
A partir de este miércoles quedó prohibida la importación y comercialización de lámparas incandescentes en toda la república. Las tradicionales bujías serán reemplazadas por lámparas de tecnología LED o de bajo consumo.
La ley nacional sancionada hace más de dos años que entró en vigencia este miércoles, exceptúa de la prohibición las lámparas de 25 watts para uso residencial.
Distintos comerciantes del rubro comentaron a Redacción Rosario que desde la toma en conocimiento de la ley, las ventas de las lámparas incandescentes se disparó, por lo que se deduce que muchos rosarinos no tomaron en buenos términos la iniciativa que busca reducir el consumo de energía en pos de salvaguardar el medioambiente.
“Muchos no entienden que aunque las leds salen más caras, a la larga le hacen ahorrar mucho dinero”, comentó el propietario de uno de los negocios especializados en electrodomésticos de la ciudad. “Una lámpara LED puede durar encendida sin interrupción durante 11 años –explicó el comerciante–; da la misma potencia que una común y sólo gasta el cinco por ciento de energía de lo que consumen las incandescentes”, señaló.
La renuencia a la adopción de la nueva tecnología en lámparas tardará algún tiempo en diluirse. Al menos mientras les dure a los nostálgicos el stock de incandescentes que fueron acopiando ni bien salió a la luz la novedad de su inminente prohibición.
Para ellos va de consuelo la siguiente breve reseña histórica del objeto que se convirtió rápidamente en el más popular del Planeta:
Contrariamente a lo que se cree, quien inventó la lámpara de tipo incandescente que ya no podrá comprarse en el país, no fue Thomas Alva Edison, sino el químico británico Humphry Davy en 1815, casi ocho décadas antes de que Edison la patentara.
La invensión de Davy fue mejorada poco después por otro químico británico, Warren de la Rue y replicada en distintas versiones en Rusia, Alemania y, claro está, Estados Unidos, país que a través de la compañía General Electric se convirtió en su mayor productor.
Una de las contras más enunciadas contra los focos de filamento, además de su altísimo consumo de energía eléctrica, fue su escasa longevidad. En torno a 1914 las bombillas sufrieron una fuerte reducción de su vida útil, disminuyéndola de las 2500 a las 1000 horas, lo cual las convirtió en el primer objeto de consumo víctima de la obsolescencia programada.
Prueba viviente de aquel deliberado acortamiento en su duración resulta uno de los primeros modelos de lámparas, que desde 1901 irradia sus cuatro vatios de potencia en la estación de bomberos de la ciudad californiana de Livermore en Estados Unidos, de forma ininterrumpida. Fabricada por la compañia Shelby Electric, fue donada por Dennis Bernal, propietario de la Livermore Power and Water Co. al departamento de bomberos local que desde entonces no ha osado apagarla.
Dada la renovación tecnológica que propulsa la sociedad de consumo, difícilmente las lámparas compuestas por diodos de emisión lumínica (LED, por sus siglas en inglés), puedan superar ese récord. Es de suponer que dicha tecnología será reemplazada por otra, incluso de mayor eficiencia, antes de que acabe el corriente siglo.
