
Apenas se confirmó el triunfo de Bachelet, el multimillonario chileno-alemán Sven von Appen dijo que si hace un mal gobierno “los empresarios deberán buscar a otro Pinochet”. Contra estas reivindicaciones del genocidio votó la mayoría del pueblo chileno. Pero los desafíos de la nueva gestión son enormes. La matriz pinochetista, las estructuras políticas y económicas son lacras operantes en la sociedad, no sólo en las mentes de los empresarios. Desactivarlas, cumpliendo así con las reformas prometidas por Bachelet, no será tarea fácil.
En segunda vuelta, Bachelet obtuvo un 62,17 por ciento, contra un 37,80 de la candidata de la derecha Evelyn Matthei. Pero uno de los datos preocupantes fue la poca participación. No votó el 58 por ciento del padrón. Fue la más alta abstención desde la democracia. De los más de 13 millones y medio de ciudadanos con derecho a voto, sólo votaron poco más de 5 millones, apenas un 40 por ciento. El sistema electoral chileno, con voto voluntario, se parece al estadounidense, sobre todo por sus objetivos: se alienta la poca participación de la ciudadanía para que los poderes fácticos gobiernen a sus anchas.
¿Se animará esta vez Bachelet? Es uno de los grandes interrogantes que deja la reelección ¿Enfrentará a los poderes fácticos, a los que verdaderamente detentan el poder el Chile? ¿Podrá, con el corset de una Constitución y un sistema político y económico pinochetistas, diseñados para que nadie pueda cambiar nada?
Una de las claves va estar en la articulación con el movimiento social, estudiantil, sindical, y las organizaciones de derechos humanos, algunos de cuyos dirigentes se integraron a la coalición Nueva Mayoría con la que ganó Bachelet. Y ya le vienen marcando la cancha desde antes de su triunfo en la primera vuelta: no hay cheque en blanco, le advirtieron, y sí habrá movilizaciones y presencia en la calle para hacerle cumplir sus promesas.
Bachelet prometió realizar reformas profundas, indispensable para hacer de Chile un país menos injusto. “Hoy abrimos una nueva etapa. Es un privilegio encabezar la patria en un momento histórico, en el que el país se miró las heridas y ve las tareas pendientes. Gracias a los jóvenes que reclamaron un modelo de educación sin lucro. Porque los sueños no son un bien de mercado.”, señaló Bachelet apenas se conoció su triunfo.
La ex Concertación sumó en sus filas al Partido Comunista y otras fuerzas de izquierda, incorporando a su agenda los reclamos de la calle. Fue una suerte de cortar/pegar que deja muchas dudas. El tiempo dirá si fue por convicción o conveniencia electoral. Bachelet incorporó a su plataforma temas clave que surgieron en las protestas callejeras de 2011, como la educación, la reforma tributaria y el cambio constitucional. Pero pese a que obtuvo mayorías relativas en el Congreso, para hacer realidad algunas de esas promesas necesitará “mayorías especiales” que son unas de las trampas que dejó el pinochetismo para impedir cambios de fondo. La presidenta deberá negociar, y no sólo con sus aliados progresistas.
Los estudiantes le advirtieron que la protesta no se detiene. El mismo domingo 17 de noviembre, primera vuelta de las elecciones, un grupo de veinte estudiantes secundarios ocuparon por dos horas una sede de la Nueva Mayoría. Desplegaron un lienzo que decía: “Los cambios no están en La Moneda, están en las grandes alamedas”. El tiempo dirá si este gesto de un pequeño grupo de estudiantes fue apresurado o premonitorio.
Según la Universidad de Chile, la brecha que separa los ricos de los pobres es enorme, y ubica a ese país como uno de los más desiguales del continente. El ingreso per cápita del 10 por ciento más pobre de la población es 78 veces menor que el del 10 por ciento más rico. La dura y profunda raíz neoliberal impuesta a sangre y fuego por el pinochetismo sigue allí, casi incólume. Chile, con sus 16 millones y medio de habitantes, suele ser elogiado por el FMI por su “estabilidad económica, desarrollo y sólidas instituciones”. Es el paradigma, asimismo, de buena parte del neoliberalismo argentino, que siempre olvida mencionar que esas políticas económicas fueron impuestas a través de un genocidio.
