de más contenido real a la democracia, que los ciudadanos de buena fe que no estén de acuerdo con lo expresado por Cristina, exijan a los dirigentes de la oposición planes, objetivos, un modelo de país y un discurso veraz que exprese claramente todo esto. El discurso del gobierno, puede gustar o no, puede causar rechazos, pero no se puede negar que expresa un modelo, un plan de gestión y una clara dirección. Nadie puede afirmar lo mismo del discurso de la oposición que, lastrado por lo inconfesable que oculta, estragado por su pasado y su presente, y en boca de oradores carentes de la más mínima capacidad retórica, sólo le es dado mentir, confundir, manipular y destruir. En apenas seis minutos, Cristina Fernández les lanzó un guante que nadie se atreve a recoger.
