
Entre nosotros había algunos con espíritu comunicativo que, más que informarse, querían entrar en contacto, lanzando y recibiendo señales extramuros de la ciudad. Muchos tocaban en bandas. Otros no, como Zalo, que decidió editar Movimiento Underground “convencido de que no todos podíamos tocar la guitarra y cantar, que alguno se tenía que dedicar al bajo, otro a la batería y, sobre todo, alguien tenía que difundir las bandas”. Difundir, palabra clave en esa flexible división social del trabajo que, casi enseguida, incorporó otros elementos además de las bandas: ideas, poesías, gráficas.
“Se puede decir que las personas que integraban este movimiento, conectadas por cuestiones políticas o estéticas, formaban una especie de comunidad global”, dice Osvaldo Zulo. Esa comunidad produjo sus mensajeros y viajeros que, convertidos en agentes de conexión con otros lugares, escenas y territorios, alimentaron los vasos comunicantes con uno de los bienes más queridos de la sociedad del intercambio analógico: la carta. Papel-transporte de deseos de encuentro era, también, la superficie de una lucha. Su lugar de paso obligado, el servicio de correo postal, no era una mera herramienta; era también, como dice Pablo (Kambio Violento), un “enemigo”. No sólo porque muchas veces las cosas no llegaban o llegaban abiertas y vacías sino porque sus costos ponían en riesgo la red. Fue por eso que la inteligencia punk colectiva mundial pergeñó una estrategia bellísima, que Zalo vivió como una revelación: “Al comenzar el intercambio postal me llamó la atención que los que me escribían me pedían que devolviera las estampillas, lo cual hacía. En un recital en el que vino a tocar Pensar o Morir (de La Plata) le di sus estampillas a Tatán, el integrante con el que me carteaba, y le pregunté por el motivo. Me dijo: Vení. Fuimos al baño, puso las estampillas bajo el agua de la canilla y mágicamente desapareció el sello que le ponen en el correo: les ponía boligoma arriba para poder limpiarlas y utilizarlas nuevamente. Fue un antes y un después de ese descubrimiento, un cambio rotundo en mi comportamiento postal”.
Ese equivalente pegajoso de la descarga gratuita alivianó la economía del ir y venir no sólo de papeles sino de discos y cassettes, soportes del milagro de escuchar miles de bandas nacionales e internacionales mínimas. Casi sin esperarlo, podías contar una buena cantidad de producciones independientes sobre tu mesa y enterarte que había hardcore en Los Polvorines, speedcore en La Rioja (España), punk rock en Villa Regina (Río Negro), que en San Francisco (Estados Unidos) había una banda que se llamaba All you can eat (Tenedor libre) con un EP titulado, muy adecuadamente, With Salad Bar (Con mesa de ensaladas) y que en Santiago de Chile vivían los Bebés Paranoicos. Todo esto tenía un sano efecto contagio, daban ganas de compartir; y ayudaba a que el fanzine, hermano mayor de la carta, fuera no sólo una publicación sino un nodo en una red de comunicación.
Hecho de entrevistas, collages y fotos, reseñas de discos y discos, citas, fragmentos y opiniones políticas, cada uno era una caja de resonancia, si no mundial, occidental. Bicho inquieto alimentado a escritos y sonidos, el hardcore punk bien podría aparecer como un adicto a la creación de vínculos: “Cada sobre, además de la carta, solía incluir casettes, flyers y zines de donde uno era. Así se difundía y viajaba la data”, explica Eloy. Pablito amplía: “los flyers podían promocionar una banda, un fanzine, un sello discográfico y siempre incluían la dirección postal para que uno se comunicara. De esta manera se retroalimentaba esa comunicación y se ampliaba la red de contactos. En ese momento creo que el flyer cobró un sentido muy fuerte y literal, realmente volaban de un lado al otro del mundo”. En las doce páginas que tenía su Insulto al buen gusto se anunciaban más de treinta: entre ellos, los bonaerenses BA Underground y Superblind, Underground Forces Mag (Leopoldina, Brasil), Otra oportunidad (La Plata), Human (Albacete, España), Maldonado Radical Core (Maldonado, Uruguay), Fatzine (Rosario), Under Force (Concepción del Uruguay), Fuerza Interior (Venado Tuerto). Y como lo que va, a veces es bueno que vuelva, Pablo recuerda que “en una semana podía recibir carta de Grecia, México o Concepción del Uruguay”, mientras Eloy enviaba y recibía cartas de La Plata, Mendoza, Costa Rica, Uruguay, Colombia y el País Vasco y quien esto escribe conserva epístolas provenientes de metrópolis y pequeñas ciudades de España, Estados Unidos, Chile, Brasil así como de localidades argentinas.
No sólo cosas movía la red, los cuerpos también se pusieron en movimiento. Podía tener el motivo clásico de un recital: bandas que venían a la ciudad o nativos que viajaban a otros confines, gracias a contactos previos hechos, casi siempre, a través de editores de fanzines. Zulo, hombre de ferias fanzineras, trajo a los holandeses de Cathode y a los uruguayos de Hablan por la espalda “en el momento en que la banda estaba buena”. Podías también, como Pablo, ir a visitar a un compañero, del que conocías su caligrafía pero no su rostro, “tocarle el timbre y decir: hola, soy el del fanzine”. O accionar una movida exploratoria un poco más intensa, como cuando viajamos a Buenos Aires con Zalo y Lucho y Hugo (Aldegüello) para ver La Polla Records en Obras y decidimos ir a conocer la mítica feria de fanzines de Plaza Congreso. Luego de bordear una fuente, un tipo vendiendo garrapiñadas y ver cientos de palomas que parecían extras cinematográficos, la encontramos. Debajo de unos árboles que soportaban un pasacalle. Frente a la Avenida Rivadavia. Un tablón largo rodeado de pibes y pibas: muchas gorras, pantalones camuflados, borcegos. Fueron una buena cantidad de horas disfrutadas en charlas con desconocidos y en leer y revisar decenas de fanzines que ignorábamos. Nombres, fotos, imágenes que nos pogueaban una felicidad abrumadora, de gente encontrándose.
Ese día vimos a un pibe casi colgado de una columna, escribiéndola con fibrón negro grueso indeleble. Era Javi, colega rosarino, haciendo también la peregrinación punk. Él tenía una cicatriz cartográfica más profunda que la nuestra. A los 17, en 1995, cruzó el Atlántico para conocer a los destinatarios de las cartas: “Fui a recitales, casas okupas llenas de punkis, me compré una remera de los Dead Kennedys”. El viaje le terminó de mostrar que el punk más interesante era el que se convertía en vehículo de otras cosas más ambiciosas, de apuestas militantes. De paso, trajo unos videos y fotos que circularon entre amigos, trayendo buenas noticias de aquellos escondidos a estos otros, punks y hardcores rosarinos, seres parados –sin saberlo– a metros (o años) de la frontera que dividiría irreversiblemente al mundo analógico del digital. Seres que, entre fotocopias, encomiendas, pasajes y bolsas de dormir ya practicaban la vida en red.
Publicado en El Eslabón nº 145.
