
El Eslabón salió a averiguar qué es el jiu-jitsu, modalidad de combate milenaria que privilegia la inmovilización del contrincante por sobre los golpes.
“A los 13 años empecé a practicar taekwondo”, arranca contando Ismael Alegre, instructor rosarino y referente de ese deporte. “Después tuve la suerte de ir a un mundial de ese arte, en Nueva York, y ahí conocí el jiu-jitsu. Y me alucinó”, rememora este grandote que ostenta cinturones negros en varias disciplinas y que dirige una de las academias de artes marciales más grandes de la región, y agrega: “Y cuando volví a la Argentina, en el 94, lo empecé a practicar”.
El jiu-jitsu (arte suave o flexible) es de origen japonés y surgió para hacer frente a otros guerreros samurai con armadura. De ahí su énfasis en atacar con luxaciones, lanzamientos y estrangulaciones, más que fomentar el uso de golpes y patadas. “Es un arte de defensa personal y es muy completo porque combina diferentes técnicas como la inmovilización, los lances de judo (para derribar al oponente) y también golpes de manos y piernas”, acota Diego Ojeda, alumno de Ismael Group y campeón nacional en 2013, y explica: “En la competencia se empieza de pie y tenés 30 segundos en los que son válidos los golpes (aunque rara vez definen una pelea), después tenés que llevar al piso al rival y por último se trabaja la parte de suelo –en lo que se denomina jiu-jitsu brasilero–, y en la que el que inmoviliza al otro, gana”.
“En el suelo se trabajan estrangulaciones, palancas, dominios, retenciones, hasta que el otro se rinde”, añade el profe, quien no deja pasar la oportunidad de remarcar que cuando esto ocurre, “cuando uno de los competidores da a entender –generalmente con tres golpecitos en el hombro de su rival o en el suelo– que no quiere saber más nada, el otro instantáneamente para. Hay un código de oro en ese sentido”.
Alto gimnasio
La escuelita de Ismael está ubicada en Oroño 5050, en la zona sur rosarina, y aunque de afuera no dice mucho, al traspasar el hall de entrada nos encontramos con un salón inmenso, decorado con gigantografías de las distintas artes marciales que allí se practican y colmado de gente –de ambos sexos y las más variadas edades– revoleando patadas o saltando con la soga. “Al gimnasio lo tengo desde 2009”, dice con orgullo Ismael, y cuenta: “En la actualidad hay unos 150 alumnos, entre los que practican taekwondo, jiu-jitsu y otras disciplinas. Se practica de lunes a viernes, y los sábados y domingos los usamos para ir a torneos o seminarios”.
Este hombre que fue campeón del mundo de defensa personal en Nueva York, en 1994, y que tras incursionar en otras variantes de las artes marciales –en las que también se destacó–, fue mermando su participación en competencias internacionales por las lesiones sufridas. “Antes había mucho desconocimiento y, por ejemplo, se entrenaba mucho tirando patadas al aire, algo que hizo que muchos de mi generación padezcamos lesiones de rodilla y cadera”, argumenta. “Ahora se cambió la forma del entrenamiento y por suerte se ven menos lesiones. Cada escuela tiene su método de entrenamiento. Nosotros hacemos un circuito de geometría que se basa en saltos que fortalecen las piernas y la resistencia cardíaca. Esto hace que no te canses, que tengas explosión y fuerza en las piernas. Lo implemento hace 4 años y desde esa época hasta ahora nos ha ido muy bien, hemos ganado varios torneos y con la escuela hemos salido campeones en Carlos Paz, Cañada de Gómez, Arroyo Seco, San Nicolás. En el último torneo, en San Nicolás, llevamos 27 competidores y trajeron 26 medallas doradas”, concluye inflando el pecho.
Escuela de vida
La mayoría de los que practican artes marciales coinciden en que es mucho más que un deporte. Que más allá de los beneficios físicos y de la posibilidad de adquirir conocimientos de autodefensa, es un estilo de vida y está íntimamente relacionado a la meditación y al cuidado del cuerpo y la mente. “Muchos vienen buscando algo que los ayude a vivir mejor y otros porque alguien les dijo que el entrenamiento es muy completo. Pero, lamentablemente, también muchos lo hacen por la inseguridad. Acá en la zona sur está bastante brava la cosa y no son pocos los que se acercan para aprender a defenderse ante determinadas situaciones”, admite el sensei, aunque aclara: “Igualmente, después empiezan a sociabilizarse con este deporte que, además, cumple una función social muy importante. Una vez, un alumno me dijo «Gracias, profe. Si no fuera por usted yo estaría tomando porrones en la esquina», y eso me dejó marcado.
Ese alumno es Diego Ojeda, Patito para sus amigos, y uno de los integrantes de Ismael Group que viene logrando podios en cuanto certamen participa. “Empecé de grande, hace unos 5 años, me la pasaba boludeando con los pibes en la esquina y un día decidí hacer algo para cambiar eso. Y encontré en la escuela de Ismael un espacio de contención que me sirvió para mejorar mi vida”.
Por amor a las artes
No conforme con el taekwondo –que empezó a practicar de chico– y el jiu-jitsu –del que se enamoró a primera vista en tierras yanquis–, Ismael Alegre transitó varios senderos en su recorrida por el mundo de las artes marciales. “Durante muchos años practiqué judo, que es muy parecido y de hecho es un desprendimiento del jiu-jitsu, vale todo y hasta boxeo, porque para el vale todo tenés que hacer muchas artes para complementar”, repasa el profe, y concluye: “Pero mis dos pasiones son el taekwondo y el jiu-jitsu”.
Alegre tiene entre sus pergaminos varios títulos nacionales –tanto individual como por equipo– en taekwondo, deporte del que es cinturón negro, algo que también logró en judo y jiu-jitsu japonés. Y actualmente ostenta las graduaciones de 6° Dan de taekwondo ITF; 5° Dan de jiu-jitsu japonés; y Faixa marrom (cinturón marrón) de jiu-jitsu brasileño.
“Cuando viene algún chico o chica que quiere empezar en las artes marciales, si es muy chico le hago empezar por taekwondo, porque es muy dinámico y a la vez no tienen que sobrecargar las espaldas como en el judo o jiu-jitsu”, indica al ser consultado sobre cómo se elige la disciplina de inicio, pero aclara: “Igualmente tengo algunos alumnos en infantiles que hacen jiu-jitsu, varios de los cuales “pintan bien”, según su aguda mirada.
Sobre el final de la charla, Ismael confiesa que quizás participe en el próximo torneo de grappling que se realizará en General Rodríguez, en la provincia de Buenos Aires. “Es como el jiu-jitsu pero en lugar del Gi (la vestimenta tradicional) se combate con pantalón corto y remera de lycra, lo que lo hace un poco más complicado y atractivo porque no podés agarrar a tu contrincante de la ropa”, explica, y lo grafica con un simpático recuerdo: “Me acuerdo que cuando hacía judo me decían que el judo estaba bueno si te peleabas en invierno, porque en verano no tenías de dónde agarrar al otro para tumbarlo”.
Antes de despedirse, Alegre aprovecha para invitar a los interesados en practicar boxeo a acercarse a la academia de Oroño al 5000, porque “tenemos a una de las mejores profes que hay: Roxana Puerta”.
