Si hubo una transformación trascendente ‒entre tantas‒ impuesta en la escena pública argentina desde el 2003 a la fecha, ésta fue la recuperación de la política, hasta entonces expropiada de manos de las mayorías por la acción sucesiva y concurrente de represiones, traiciones y desencantos.

Néstor Kirchner dio el primer paso. Vio la puerta abierta, se coló, puso la pata para trabarla, y sentenció: "los de atrás vienen conmigo". Ahora resulta imperativo ir por más, porque ‒me permito parafrasear a Marechal‒ "un sabor eterno se nos ha prometido, y el alma lo recuerda".

La Argentina pide a gritos una reforma política, reforma que para la oposición parlamentaria se circunscribe a la necesidad de que votemos con un botoncito o con una birome, y que para nosotros ‒en cambio‒ se sintetiza en el anhelo de meter adentro a los que están afuera. A un proceso de recuperación de derechos sociales y laborales conculcados por años de entrega neoliberal, le corresponde ‒en aras de su consecución y profundización‒ la reapropiación en paralelo de esa formidable herramienta de transformación social que es la política, en manos de los humildes, los laburantes, los jóvenes, los desmunidos, los que necesitan organizase para protagonizar la historia y para influir sobre las decisiones trascendentes en la vida de una Nación.

No se avanzará en ese derrotero sin resistencia alguna, porque aterra a los amantes asépticos de la democracia formal cualquier expresión de desborde, de desmesura, de pasión. Desde esta perspectiva la política exige ser desacralizada, despojada de sus componentes "míticos", y reducida a un intercambio racional o ‒en el peor de los casos‒ comercial, entre funcionarios y usuarios, beneficiarios, votantes o clientes.

Para muestra basta un botón. O varios. Una variopinta trouppe de periodistas y dirigentes conservadores de la provincia de Santa Fe ‒que van desde el ex gobernador Hermes Binner, pasando por los voceros vernáculos del PRO, hasta llegar al ex funcionario de la dictadura y actual diputado nacional Carlos Favario (PDP – Frente Progresista)‒ se dedicó los días posteriores al acto de celebración de los doscientos años de la creación de nuestra bandera nacional, a desacreditar el evento y, fundamentalmente, la participación de organizaciones políticas en el mismo.

Los cuestionamientos abundaron en denuestos para con la militancia presente con sus canciones, sus banderas y sus colores característicos, en planteos que mezclaban argumentos fundados en una sobreactuada preocupación por el carácter institucional del acto –lo que habilitaría a convertirlo en una instancia libre de “contaminación” política‒, con ataques de velada factura macartista, mal disimulados atrás de clichés dignos de los manuales de Grosso o de Astolfi (“la única bandera que nos une es la celeste y blanca”).

Algunos de estos críticos indignados por el avasallamiento de “la política”, seguramente los menos, añorarán el orden pulcro de los actos patrios del onganiato, o de los que Galtieri ofrecía mientras planificaba la instalación de su soñado “Reich de cien años”. El resto –más apegado a los valores democráticos‒ seguramente habrá evaluado que esos dardos direccionados contra el gobierno nacional le permitirían obtener un módico rédito político, en una región que supo convertirse –hace no mucho tiempo– en capital nacional de la sedición campera.

Lo cierto es que en el acto convivieron sin incidentes militantes de organizaciones políticas, simpatizantes del gobierno nacional “de a pie”, y argentinos y argentinas residentes en Rosario y en otras localidades de la provincia de Santa Fe y el resto del país, que participaron de la celebración del bicentenario de un hecho de profunda y revolucionaria significación política, y escucharon atentamente las reflexiones de una jefa de Estado que hizo un claro balance de lo hecho, y brindó respuestas a unos y otros, explicitando la fórmula con la que pretende resolver las contradicciones y los obstáculos a los que se enfrenta el proceso de transformación nacional en marcha: más Estado.

Vana pretensión de los herederos de Federico Pinedo (el abuelito del homónimo), Juan B. Justo y Alberto Natale, la de delimitar –con compás y tiralíneas– la línea divisoria entre "los militantes" y "la gente". Se rompieron los compartimientos estancos, el agua rebalsó el dique, millones de argentinos opinan, se crispan, debaten, y a veces –cada vez más– se organizan. En buena hora: la historia reciente de nuestra Patria nos demuestra que con la democracia entendida únicamente como un conjunto de instituciones gestionadas sin calor ni fervor popular que las interpele, las cuestione y –eventualmente– las defienda frente a los embates destituyentes; no se come, no se cura, ni se educa. Las instituciones se convierten en garantes de la vida digna del conjunto de una comunidad a través de reglas y procedimientos, pero también, y fundamentalmente, por obra y gracia de la pasión de hombres y mujeres que vibran, se emocionan y –a veces– expresan abiertamente su vocación emancipadora. La vida del abogado militante Manuel Belgrano fue una muestra de ello. También lo es la de miles de jóvenes y no tan jóvenes –quizás menos ilustres, pero no menos apasionados– que entablaron un diálogo coral con la Presidenta este lunes que pasó en las barrancas del río Paraná.

* Diputado Provincial por Santa Fe (Bloque Movimiento Evita – Frente para la Victoria).

Foto: Javier García Alfaro
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