Inviertan en trabajo, no en guerras, reza la pancarta.
Inviertan en trabajo, no en guerras, reza la pancarta.

Millones de manifestantes se despliegan en todos los rincones del mundo haciendo añicos muchos de los mitos que dieron sustento a la hegemonía del capitalismo financiero. En Estados Unidos, Europa, Medio Oriente y África los ciudadanos se lanzan a las calles y demuestran que la bronca es tan global como el sistema. El neoliberalismo se impone sin consensos, con mentiras y represión, desnudando las falacias de la democracia representativa. Pero produce ira. Y el temido regreso de lo negado: la lucha de clases, la militancia, el espacio público, la dimensión utópica regresan, porque nunca se habían ido.

Las protestas que hoy se reproducen y crecen en todo el mundo dan lugar a una serie de preguntas acerca de la lozanía de muchos de los postulados que sirvieron de base a la instauración del mercado mundial globalizado como modelo y paradigma de toda una cultura.

Muy poco tienen en común las protestas que se alzan en Estados Unidos, Europa, norte de África y Medio Oriente.

Pero pese a las enormes diferencias, es posible encontrar un denominador común. Es apenas uno, pero muy profundo y estructurante: la decisión de salir a la calle a protestar, la idea de ocupar el espacio público para exigir cambios en un sistema que se considera injusto. Es un único hilo conductor, pero es profundo y poderoso y pone a la globalización en entredicho.

Las multitudinarias manifestaciones reivindican la acción colectiva transformadora, la militancia, la política y la pasión. Las ideologías y la historia resucitan para gritar por las calles del mundo que nunca murieron. Y también marchan entre los manifestantes los denominados grandes relatos, o grandes narrativas, que tampoco murieron, y que se siguen escribiendo, en cada país, en cada ciudad en que se producen pequeñas y grandes historias de luchas, anhelos, injusticias. La movilización es, en sí misma, un gran relato que se construye a medida que crece y se suman ciudadanos.

Quizás el elemento más revulsivo de la ola de protestas globalizadas anti-neoliberales haya que buscarlo en términos de espacio. Las movilizaciones significan un triunfo del espacio público sobre el espacio privado, cerrado, individualista y claustrofóbico.

Lo privado, y las privatizaciones, han sido uno de los ejes de los ajustes neoliberales, al igual que la privación, esto es el despojo, el saqueo de recursos vitales perpetrado en perjuicio de millones de habitantes del planeta y en favor de los voraces mercados. Las protestas vuelven a revalorizar el espacio público, la calle, la plaza, el ágora.

El movimiento de indignados de Estados Unidos se denomina “A ocupar”, una definición en términos espaciales.

En los tiempos de la virtualidad, cuando se expande un universo paralelo que convive con lo material cotidiano, los manifestantes subvierten este orden imperante al poner el cuerpo, la más humana materialidad: la carne.

El cuerpo social, el cuerpo colectivo, ocupa el espacio público para exigir el avance de lo público frente a lo privado, identificado esto último con la voracidad de una elite.

Asomando entre los misteriosos entresijos de etéreas direcciones web, sitios y plataformas virtuales sin cuerpo ni carnadura material, los manifestantes utilizan las redes sociales para comunicarse, militar, juntarse, organizarse, transmitir consignas y luego lanzarse al más real y concreto de los mundos: la calle, la represión policial, los golpes y las balas que en vano intentan detener las protestas.

Algo huele mal en el Primer Mundo, y son millones los ciudadanos que denuncian el insufrible hedor de esa podre que proviene de los mercados de capitales especulativos, del denso andamiaje legal e institucional que les otorga impunidad.

La lucha de clases asoma, lozana, y más viva que nunca. Vuelve lo que jamás se había ido. Lo que retorna es aquello que había sido negado, reprimido e invisibilizado por la acción de los agentes culturales hegemónicos, entre los que se cuentan los medios de comunicación monopólicos al servicio de los poderes fácticos.

Las protestas contra el neoliberalismo que se multiplican, y crecen, y parecen imparables en Estados Unidos, Europa, Medio Oriente y norte de África, surgieron en un contexto marcado por lo más nuevo de esta etapa cultural: las comunicaciones instantáneas y las redes sociales.

Pero los manifestantes exigen algo todavía más nuevo. Apuntan a lo porvenir, y aquí se rescata, y vuelve a asomar, una vez más, la dimensión utópica de todo proyecto colectivo. La utopía, que algunos habían inhumado ya en una fosa común, junto con la lucha de clases, grita presente a través de millones de gargantas.

El movimiento de indignados surge impulsado por los mismos adelantos tecnológicos que fueron la condición de posibilidad de la globalización de las finanzas. Pero los ciudadanos hartos de los ajustes y la represión neoliberal resignifican la ideología y la axiomática de esos instrumentos.

La justicia social, la lucha de clases, los derechos laborales, la revolución, la utopía, el espacio público. No son fantasmas embriagados que regresan del más allá. Siempre estuvieron entre nosotros y ahora millones de cuerpos les dan materialidad y peso.

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