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Como suelen hacer en todo el mundo las fuerzas de derecha, los conservadores, los guardianes del statu quo, los banqueros, las multinacionales, el establishment y los que, con infinito amor, acarician la mano invisible del mercado, los partidarios del “No” a la independencia de Escocia utilizaron el miedo, las amenazas, el apriete mafioso, las súplicas y el soborno. Y lograron su cometido. El “No” obtuvo el 55 por ciento de los votos, contra 45 por ciento cosechado por el “Sí”.

El discurso conservador poco cambia con la latitud: si Escocia se independiza “se aísla del mundo”, repitieron, machacones, los medios hegemónicos, en tono apocalíptico. “Los bancos se irán de Escocia, despavoridos, los créditos no llegarán, y los precios de los bienes y servicios subirán”, así amenazaron dueños de cadenas de supermercados mostrando los colmillos. “Todo subirá”, repetían, “como subirán las aguas tras diluvios de fuego, azufre y pez ardiente que se abatirá sobre Escocia si osa independizarse del Reino Unido”.

La campaña por el “Sí” a la independencia, en cambio, fue laboriosa, con más militancia, con recorridas puerta a puerta y, al menos en la mayoría de los casos, tuvo un tono más progresista y esperanzador, además de fuertes vínculos con los capítulos más gloriosos de la larga historia de la resistencia del pueblo escocés contra la prepotencia y la barbarie del imperio británico. Detrás del “Sí” se aglutinaron, entre otras, fuerzas progresistas que rechazan los ajustes y el neoliberalismo que les llega de Londres. El rechazo a seguir formando parte del Reino Unido, significa, para amplios sectores independentistas, sacarse de encima a los conservadores. Y enterrar, de una vez por todas, el odiado fantasma de Margaret Thatcher. No alcanzó, pero 1.600.000 escoceses votaron por el “Sí”. La movilización y la incorporación de miles de jóvenes a la militancia son datos a tener en cuenta más allá del resultado.

La devastación del thatcherismo pegó fuerte en las zonas más industriales de todo el Reino Unido, especialmente al norte de Inglaterra, y también en Escocia, que posee industria pesada. No es casual que en esas dos áreas se festejó la partida de la ex mandataria, y tampoco es casual que los escoceses independentistas militaron con fuerza para echar, a través del referéndum, una abundante, densa palada de tierra sobre la tumba que guarda los restos de la abanderada del neoliberalismo.

Por eso el gran cambio en Escocia, el más profundo, se dio antes del referéndum, y más allá del resultado. Se produjo durante la campaña, y consistió en el retorno de la política y el fin de la apatía de buena parte de la población, especialmente los trabajadores y los jóvenes. Del lado del “Sí” resurgieron la militancia, los multitudinarios actos públicos, la participación y la esperanza.

El voto no era obligatorio, pero el 97 por ciento del padrón se anotó para votar y la participación en el referéndum superó el 80 por ciento. Y cientos de miles de jóvenes decidieron votar, por primera vez.

Cuando el 7 de septiembre una encuesta del Sunday Times dio como posible el triunfo del “Sí” (51 por ciento, contra un 49 por ciento del “No”), literalmente cundió el pánico en Inglaterra, temerosa de perder, entre otras cosas, el petróleo del Mar del Norte. La libra se desplomó a su nivel más bajo en una década, y el gobierno conservador de David Cameron perdió la compostura y exhibió las formas más burdas e histéricas de la hipocresía. A pocas horas de conocerse la encuesta que encendió la alarma, el ministro de Economía, George Osborne, ofreció a Escocia mayor autonomía en materia impositiva y de servicios públicos. La respuesta del primer ministro y líder del Partido Nacionalista Escocés, Alex Salmond, no se hizo esperar: “Es un soborno, una medida tomada por el pánico”, señaló. Ahora, tras el referéndum, los independentistas van a exigir a Londres que cumpla con todas las promesas que hizo.

Escocia fue independiente, después de sangrientas luchas que se remontan hasta la baja Edad Media, hasta 1707, cuando se firmó el Acta de Unión. Desde esa fecha pasó a formar parte del Reino Unido, junto con Inglaterra, Irlanda del Norte y Gales. Pero pese a esta incorporación, Escocia continuó con leyes propias, y un estatus diferente del de Gales o Irlanda del norte, con mayor poder de decisión, sobre todo en materia educativa y religiosa.

No fue el primer referéndum independentista. En 1979 se intentó reinstalar el Parlamento escocés, perdido en 1770. Pero al independentismo, pese a obtener la mayoría, no alcanzó los votos suficientes en esa oportunidad, en la que se exigía una mayoría especial. En 1997, en otro referéndum, y pese a que tampoco alcanzó el independentismo una mayoría especial, el resultado fue más contundente y se restableció el Parlamento escocés, con un auto gobierno limitado que incluye poder de decisión en materia de salud, educación e impuestos. En 2011, el Partido Nacionalista Escocés logró la mayoría en el Parlamento de Escocia, y el 15 de octubre de 2012 Salmond y Cameron firmaron el acuerdo sobre la realización del referéndum. Acaso Cameron pensó entonces que era sólo un trámite, y que los independentistas no llegarían a ganar. Y efectivamente, no ganaron, pero les pegaron un gran susto a los ingleses, que deberán ceder más autonomía a Escocia.

 

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