Marie Pfaff
El seleccionado argentino se enfrentará con su par de Bélgica por tercera vez en una instancia mundialista. El deseo es que la historia tenga un final feliz… “como en el 86”.

La primera vez que nos cruzamos con los belgas en una copa del mundo fue en España, en 1982, mientras miles de pibes ponían la vida en juego en las lejanas y frías Islas Malvinas, arrastrados por el delirium tremens de un genocida al que poco le interesaba la soberanía.. En aquella época, el último campeón era el encargado de abrir el certamen ecuménico y debíamos defender, desde el vamos, el título logrado cuatro años antes. César Luis Menotti seguía al frente del cuerpo técnico y había mantenido la base del equipo que se había consagrado en el nefasto campeonato organizado por los militares que pretendían perpetuarse en el poder, con el agregado de que esta vez sí –a diferencia del torneo anterior en que lo dejó afuera de la lista definitiva a pocos días del inicio–, había convocado a Diego Armando Maradona. El Flaco, además, dispuso para el debut un esquema ultra ofensivo –rodeando al 10 con figuras de la talla de Bertoni, Mario Alberto Kempes y Ramón Díaz, goleador del mundial juvenil de 1979– pero la apuesta le salió mal.

El arco de los europeos era defendido por Jean Marie Pfaff, un rubio con apellido de caramelo masticable que tras ser elegido como el mejor arquero del mundo en 1987, año en que se instauró ese galardón, protagonizó un reality-show en el que las cámaras seguían la vida diaria de su familia entera, incluyendo su relación con su mujer, sus hijas, sus yernos, su suegro y hasta con su perro.

El partido inaugural de la Copa que tuvo como mascota a Naranjito se disputó el 13 de junio, en el Camp Nou del Barcelona, y la celeste y blanca cayó ante los Diablos Rojos por la mínima diferencia, producto del tanto señalado por Erwin Vanderbergh después de definir de derecha ante la dubitativa salida del Pato Fillol. Argentina se despediría de aquel campeonato en la segunda ronda tras caer ante Italia y frente a Brasil, partido en el que a Maradona lo expulsaron por un planchazo asesino contra la humanidad de Batista.

Pero uno de los hechos más insólitos que ocurrieron durante aquel Mundial lo vivió el relator Juan Carlos Morales, quien debió narrar las alternativas del partido de segunda fase entre Alemania e Inglaterra sin nombrar al conjunto británico. «Fue un pedido concreto de la gerencia de programación de radio Rivadavia”, recordó alguna vez el periodista deportivo, y agregó: “Fueron 90 minutos insoportables, sumado a que el partido fue muy malo y terminó 0 a 0. Yo me las rebuscaba y decía «Atacan los de rojo» o «los rivales de Alemania», y a lo mejor hasta se me escapó un «los piratas», pero la verdad hasta el día de hoy no entiendo para qué transmitimos ese encuentro”.

Paf, paf

Cuatro años más tarde nos volveríamos a ver las caras con los belgas, esta vez en una instancia decisiva y eliminatoria. Tras eliminar a Inglaterra con los recordados dos goles de Diego, uno por haber contado con la ayuda de la mano de Dios y el otro por haber sido el más lindo de la historia de los mundiales, Argentina debía cruzarse con Bélgica en semifinales. Los europeos venían de dejar en el camino a España, a quien vencieron por penales luego de igualar en uno y gracias a que el rubio Pfaff le detuvo el disparo al ibérico Eloy, pero la alegría no les duraría mucho.

El 25 de junio del glorioso 1986, el seleccionado que dirigía tácticamente el cabulero Bilardo jugaría uno de los mejores partidos de aquella Copa que terminarían levantando tras vencer en la final a su par de Alemania por 3 a 2. Pese a dominar las acciones y a ser ampliamente superior a su rival, el combinado nacional recién plasmaría esa superioridad en el segundo tiempo y gracias a otro doblete de Maradona. A los 6 de la etapa final, Burruchaga le metió un pase magistral con el empeine derecho y el Diez, entrando al área con la pegajosa marca de dos defensores, la alcanzó a cachetear con zurda por encima del arquero que lucía vestimenta amarilla y encontrando el hueco justo para mandarla al fondo de la red. El segundo fue mejor todavía: el zurdo recibió de Valdano a unos 20 metros de la medialuna y encaró de frente a los tres rivales que aparecían en su horizonte. Al primero lo gambeteó hacia adentro y después la fue llevando en diagonal hacia la izquierda hasta que decidió que era tiempo de liquidar el pleito y la cruzó ante la atónita mirada del guardameta devenido en estrella de TV para terminar trastabillando en su loca carrera por festejar el tanto y la segura clasificación a la final.

Cuando restaba muy poco para el final del encuentro, el Narigón Bilardo mandó a la cancha a quien llevaba el número 3 en la espalda en el último mundial en que la cuestión numérica se definía de manera alfabética –algo que provocó que, por ejemplo, el Negro Almirón, ex delantero de Newell’s, portara un insólito uno en su camiseta–, con excepción de la diez que lució por pedido expreso el gran Diego Armando. Con su particular calva brillando por el reflejo del sol azteca, el exquisito volante que defendió exclusivamente los colores de Independiente y que supo ser el ídolo máximo del propio Maradona, Ricardo Enrique Bochini le puso el broche de oro que le faltaba a su rica carrera profesional y se dio el gusto de jugar –aunque no hayan sido más que un par de minutos– en un mundial de fútbol.

Artículo publicado en al edición de El Eslabón 150.

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