El triunfo de un símbolo
Bachelet y Matthei son símbolos de las asignaturas pendientes de la Justicia chilena con la verdad y la memoria. Sus historias personales reflejan la trágica historia de Chile, una historia abierta, lastrada por la impunidad. La primera vuelta de las elecciones se produjo pocos días después de una fecha clave para la historia de América latina: el 11 de septiembre de 1973, día del golpe de Estado contra el gobierno de Salvador Allende y comienzo de la dictadura genocida de Pinochet.
En medio de la campaña electoral, las asignaturas pendientes se hicieron presentes. El pasado regresa. El pasado no es tal cuando no se han logrado ni verdad y justicia y continúa la impunidad de los genocidas. El pinochetismo no murió con el dictador y es hoy, todavía, el que marca los límites de los cambios posibles en una sociedad caracterizada por el injusto reparto de la riqueza y la mercantilización de todos los aspectos de la vida.
El triunfo de Bachelet no es sólo el triunfo de su carisma, ni de las esperanzas que despertaron sus ambiciosas promesas de campaña. Es el triunfo de un símbolo. Y como todo símbolo, funciona por contraste con otros símbolos. El símbolo se define por lo que es, y también, a veces fundamentalmente, por lo que no es. En este sentido, Bachelet y Matthei son símbolos antitéticos que remiten a una contradicción irresuelta en la sociedad chilena. Sus historias personales, familiares, remiten a la historia colectiva, a las venas abiertas de Chile y de América latina.
El padre de Bachelet, Alberto Bachelet, fue general de la Aviación. El padre de Mathhei, Fernando Matthei, también. Fueron amigos, además de compañeros de armas. La pequeña Evelyn le llamaba “Tío Beto” a Alberto Bachelet. Pero allí se terminan las similitudes y las historias tiernas, y comienzan las diferencias, la traición, la sangre.
El general Alberto Bachelet no apoyó el golpe de Estado de Pinochet y permaneció fiel a las instituciones democráticas. Sus compañeros lo apresaron y sometieron a torturas, como hicieron con decenas de miles de chilenas y chilenos.
El general Bachelet murió a causa de las torturas a las que lo sometieron sus propios compañeros de armas en las mazmorras de la Academia de Guerra Aérea de la Aviación. Fernando Matthei, padre de Evelyn, era por entonces el director de esa institución militar, su despacho estaba a pocos metros del lugar donde torturaron a su amigo, el general Bachelet. Nada hizo por evitarlo. La Justicia determinó que Matthei no estuvo implicado directamente. Pero la condena moral de la sociedad chilena parece no necesitar de los dictámenes de una Justicia cuestionada por su connivencia con los genocidas.
Fernando Matthei está vivo. En 2003 se publicó un libro con sus memorias, Mi testimonio, de Patricia Arancibia Clavel e Isabel de la Maza. “Primó la prudencia por sobre el coraje”, dijo, intentando explicar su inacción para salvar a su amigo.
Durante el último aniversario del golpe del 73, gracias a la presión social de los militantes por los derechos humanos, algunos actores de la sociedad chilena ensayaron una suerte de mea culpa tibio, tardío, parcial. Un pequeño sector de la Justicia lo hizo, por ejemplo, pero no así el diario El Mercurio, uno de los artífices del golpe junto a la CIA, las multinacionales, los grandes empresarios, los militares golpistas, y ciertos sectores medios y altos que pedían el golpe haciendo sonar cacerolas.
Pero en medio de esa tibia revisión del pasado impune, Evelyn Matthei reafirmó su apoyo al genocidio. No pidió disculpas, no se arrepintió. Blandió su pinochetismo cual virtud. Olvidó al “Tío Beto” y siguió una línea coherente de pensamiento golpista. En el referéndum de 1988, cuando se votó por sí o no a la continuidad del genocida, Evelyn votó sí. Se lo recordó en plena campaña electoral otro derechista, el presidente saliente, Sebastián Piñera, que dice haber votado por el no en aquella oportunidad.
El Ricardo III de Shakespeare, un rey sanguinario y asesino, es asediado por los fantasmas de sus víctimas. Los espectros lo visitan, le piden que rinda cuentas, le recuerdan sus traiciones, su cobardía. No lo dejan descansar. No le dan tregua.
En Chile, los fantasmas del pasado son presente, se pasean orondos. Los desaparecidos siguen sin aparecer. Los sectores más activos y militantes de la sociedad civil prometen intensificar las luchas. La construcción social de memoria, verdad y justicia es una materia pendiente en Chile. Y más allá del símbolo Bachelet y sus promesas de campaña, la sociedad civil militante y organizada será clave en este proceso, con o sin Bachelet.
