Dilma seguirá gobernando Brasil.
Dilma seguirá gobernando Brasil.

La propaganda neoliberal muestra altas dosis de cinismo al presentar lo peor de lo viejo, es decir la restauración conservadora y el ajuste, como “lo nuevo”, a la vez que califica a los procesos posneoliberales, que sí cambiaron profundamente la región, como “lo viejo”. Pero no convencen a las mayorías. La memoria les juega en contra.

Lo que ofrecen las distintas oposiciones a los gobiernos posneoliberales que se desarrollan en la región es viejo, muy viejo. Ya fue aplicado, muchas veces, desde siempre. Más allá de las variantes y de ciertas disrupciones aquello es, más que lo viejo, lo de siempre.

Lo de siempre disfrazado. Pero resulta que el disfraz también es viejo. Lo viejo con viejo disfraz, y nos quieran convencer de que es lo nuevo.

Es una añeja, usada y gastada estratagema, tan vieja como el mundo. Los programas de gobierno más retrógrados, reaccionarios y autoritarios de la historia se han presentado muchas veces como lo novedoso, como lo “revolucionario”, incluso.

Lo cierto es que “el cambio” son los procesos posneoliberales que se desarrollan en la región. Se desarrollan con dificultades, con serios problemas, con grandes limitaciones y contradicciones y, fundamentalmente, sin fórmulas preestablecidas para aplicar.

Son procesos que se vienen haciendo a sí mismos, con grandes apoyos populares, y padeciendo el acoso permanente, violento, y sin límites éticos, de los poderes fácticos que quieren recuperar sus privilegios a través de la restauración conservadora.

Los índices de desarrollo humano, los avances en la lucha contra el desempleo y el hambre, la disminución espectacular de la desnutrición infantil, las mejoras en la salud pública y en la educación, el desarrollo tecnológico, los programas de inclusión social y la tendencia a un reparto un poco menos injusto de la riqueza, entre otros tantos hechos tangibles y concretos, demuestran, en forma irrefutable, de qué lado está lo nuevo, el cambio de paradigma, lo que marcó un antes y un después en la historia de la región.

La derecha seguirá apostando a las distintas formas de violencia. La violencia sistémica del neoliberalismo, que excluye a las grandes mayorías en beneficio de las elites especulativas.

La violencia simbólica de las mentiras y las manipulaciones que propalan los medios hegemónicos, que son incompatibles con la democracia. Y también la violencia física, brutal.

Porque no hay que olvidar los golpes de Estado en Paraguay y Honduras. Ni los intentos de golpe en Venezuela, Bolivia y Ecuador.

Las mayorías de la región votaron por el cambio, por lo nuevo de verdad. Votaron por los cambios necesarios dentro de un rumbo, dentro de un proyecto de país y de región bien definido e incompatible con la restauración conservadora. Las mayorías se pronunciaron por la necesidad de introducir cambios para mejorar, para fortalecer y profundizar lo que se ha logrado. El cambio dentro del cambio. Del otro lado, sólo violencia. Vieja y rancia violencia.

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