
Organismos de derechos humanos demandan al gobierno de EEUU, el ejército imperial y la CIA que admitan su participación en el golpe de Estado y posterior genocidio perpetrado en Indonesia en 1965, con un saldo de un millón de muertos, y den a conocer los documentos que poseen sobre el tema.
En 1965, Lyndon Johnson era presidente de EEUU. El 7 de marzo de ese año, en Selma (estado de Alabama), más de 200 policías molieron a palos a un grupo de unos 500 afroestadounidenses, entre ellos muchos niños, que manifestaban contra el racismo. El 28 de julio de ese año, Johnson anunció el aumento de las tropas imperiales en Vietnam: de 75 mil pasarían a 125 mil. El 1 de octubre, la CIA, teniendo como aliados a Inglaterra, Australia y Japón, da un golpe de Estado en Indonesia para derrocar a Ahmed Sukarno, presidente de izquierda perteneciente al Movimiento No Alineados.
El mandatario, padre fundador de la nación Indonesia, habían tenido un papel muy importante en la independencia de su país del yugo colonial holandés. Se calcula que en los seis primeros meses tras el golpe, fueron masacradas cientos de miles de personas. Sindicalistas, intelectuales, docentes, miembros de cooperativas agrarias e integrantes de movimientos de liberación de las mujeres fueron apresados, confinados en campos de concentración y, la mayoría de ellos, asesinados.
El 1 de octubre se cumplirá medio siglo del inicio del genocidio, por lo que organizaciones de derechos humanos están dando a conocer solicitadas exigiendo que el gobierno estadounidense admita su participación en la masacre y de a conocer los documentos de la CIA, el ejército y otros organismos gubernamentales que tuvieron que ver con los crímenes de lesa humanidad, que fueron cometidos, entre otras cosas, para imponer las recetas económicas liberales.
Indonesia logró independizarse de Holanda al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Sukarno, líder nacionalista de la lucha contra la potencia colonial, se convirtió en presidente. Pero las potencias extranjeras seguían con la mirada puesta en las minas de oro y cobre de ese país, y no iban a dejar que se les fueran de las manos. Apenas un mes después de la independencia, tropas de Holanda e Inglaterra invadieron el país. Se desató una guerra colonial que duró hasta 1949. Los invasores se retiraron, pero Indonesia perdió parte de su territorio.
Apenas terminada la guerra, surgió una nueva, terrible amenaza contra el pueblo indonesio. Y no vino de Europa, sino de EEUU Indonesia ocupa una situación geopolítica estratégica para los intereses del imperio en el sudeste asiático. Desde el inicio de la Guerra Fría, el Imperio estaba muy interesado en ese país, habitado por entonces por 150 millones de personas, en su mayoría musulmanes.
La decisión del presidente Sukarno de aliarse al Partido Comunista Indonesio (PKI) en nombre de la unidad nacional fue la excusa perfecta para una intervención cada vez más directa y sangrienta por parte del Imperio.
Como preparación al golpe de Estado perpetrado en 1965, EEUU puso en marcha las prácticas terroristas que utilizó y utiliza en todo el planeta: asesinatos, guerra psicológica, subsidios a guerrillas secesionistas, falsos complots y todo el repertorio típico de la CIA.
El periodista francés Paul Labarique estableció una comparación entre el golpe de Estado en Indonesia y los perpetrados por la CIA en América latina, especialmente el que derrocó a Salvador Allende en Chile, y también la Operación Cóndor. “La analogía con la llegada al poder de Pinochet es inquietante: al igual que en Indonesia, el general chileno pone como pretexto la existencia de un complot de los comunistas –el famoso «Plan Z»– para organizar como reacción un golpe de Estado preventivo y tomar el control del país con el apoyo del ejército. En ambos casos, la existencia del complot inicial es fuertemente impugnada por los elementos materiales recopilados por los historiadores”, señala Labarique en su nota titulada “1965: Indonesia, laboratorio de la contrainsurgencia”, publicada en la Red Voltaire.
“Indonesia habrá servido por lo tanto como punto de referencia para los teóricos de la «guerra revolucionaria», que implica por primera vez a poblaciones civiles manipuladas en una serie de masacres de gran envergadura, aquí al manipular criterios político-religiosos, en otros lugares las diferencias étnicas”, agrega Labarique.
EE.UU. perpetró y aplaudió la masacre, a la que consideró “una grandiosa victoria contra el comunismo”. La revista Time informó alborozada que el golpe de Estado era una de “las mejores noticias para Occidente desde hace años en Asia”. The New York Times tituló: “Un destello de luz en Asia”.
Tras años de masacres sistemáticas, asumió el general Haji Mohammad Suharto, militar títere de los EEUU que se mantuvo en el poder hasta 1998. Suharto puso la economía de su país en manos de un grupo de economistas educados en EEUU, una versión de los Chicago Boys conocida como “la Mafia de Berkeley”. Las recetas aplicadas resultan muy conocidas en América latina: Indonesia se convirtió en un centro de inversión extranjera, se privatizaron los recursos naturales, se creó una legislación favorable a las corporaciones multinacionales y el país se endeudó con el Banco Mundial y grandes bancos occidentales.
Existen dos documentales que retratan en forma impactante las masacres perpetradas en Indonesia, ambos del director Joshua Oppenheimer: El acto de matar (2012) y La mirada del silencio (2014). En el primero, el director entrevista a líderes de escuadrones de la muerte indonesios, que recrean en detalle los asesinatos perpetrados por aquellos años. La producción más reciente se enfoca en las familias de las víctimas, haciendo eje en la historia de Adi Rukun, que emprende una valiente búsqueda de la verdad para conocer lo sucedido con su hermano mayor, asesinado en 1965.
Por ahora, el Imperio calla. Y comete las mismas atrocidades en otras latitudes, con otras excusas, en otro contexto, pero con idéntica crueldad.
Fuente: El Eslabón
